Todos tenemos nuestro 21-99. Y lo ideal sería que cada uno intentara encontrarlo para, sabiendo quién es, dar la batalla con alegría, firmeza y sabiduría. Es desde esa experiencia íntima, original, personal y genuina desde donde podemos ser sujetos de esperanza, exorcizando continuamente los demonios del pesimismo para sobreponernos a todo lo que la vida trae.
Sin perder la objetividad y realismo en los datos del país, tampoco podemos seguir animando la desesperanza, que muchos actores en la sociedad ven con preocupación y que al final no estoy convencido sea el camino para ir hacia adelante. Genuinamente creo en construir sobre lo construido y siempre hay elementos de verdad, aún en la gestión de quienes piensan diferente.
Los Ángeles volverá a levantarse, como lo ha hecho tantas veces antes. Y todos, como testigos o protagonistas, podemos aprender de esta tragedia que lo esencial de la vida nunca se quema: está en nuestra capacidad de amar, de ayudar y de comenzar de nuevo.
En estas primeras dos semanas del año, la realidad continúa agitada, más bien sacudida, por la tensión política, el alto costo de la vida, el desasosiego, la avalancha de pronósticos pesimistas inmersos en la desesperanza y el derrotismo que nos ciegan y solo nos permiten observar lo negativo y complejo para conducirnos al fatalismo y a la resignación.
Suficiente que ahorita cambiaremos de año, o sea que casi llegó el 2025, para nada sirven los lamentos por lo que no fue, así que estamos ya inmersos en definir los propósitos del año nuevo.