El Heraldo
Equipo médico atiende a pacientes con COVID-19 en una Unidad de Cuidados Intensivos, UCI. EFE
Barranquilla

Los rituales de los valientes que le ponen el pecho a la pandemia

Profesionales de la salud le contaron a EL HERALDO sus temores, cómo se armaron de valor y los cuidados que tomaron para seguir atendiendo a pacientes con coronavirus.

Claribel Cantillo Sanjuanelo hace parte del equipo médico al que le tocó esconder los miedos y afrontar con valentía la nueva situación a la que se estaban enfrentando. Estuvo al pie de la ‘batalla’, en la primera línea de atención a pacientes con COVID-19 hasta el pasado 17 de abril, cuando por su embarazo empezó a trabajar desde casa.

“Al principio, cuando vi las noticias y que la pandemia ya había llegado a Colombia, tenía mucho miedo. Uno maneja una ansiedad muy fuerte, pero sabía que tenía que seguir trabajando porque esa es mi vocación, sabía que tenía un deber con la sociedad”, aseguró.

La médico que labora en el Camino Universitario Adelita de Char, el centro hospitalario donde atienden los casos de mayor necesidad clínica de coronavirus en Barranquilla, tuvo contacto con pacientes positivos en las primeras semanas de la pandemia en  la ciudad.

Su área de trabajo era en las unidades de cuidados intermedios, UCE, donde están los pacientes que requieren monitoreo constante, aunque no al punto crítico de necesitar ventiladores.  En especial, en la atención de aquellos que eran sospechosos  de COVID-19.

Al llegar, durante su trabajo y al salir, un protocolo de desinfección y bioseguridad se fue volviendo parte de su rutina diaria.

“Desde que todo comenzó, MiRed IPS nos brindó todos los elementos de protección personal adecuados.  Cuando llegaba a la UCE lo primero era el lavado de manos, después usaba un producto llamado Clorquim para desinfectarme. Me cambiaba el uniforme, usaba un traje especial, un gorro, polainas para los zapatos, tapabocas N95, monogafas y un visor”, detalló.

El ritual después de la jornada laboral era casi el mismo. Se quitaba todos los implementos, se duchaba en el hospital, desinfectaba el celular, se ponía otro uniforme y emprendía el camino a casa.

A su llegada, volvía a repasar el protocolo: la ropa en bolsas negras, los zapatos no tocaban la entrada de la casa y de inmediato hacia el baño a volverse a duchar.

Sin embargo, hubo otros hábitos a los que no pudo acostumbrarse con facilidad. El cuidado y la protección de su hija de 5 años la llevó a poner en pausa los abrazos al regreso a casa, a detener con el rechazo la euforia de una niña que extraña a su madre, quien por 12 horas había estado en un turno de trabajo y que al día siguiente se volvería a ir por otras 12 horas más.

“Cuando llegaba a casa era complicado porque ella quería darme un abrazo, me tocaba rechazarla mientras me desinfectaba y me bañaba otra vez”, expresó.

Pero después, cuando los casos comenzaron a aumentar, el riesgo se hizo más latente. Para esos días, la doctora Cantillo decidió enviar a su hija a la casa de su abuela paterna, y a su tía, que pertenece a la población más vulnerable, a donde una de sus primas.

“Más que por uno, se teme por los seres queridos. Yo tengo una niña de cinco años y vivía con mi tía que es hipertensa y diabética. En vista de sus factores de riesgo la envié a casa de una de mis primas para protegerla”, contó.

La noticia de que el Camino Adelita Char se convertiría en una de las sedes principales de atención a pacientes con coronavirus coincidió con la de su embarazo. Una preocupación más se sumó. No obstante, la médico continuó en la primera línea de ‘batalla’ contra la COVID-19.

“Pilas, llegó otro”

En otra clínica, e incluso en varias un mismo día, está Álvaro López Vargas, un médico de 59 años, dando la ‘pelea’ con sus pacientes para ganarle al coronavirus.

 “Soy ginecólogo, veo pacientes con COVID-19, mi esposa es pediatra y trabaja en la unidad de cuidados intensivos, y mi hijo de 24 años está haciendo el internado. Estamos ahí, en la candela”, expresó.

El temor de este ginecólogo es por partida triple y la ansiedad, según refirió, golpea más fuerte cuando además en casa tiene otro hijo y a una empleada.

Su esposa Mónica Morales y él están en el campo de ‘batalla’ contra la enfermedad que ha dejado 562 muertos en Colombia y 14.939  contagiados. Su hijo Álvaro José López Morales es médico interno y aunque no está directamente atendiendo a pacientes con coronavirus, días después se ha enterado de que personas a las que ha atendido por otras enfermedades han resultado positivas.

 “Siendo realista, el riesgo es mayor porque es por tres, y eso le preocupa a uno. Aunque tomamos las precauciones, usamos los implementos de protección personal, no hay día en el que uno salga de su casa y no piense: ‘ojalá no se infecten’”.

Pese a que el doctor López trabaja en tres clínicas y mantiene turnos de 24 horas, su mayor temor es su hijo, que apenas está comenzando su vida profesional.

Incluso, creó su propia cadena de contacto y protección. Mientras él está en un edificio y su esposa y su hijo en otras áreas del hospital, él permanece atento a lo que ocurre en todo el complejo médico.

“Pilas que acabó de llegar un paciente diagnosticado con COVID-19. Pilas, no pases por ese pasillo. Pilas que llegó otro más”. Así alerta el médico a su familia y a su red cercana de amigos para aumentar el autocuidado.

En el campo de ‘batalla’

“Doctora, dígale que lo quiero mucho y que él va a salir  adelante”, esas fueron las últimas palabras de una madre horas antes de que su hijo, un joven de 20 años con cardiopatía, muriera.

La doctora Cantillo recordó que el caso más impactante que le tocó vivir durante su estadía en las instalaciones del Adelita de Char fue el de ese joven.

“La señora me contó con los ojos llenos de lágrimas que de sus 10 hijos 5 tenían problemas cardíacos, 3 habían muerto y 2 estaban en tratamiento.  Me dijo que como no le permitían ver a su hijo, le llevara ese mensaje”,  refirió la doctora.

A las 7:00 de la noche de ese día, la médico general entregó el turno a su compañera. A las 9:00 p.m., estando en su casa, se enteró de que el paciente no aguantó más.  Pasó a engrosar la cifra de fallecidos por coronavirus en Barranquilla, la que ya aumentó a 27 según datos del Instituto Nacional de Salud.

A la doctora Mónica Morales le tocó atender a un pediátrico con cáncer oncológico, del que sospechaban que tuviera COVID-19. Incluso, le tocó intubarlo y a los días falleció.

Sin embargo, cuando lo intubó no sabía que el paciente tenía coronavirus.

“Es temerario porque estás atendiendo pacientes y no sabes si tienen o no COVID-19. Igual toca mantener los cuidados, porque los resultados de esas pruebas suelen conocerse después de por lo menos 3 días”, indicó el doctor López.

La estadística y los estudios sobre coronavirus que constantemente están revisando los profesionales de la salud hacen que la preocupación y la alerta se mantengan.

“Cuando ves que los casos en Soledad se están disparando y, camino a mi lugar de trabajo, veo que están en la calle jugando dominó, personas sin tapabocas y los motocarros dando vuelta con normalidad, a uno le da temor porque hay mayor riesgo de infectarse. Pero toca llegar al hospital a seguir enfrentando esta pandemia”, manifestó el ginecólogo.

“Cada vez que me tocaba la inspección médica iba con todo el valor del caso y poniéndome en manos de Dios. Cuando escuché en las noticias que se confirmaron casos en el país, me fui preparando psicológicamente para lo que venía y cuando llegó el día en el que me tocó enfrentar esta situación me llené de valentía y esperanza en Dios”, manifestó la doctora Cantillo.

Una ‘guerra’ sanitaria

“La mayor preocupación fue cuando supimos lo del embarazo. También era triste, por ejemplo, ver que los saludos fraternales fueron cambiando y que era difícil de explicarle a nuestra hija de 5 años que primero era necesario todo un protocolo para poder acercarse a su madre”, comentó Jair Solano, el esposo de Cantillo.

Tras el embarazo, la IPS decidió quitar a la doctora Claribel de la primera línea de atención a pacientes sospechosos de tener COVID-19.  Ahora, a través de teleconsultas, atiende pacientes crónicos, a embarazadas para el control prenatal y consultas externas.

Los doctores Álvaro y Mónica, en cambio, siguen en la primera línea de ‘fuego’, atacando un virus del que conocen algo nuevo cada día. 

Y aunque refirieron que se sienten bien, les preocupa que estando expuestos a  tan alto nivel de riesgo no les han practicado la prueba de COVID-19. Siguen en marcha, enfrentándolo, sin saber si también lo llevan dentro.

“Todos somos positivos hasta que no nos hagamos el examen, deberíamos llegar a ese nivel para que a todos nos hagan la prueba. Conozco casos en varias clínicas en las que médicos asintomáticos han resultado positivos”, señaló el ginecólogo.

Su hijo, Álvaro López Morales, continúa su internado, viendo de cerca a quienes dan la dura pelea contra el virus que azota la humanidad sin respetar edad, procedencia u ocupación.

Hasta al pueblo más recóndito de Colombia ha empezado a llegar este enemigo.

Mientras tanto, algunos de los ‘soldados’ de esta ‘guerra’ sanitaria siguen reclamando las únicas armas que tienen para protegerse: tapabocas, alcohol y demás elementos de bioseguridad con los que muchos médicos no cuentan, a pesar de estar ahí, asumiendo el riesgo, en la primera línea de ‘batalla’.

El ritual después de la jornada laboral

Médicos contaron a EL HERALDO los temores que sienten, cómo se armaron de valor y los cuidados que tomaron para seguir atendiendo a pacientes con coronavirus.

Álvaro López, médico ginecólogo.
Claribel Cantillo, médico general.
Mónica Morales, médico pediatra.
Álvaro José López Morales, médico interno.
La ‘ceremoniosa’ labor de desinfección ante la COVID-19
Yasbleidy López.

Antes de ingresar o salir de la clínica esta fisioterapeuta monteriana debe seguir una serie de pasos para poder hacerle el quite a los contagios por coronavirus.

En toda una ‘coreografía’ se han convertido los protocolos de seguridad que deben seguir los funcionarios de la salud para poder ejercer su labor en medio de la crisis sanitaria.

Yasbleidy López, fisioterapeuta, técnico en seguridad y salud en el trabajo, se encarga de atender a los pacientes que llegan en busca de atención a la Unidad Médica Vascular de Montería, donde también vela por la salud laboral de sus compañeros.

Como esposa y madre de dos niñas, el día de Yasbleidy inicia 30 minutos más temprano y finaliza 30 minutos más tarde por causa del ‘ceremonioso’ proceso que implica la aplicación de cada uno de los protocolos que le salvan la vida a ella, a sus pacientes y a sus seres queridos.

“Los cuidados inician desde la casa y dentro del trabajo, por eso siempre debemos utilizar el tapabocas, usar el cabello recogido y con las precauciones, ya sea que me desplace en servicio público o vehículo particular”, explica.

Sus labores inician a las 8:00 de la mañana, pero debe estar media hora antes para cumplir con todo el protocolo que requiere su desinfección.

Al ingresar a la clínica y como si se tratara de un atento edecán, Yasbleidy y sus compañeros son recibidos por un jefe de enfermería que les rodea lentamente mientras les rocía alcohol al 70 por ciento por todo el cuerpo, de arriba abajo y de abajo a arriba.

“Después nos lleva hacia el lavado de manos con gel glicerinado, y luego pasamos por un tapete para desinfectar los zapatos, damos algunas pisadas, y pasamos a la zona limpia, donde procedemos a ponernos el uniforme desechable, la bata desechable, el gorro, las polainas, para proteger los zapatos; y los guantes. De esa manera ya uno está apto para ingresar a la institución”, explica.

En la clínica, Yasbleidy se encarga de la rehabilitación vascular de los pacientes, por lo que tiene contacto directo con las personas que llegan en busca de atención, pero también se encarga de la seguridad en el trabajo de sus compañeros.

Yasbleidy vive junto con su esposo, un contador que trabaja desde casa, pero que también se somete a todos los cuidados de rigor para evitar que el virus entre al hogar.

Ocasionalmente la pareja debe salir a comprar los alimentos o a cumplir compromisos laborales lo que requiere del ceremonial proceso de desinfección para poder siquiera saludar a sus hijas  de 6 y 2 años.

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