Los ‘caza tesoros’ de La Bendición de Dios

Hombres y mujeres de todas las edades acuden a los rellenos cercanos a este barrio para rebuscarse y vender los materiales que encuentran entre la basura.

César Bolívar
Un grupo de hombres y mujeres recogen los materiales, con las varas de madera en las manos. César Bolívar
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Hombres y mujeres de todas las edades acuden a los rellenos cercanos a este barrio para rebuscarse y vender los materiales que encuentran entre la basura.

Los rellenos en las proximidades de la Bendición de Dios parecen Sierra Leona. Y no al país africano real, el de avenidas y avances en infraestructura, sino al que muestran las películas de Hollywood, en donde las personas fallecen bajo el inclemente sol y por las crudas condiciones de trabajo. A unos 6.700 kilómetros de distancia de Freetown, su capital, y casi que con el mismo calor y con el mismo esfuerzo, un grupo de hombres y mujeres de todas las edades persigue unos ‘alacranes de hierro’, de cuya cola caen tesoros opacos y oxidados.

Estos personajes, entre barranquilleros y venezolanos, saben lo que es madrugarle al trabajo, aunque no cuenten con prestaciones sociales ni alguna medida de seguridad. Desde las seis de la mañana, cuando sale la luz del sol en La Bendición de Dios, un pequeño barrio de casetas de aluminio y madera, estos ‘cazadores’ parten de sus cambuches con sus herramientas a la mano: una vara del largo de una lanza y un recipiente, sea una ponchera o una maleta vieja, para guardar el botín. 

Ubicado en la ribera del río Magdalena y en las proximidades a una de las vías del progreso de Barranquilla, La Bendición de Dios es un barrio que aloja a una tribu de cazadores de tesoros. Para sus habitantes, inmigrantes desempleados y locales dedicados al rebusque, los rellenos en este sector, a unos pocos kilómetros de sus casetas, son casi que una mina de oro; un oasis en medio del desierto.

Al fondo del paisaje, como si de una distopía se tratase, se ven las siluetas de las torres del norte de Barranquilla, edificaciones de más de 30 pisos, de ventanas azules y acabados de lujo. Desde ahí, en medio del polvorín que levanta la tierra árida, la misma capital del Atlántico parece una ciudad costera de Florida, o de cualquier país del primer mundo. Pero lejos de aquellas comodidades, sumidos en un rebusque diario, estos personajes todavía sueñan con un penthouse, o al menos con tener algo que comer el día de mañana.

 

Una mujer y su hijo recogen pedazos de cartón y madera en una de las jornadas.
Una mujer y su hijo recogen pedazos de cartón y madera en una de las jornadas. César Bolívar

Cuando la maquinaria amarilla, buldóceres y retroexcavadoras, dejan caer sobre los humedales todo tipo de materiales para sentar las bases de una superficie sólida, un centenar de personas –hombres, ancianos, mujeres y niños– se zambullen entre la tierra para buscar todo tipo de materiales. Cobre, hierro, madera y acero son recogidos por estos personajes, que no cazan mamuts como sus antepasados de hace 10.000 años, sino que van por los restos, perdidos entre la basura y los residuos de alguna construcción.

Entre el centenar de personas que deambula detrás de los enormes ‘alacranes amarillos’ resaltan los niños y los ancianos. Unos, saltarines e inquietos, y los otros, encorvados y lentos, se agachan al unísono a recoger los materiales que quedan en el suelo. Casi todo el tiempo almacenan trozos de madera, que tiempo atrás pudieron pertenecer a una silla o a un marco de una pintura, y si la vida les sonríe hierro, cobre y acero. 

Cuando la retroexcavadora alivia su carga, y su enorme cola de insecto titánico se voltea sobre la superficie del suelo árido, estas personas corren como si lo que cayeran fueran lingotes, 
y no residuos destinados para el relleno de la tierra. 

“Aquí encontramos hierro, cartón, plástico, aluminio o madera. Todo lo vendemos en el Centro, en Barranquillita. De acá lo sacamos en carretas o cargado al hombro, pero eso no es todos los días. A veces vienen volteos, otros no... así que toca estar pendientes siempre”, dijo Francisco Ortega, un joven de unos 24 años que se dedica a la recolección de materiales. 

A su alrededor, un grupo de recolectores entre barranquilleros y venezolanos patrullaban la zona bajo el sol en búsqueda de algún pequeño trozo de material para recogerlo y atesorarlo en su propio recipiente. 

Apenas los camiones y volteos sueltan la carga, los sujetos acuden a recoger.
Apenas los camiones y volteos sueltan la carga, los sujetos acuden a recoger. César Bolívar

Con calor, sudados y cubiertos casi que en andrajos, estos sujetos parecidos a actores de una película post-apocalíptica se dedican diariamente a su tarea. Una, en donde la dignidad no entra en la descripción.

“Puede que pasen hasta tres meses que no caiga nada, que las máquinas no tiren materiales. Cuando hay mucha gente por aquí es porque están rellenando y abundan los materiales, pero si no la cosa se pone maluca. Acá la ley es el que agarre primero, pero igual nos colaboramos entre todos. Porque todos tenemos que comer”, contó el joven, mientras se cubría los ojos del reflejo inclemente del sol.

El kilo de hierro lo venden a $550; el de cartón a $200; la pasta a $500, el pvc a $400 y los paquetes de bolsas plásticas a $500 también. Todos tienen carreta, y el que no tenga le paga al otro para que le lleve los trastos al mercado. Por las noches, o cuando no hay muchas máquinas en la zona del relleno, se aventuran hasta el sector de Barranquillita, en donde regatean y desmenuzan todas las piezas conseguidas.

Si un día es “bueno”, en el que entren aproximadamente 100 descargas de vigas, pueden ganarse hasta $150.000. Eso, en una jornada de 6:00 de la mañana a 7:00 de la noche. 

“Claro que si a uno le saliera un trabajo, una oportunidad diferente, uno se iría de aquí. A mí me gustaría tener mejores condiciones, un salario fijo, pero es que no se puede. Muchos de los que estamos acá no tenemos papeles, y otros que sí los tienen no consiguen nada con qué ganarse la vida. Así que toca rebuscarse para comer y para mantener a nuestros hijos”, dijo Magaly Ríos, recolectora venezolana.

Con el macuto medio lleno y la espalda encorvada, muchos de ellos permanecieron detrás de las máquinas y los volteos, que en los últimos minutos se habían incorporado a escena. Los últimos días habían sido parte de una temporada mala, por lo que no tenían casi esperanza en que la situación fuera a mejorar esa tarde.

Unos soñadores, otros resignados, pero igual de cansados, partieron hacia sus casas, al final de una jornada que no les había reportado muchas ganancias. Con la esperanza de mejorar sus vidas, y así darle un cambio a sus barrios, los ‘cazatesoros’ de La Bendición de Dios se despidieron, dejando 

tras de ellos un rastro de basura y materiales viejos, que sonaban al compás del repique del hierro con el asfalto.

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