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Día Mundial del Agua | Un calvario en la Costa

De los 7 departamentos costeños, solo 1 supera las 18 horas de servicio al día. Los otros 6 tienen agua entre 9 y 16 h/d. Por calidad del agua, cinco departamentos presentan un nivel de riesgo medio, según el Ministerio de Salud.

César Bolívar
César Bolívar
Una ama de casa recoge agua de la alberca de su patio en el corregimiento de Gallego, Sabanalarga, en el Atlántico. César Bolívar

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De los 7 departamentos costeños, solo 1 supera las 18 horas de servicio al día. Los otros 6 tienen agua entre 9 y 16 h/d. Por calidad del agua, cinco departamentos presentan un nivel de riesgo medio, según el Ministerio de Salud.

En pleno siglo XXI y cuando el mundo ha avanzado en conquistar los Objetivos de Desarrollo del Milenio planteados por la ONU, en el Caribe colombiano aún es realmente crítica la situación de acceso al agua potable, pues al menos la mitad de la población no lo tiene, y en vez de dirigirse a la llave de sus casas para obtener el agua, deben acudir a carrotanques y burros para comprarla y transportarla, y luego almacenarlas en albercas, tanques y pimpinas, y dosificarla para su uso con totumas.

Aunque las cifras del Ministerio de Vivienda dan cuenta de que la cobertura en las zonas urbanas llega al 97% en promedio, la continuidad del servicio es en general de 13,5 horas. El caso más grave es La Guajira, donde los habitantes pueden disfrutar del agua solo 9,5 horas al día, y el departamento con más tiempo de acceso es Atlántico con 19,1 h/d.

Las cifras del Gobierno nacional contrastan con las de los planes departamentales de agua de la región, que evidencian coberturas dramáticas, sobre todo en las zonas rurales.

En La Guajira solo el 4% de la población rural tiene acceso al agua potable y sus habitantes emplean 7 horas del día para recoger agua. De los 15 municipios del territorio guajiro, solo tres tienen agua de calidad. En Manaure el agua no llega ni un solo segundo del día y sus habitantes ya saben que cada día deben destinar entre 300 y 500 pesos por cada lata de agua que requerirán para cubrir sus necesidades básicas.

En el caso de Sucre, de los 26 municipios solo 19 hacen parte del Plan Departamental de Aguas, operado por Aguas de Sucre, que reporta una cobertura general apenas del 48%. Sincelejo, la capital, está por fuera de este plan y su servicio es operado por Veolia, que también lleva el servicio a Sincé y Corozal, con coberturas del 55% de su población. 

Situación verdaderamente crítica padece Córdoba, en donde se viven los extremos del servicio de acueducto. Mientras que Montería tiene una cobertura del 96%, Tuchín solo cubre al 30% de su población. Hay municipios donde el agua llega de 7 a 12 horas diariamente, y otros cada dos días. 

El caso más grave es San Anterito, donde las llaves del agua no se abren desde hace un par de meses. La fuerte sequía que ha golpeado al departamento tiene desabastecidos a 19 municipios y llevó a la Gobernación de Córdoba a declarar la calamidad pública en 11: Lorica, Canalete, Chimá, Los Córdobas, Moñitos, Puerto Escondido, San Bernardo del Viento, San Carlos, San Pelayo, Valencia y la zona rural de Montería.

Según Aguas del Cesar, la cobertura urbana en este departamento es del 93%, pero la zona rural solo llega al 57%. En materia de calidad, solo 10 de los 25 municipios producen líquido apto para el consumo humano y dos son inviables sanitariamente.

De acuerdo con el último Informe Nacional de Calidad del Agua para Consumo Humano, elaborado por el Ministerio de Salud y presentado en 2018, el Caribe tiene siete municipios “inviables sanitariamente”:  Margarita y San Jacinto del Cauca, en Bolívar; Pailitas, en Cesar; Sitionuevo, Zapayán y Zona Bananera, en Magdalena. De resto, los departamentos de Atlántico, Bolívar, Cesar, Magdalena y Sucre, reportan un nivel de riesgo medio en la calidad de su agua. De La Guajira y Córdoba no hay un registro de riesgo, ante la ausencia de reportes por parte de los operadores.

Al igual que en el resto del país, uno de los principales problemas del servicio de acueducto en la Costa es la dispersión de operadores. Por ejemplo, en el departamento del Atlántico la operación está repartida en cuatro empresas: Triple A, Agua de Malambo, Aguas del Sur y el Acueducto de Suan; en Bolívar hay 41 operadores para los 45 municipios y el Distrito de Cartagena; en Córdoba la operación de los 30 municipios que tiene está repartida en 15 operadores; y en La Guajira seis empresas prestan el servicio a 15 municipios.

Atlántico

En Gallego “le pedimos a Dios que caiga agua del cielo”

 

Blas Pérez arroja agua con un balde sobre su alberca.
Blas Pérez arroja agua con un balde sobre su alberca. César bolívar

Gallego está tan perdido en el mapa que ni el agua llega, es la consigna de uno de sus cerca de mil habitantes. Secos, sin una gota de líquido, viven varios de sus pobladores por varios días a la semana. 

Este corregimiento de Sabanalarga está ubicado a seis kilómetros de la carretera principal, a unos 40 minutos en bus desde la plaza. Un letrero verde, minúsculo y casi imperceptible, indica el cruce a la derecha para entrar al camino destapado y agreste que deben cruzar sus pobladores.

El polvorín de la carretera recorre sediento este pueblo de cuatro calles y cuatro carreras. Bajo el inclemente sol de mediodía, la única tienda, ubicada en la esquina de la Calle 3, está vacía. Todos los habitantes están sentados a la puerta de sus casas, esperando que un milagro les traiga agua.

“A Dios le pedimos todos los días que caiga agua del cielo”, dicen, pues ya perdieron la esperanza de que el acueducto funcione. En pozos almacenan los pocos litros que les quedan y con las pimpinas administran si bañarse o lavar los platos, la decisión más difícil de cada mañana.

Desde hace años que la situación es crónica, manifiestan sus habitantes, gente alegre, a pesar de la tragedia, que vive en comunidad, entre risas e historias. Los cultivos están secos porque no llueve, pero ellos esperan que todo mejore en mayo, cuando empieza la temporada del mango.

La última lluvia cayó sobre la tierra árida de Gallego en noviembre, hace cuatro largos meses. Sin cultivos, la ciruela, el manjar más popular de la zona, mantiene a flote a varios de sus habitantes. 

Como si vivieran en la edad media, la gente de Gallego divide el año entre la época de sequía y la de lluvias. En estos días que no cae una gota de agua del cielo, deben esperar hasta cuatro días a que el flujo del líquido se active para después ahorrarla austeramente.

“El pueblo está dividido en cuatro sectores”, explica Blas Pérez, un anciano de piel morena y sombrero vueltiao. “Si a mí, que vivo en el primero, me llega el agua un lunes, tengo que aferrarme a ella hasta el sábado, cuando se reactiva la llave”. 

En Gallego, cada uno de los días de la semana representa alivio o desespero para sus habitantes. El lunes -el temor de los oficinistas- es un bálsamo para la gente de este corregimiento, pues significa que por fin, después de cuatro días, podrán bañarse tranquilos. Al menos una vez, hasta que vuelvan a escuchar las gotas de lluvia caer sobre la tierra.

Bolívar

“Tenemos que bañarnos con totuma”: habitante de Mompox

Bocatoma del acueducto de Mompox.
Bocatoma del acueducto de Mompox. Yolima Villa

Mompox es uno de los municipios más importantes de Bolívar, allí se realiza un importante festival de jazz y es un sitio reconocido como atractivo turístico y cultural por su Semana Santa, sin embargo, el agua es una cuenta pendiente que no han podido saldar sus administradores.

El agua llega tres veces al día por espacio de dos horas, el tiempo para que los momposinos se bañen y puedan almacenar agua para el resto de labores del día, pero no para consumirla, pues el color es marrón y tiene un sabor a barro.

“En nuestro municipio tenemos un pésimo servicio de agua potable, es una agua no muy apta para consumir, solo para lavar, bañarse y mas nada, ya que para consumo nos toca comprar agua tratada. Por otro lado, cada vez que el río crece o baja es la misma problemática, ya que la planta que recoge el agua del río hay que estar trasladándola de sitio constantemente porque este se seca y no hay de donde coger el líquido que a cada rato se va y tenemos que estar bañándonos con totuma”, explica el abogado Raúl Serrano, residente en el municipio bolivarense.

Según la Gobernación de Bolívar, la cobertura de acueducto ha mejorado al pasar del 38 al 94% desde 2012, con las inversiones realizadas a través del Plan Departamental de Aguas, sin embargo, reconoce que en muchos municipios “la prestación del servicio es insuficiente o restringida por factores como bajo recaudo de la facturación, el costo o las deudas por energía eléctrica, costo de insumos químicos, insuficiente capacidad técnica de los operarios y el despilfarro de agua por parte de la ciudadanía. Y en otros casos, algunas administraciones municipales no han sido muy diligentes en la gestión de recursos, formulación de proyectos y legalización de predios para iniciar la ejecución de nuevos proyectos de construcción u rehabilitación de acueductos”, reseña en su informe la Administración departamental.

De los 45 municipios de Bolívar, nueve tienen coberturas por debajo del 65%: Turbana (30%), San Jacinto (45%), Tiquisio (48%), Norosí (55%), Barranco de Loba (59%), Montecristo (61%), Clemencia (62%) y El Peñón (65%). 

Asimismo revela la Gobernación de Bolívar que en las zonas rurales la cobertura apenas llega al 42,5%, “por  cuanto los PDA fueron orientados, en principio, a superar el rezago en suministro de agua en zonas urbanas, pero son varios los corregimientos y veredas que hoy cuentan con nuevos sistemas de abastecimiento de agua”.

Cesar

La industria del agua de contrabando en Bosconia

 

Hombres llenan pimpinas con agua de una manguera.
Hombres llenan pimpinas con agua de una manguera. Néstor de Ávila

Bosconia es un pueblo caliente, la temperatura promedio alcanza los 35 grados centígrados, con tendencia a subir en verano. Es uno de los 15 municipios del Cesar que carece de agua apta para el consumo humano, y su gente, unos 37.000 habitantes, tienen que surtirse del líquido comprándolo en pimpinas en centros de acopio que reciben miles de litros traídos de contrabando en carrotanques desde Valledupar.

La venta de agua en canecas prolifera en las calurosas calles de la localidad, así como negocios con grandes tanques para su almacenamiento. Es la industria alterna que se ha generado ante una problemática histórica: la falta de líquido potable. Sus habitantes no tienen otra opción que pagar doble por un servicio de mala calidad. Uno, el que les cobra cada mes con la factura la Empresa de Acueducto, y el otro, al que recurren, al menos creyendo consumir agua apta, comprándola de los carrotanques que llegan cargados desde la capital del Cesar.

El agua que suministra la Administración municipal al pueblo es de pozos profundos que tienen 16 horas diarias de bombeo. Miriam Pérez, residente en Bosconia, señala que “cada dos días compro dos canecas, que me alcanzan para preparar los alimentos y tomar, porque para los quehaceres de la casa usamos la que viene de la tubería”.

“El agua de Bosconia es salobre, por eso nos vemos obligados a comprar la que viene de Valledupar, prácticamente pagamos el doble por el servicio, porque mientras por una caneca me cobran 1.500 pesos, la factura mensual nos llega a las casas con un promedio de 18.000 pesos”, dijo.

El gerente de la Empresa de Servicios Públicos de Valledupar, José María Gutiérrez, sostuvo que el robo y contrabando de agua no solo hacia Bosconia, sino a otros municipios, incluso de La Guajira y Magdalena, le está causando un grave impacto a la entidad.

“El agua nuestra está llegando a El Difícil, San Ángel y Plato, en el Magdalena; Fonseca, en La Guajira; La Paz, Bosconia y hasta Aguachica, en el Cesar”, indicó el funcionario. Estas poblaciones, que carecen de un sistema de acueducto óptimo, obtienen el líquido de los camiones que llegan a centros de acopio, donde en casos como Bosconia, existe toda una industria ilegal en el comercio del agua de Valledupar. Allí hay sitios con tanques de grandes volúmenes donde depositan el agua para después distribuirla en las comunidades en canecas de 20 litros por un valor de entre $1.500 y $1.800.

Córdoba

Los tanques colorados de San Anterito

 

Cortesía

La entrada al corregimiento San Anterito se puede ver decorada por los tanques multicolores apostados en el andén, esperando silenciosamente en las afueras de las viviendas, pero en un orden minucioso que develaría algún acuerdo previo entre los residentes de la zona.

San Anterito es un corregimiento ubicado a 45 minutos del casco urbano de Montería, con unos 5 mil habitantes. La población conforma 4% del territorio de Montería que aún no cuenta con la red de agua potable.

Hernándo Ruiz, líder cívico de la zona, sostiene que “históricamente San Anterito se ha abastecido de dos represas, pero el año pasado el invierno no fue tan intenso y entonces fue muy poca el agua que pudieron captar los espejos de agua. En la actualidad, una de ellas ya está a punto de colapsar”.

La escasez de agua afecta a los residentes de la zona y es un motivo para generar desacuerdos entre vecinos, incluso algunos lugareños han recibido regaños por tomar agua de los pozos de las grandes fincas, pues el preciado líquido está destinado para el ganado, que también ha muerto por causa de la sequía.

Discordias por el agua

 “En el corregimiento de San Isidro pasa lo mismo, los dueños de finca no permiten que la gente se esté metiendo a coger agua para sus pozos, porque después se quedan sin el preciado líquido para el ganado”, explicó el líder local, quien continuó diciendo: “A nosotros la Alcaldía nos da un carrotanque una vez a la semana o cada 15 días, pero cuando llega eso es como ‘tirarle maíz a pavo’, eso se forman discusiones y malas palabras entre vecinos”, sostiene Hernando Ruiz.

El corregimiento de San Anterito y San Antero cuenta con un proyecto de acueducto rural liderado por la Alcaldía de Montería, pero actualmente se encuentra paralizado. Esta misma situación viven los corregimientos de Leticia, Martinica, Pueblo Bujo, Loma Verde, Betancí, y otros 60 sectores rurales de la capital cordobesa.

La Alcaldía de Montería sostiene que se está esperando  una adición presupuestal, de aproximadamente $1.800 millones, para la ampliación de las redes del acueducto rural. Los recursos se necesitan porque en el proyecto se deben incluir unas 500 nuevas familias que llegaron a la zona en los últimos años y que no fueron contempladas en los diseños iniciales, algo que retrasa la esperada obra unos 15 meses. Mientras esto se resuelve, los tanques colorados seguirán decorando la entrada al corregimiento de San Isidro.

La Guajira

Manaure, cero horas de agua

 

 

Carrotanques y pimpinas son usados para llevar el agua a Manaure.
Carrotanques y pimpinas son usados para llevar el agua a Manaure.

La situación más crítica en el departamento de La Guajira la presenta el municipio de Manaure, donde el agua no llega ni un solo minuto a las viviendas. 

Sus habitantes deben comprar el líquido en carrotanques, el cual les cuesta entre 70 y 80 mil pesos. El dinero lo consignan en alguna de las empresas de giros y luego les toca esperar el vehículo, aunque, según afirman, muchas veces se demora en llegar. Cuando esto sucede, los usuarios, por la necesidad, deben comprar el agua a otro carrotanque que llega desde Uribia y les sale más costosa. Lo mismo sucede en épocas turísticas como Semana Santa, en las que pagan hasta 200 mil pesos por el carrotanque. También se vende el agua en latas, las cuales tienen un precio de 300 pesos si es salada y si es dulce cuesta 500 pesos.  

La Empresa de Acueducto, Alcantarillado y Aseo de Manaure E.S.P. es la encargada de la venta del agua en carrotanques y es donde los carretilleros compran el agua para venderla en latas.  

Esto, además de afectar a sus habitantes, ha incidido notablemente en el turismo, ya que a pesar de que Manaure cuenta con atractivos turísticos como  las salinas y unas hermosas playas, muchos turistas se abstienen de ir porque en los hoteles u hospedajes hay restricciones para el uso del agua.

Esto en lo que concierne al área urbana, porque en el área rural la situación también es bastante difícil para las comunidades wayuu, que deben coger el agua de los jagüeyes, de pozos y caminar largos trayectos para conseguirla.

Magdalena

Tasajera,  la lucha constante por un balde de agua

Tasajera, el más importante corregimiento de Pueblo Viejo y uno de los más poblados en el Magdalena, es el emblemático caso de desatención oficial que en el tema de agua potable y saneamiento básico tiene esta región.

Como detenida en el tiempo, esta comarca de pescadores pareciera haberse  acostumbrado a vivir con sed.  Y es que nadie comprende cómo carece de agua para el consumo humano, pese a estar bañada en sus dos extremos: por un lado la Ciénaga Grande de Santa Marta y por el otro el mar Caribe.

Además, está a media hora de Santa Marta y a 45 minutos de Barranquilla, importantes ciudades del Caribe, la una por su actividad turística y la otra por su condición industrial y comercial. No se necesita adentrarse en el pueblo para darse cuenta que el preciado líquido está ausente, pues desde la carretera Troncal del Caribe es común observar cientos de personas con timbos, baldes, ollas y toda clase de recipientes, en espera del carrotanque que los abastece.

“Pagamos $2.500 por un tanque de 55 galones, y entre $3.000 y $3.500 por los que tienen capacidad para 250 litros”, comentó el líder comunal Enrique Maldonado. Son vehículos independientes los que prestan el servicio, pero no siempre logran recorrer toda la comarca porque son detenidos en determinados sectores, lo que impide que siga su ruta de abastecimiento general. Esta falta de agua es la principal causa por la que los pobladores de Tasajera bloquean la vía entre Ciénaga y Barranquilla, hecho que es prácticamente una rutina. Estos actos de rebeldía en el tiempo han dejado víctimas fatales.

Los habitantes de Tasajera esperan que el municipio reciba del PDA (Plan Departamental de Aguas) la anhelada entrega del nuevo acueducto Ciénaga – Pueblo Viejo, para abastecer la localidad a través de la tubería de 500 mm.

Sucre

“Desde diciembre no vemos esa agua”: residente Buenavista

 

 

 

 

A lomo de burro se lleva el agua a Buenavista.
A lomo de burro se lleva el agua a Buenavista. María Victoria Bustamante

Luis Daniel Santos Carmona, Alberto Donado Paternina y Luis Manuel Parra Pérez son vecinos en el corregimiento de Buenavista y en lugar de encontrarse en una cancha para jugar, lo hacen en el pozo que ellos llaman del Gobierno.

En ese sitio han coincidido en los últimos 15 años con un solo objetivo: llenar pimpinas con agua para llevar hasta sus casas para lavar la ropa, asear las viviendas y darles de tomar a los animales, “solo para eso sirve esta agua, para tomarla no porque es muy sucia, pero hace 10 años atrás si la tomábamos porque nadie decía que era mala”, dice Juan Correa Parra.

Este campesino de 73 años lleva 23, la edad de los tres jóvenes antes mencionados, esperando por un proyecto que les permita ver salir agua de las tuberías, pero advierte que las esperanzas se han perdido porque la comunidad, por rabia, quitó la tubería.

El agua para el consumo humano la tienen que comprar en Sincelejo, la capital de la que los separan 9 kilómetros, bien sea en botellones o en pacas distribuidas en bolsas pequeñas, lo que sin duda les encarece su ya precaria canasta familiar.

Otra forma de abastecerse con agua y que esta les sirva para su consumo es cuando se las llevan en carrotanques que son conseguidos por un habitante del corregimiento que labora en el Cuerpo de Bomberos.

La situación de Buenavista es la misma de todos los corregimientos de Sincelejo y se ha empeorado con esta época de sequía en la que no ha habido lluvias para llenar los tanques que tienen en sus casas.

“Aquí la mayoría de casas son de zinc y les ponemos unas canaletas de plástico para que el agua lluvia caiga en ella y de allí se vaya directo para los tanques, pero desde diciembre no vemos esa agua”, dice Correa Parra.

En algunas zonas de la cabecera de Sincelejo, donde hay un operador especializado, la situación tampoco es alentadora, el agua les llega en carrotanques y en otras va dos veces por mes, como por ejemplo en el barrio El Jordán, donde sus habitantes aseguran que lo que no les falta mensualmente es la factura de este servicio.

David Carmona lleva 16 años vendiendo agua en unas carretas. Cada pimpina la compra en 150 pesos y 9 de ellas, que hacen un viaje, valen 4.500 pesos. Asegura que de esto ha vivido y que tiene sus clientes fijos de lunes a lunes.

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