El Heraldo
Un hombre y un niño en moto suben la popular loma de Mequejo, que da la bienvenida al barrio.
Luis Felipe De la Hoz
Barranquilla

¿De qué se quejan en Me Quejo?

Unos adjudican el nombre del barrio a las quejas de sus habitantes, pero el hombre más longevo dice que ese era el apellido de un indígena.

Me Quejo tiene una loma que podría ser escenario de maniobras para los bicicrosistas. Comienza en la carrera 26C1 con 79B, en la última calle de El Silencio, y serpentea hasta lo más profundo del barrio con nombre de lamento.

Son al menos cuatro obstáculos los que desafía. Tres de ellos son desniveles abismales que están en el cemento y el último es el sol del mediodía. 

Por eso, Andreína Parra lleva paraguas y respira profundo antes de subirla. 

Los carros transitan con cuidado y las motos terminan saltando.

El tráfico vehicular del barrio ocupa sus estrechas calles. Luis Felipe de la Hoz

Esa, según coinciden los habitantes, es la queja más urgente de Me Quejo. Dicen que esa loma fue incluso construida por ellos, ante la necesidad de pavimentar una de las vías más transitadas.

“Claro, como ninguno era ingeniero quedó eso así”, cuenta Jesús Rodríguez, un reparador de electrodomésticos que empuja su motocicleta por la calle inclinada. 

El barrio

Me Quejo está ubicado entre las calles 83 y 80 y entre las carreras 27 y 21C, en la localidad suroccidente de Barranquilla. Limita con los barrios Por Fin, Villa Rosario, Silencio, Carlos Meisel y Nueva Colombia.

Es un barrio de calles estrechas, algunas doradas por la arena, cuyo nombre se cree que tuvo origen ante las múltiples quejas de sus habitantes. Comenzó como una comuna de invasión cubierta de maleza, ubicada en una zona enmontada de la cual todos se quejaban al subir. 

Esa versión de la historia, sin embargo, es desmentida por el hombre –quizás– más longevo del barrio. Eliceo Acuña tiene 91 años, usa pantalones, medias y zapatos del mismo color, y asegura recordar el momento en que ayudó a despejar la primera vía de su barrio. Era el año 1968.

Con piedras refuerzan los techos de las viviendas. Luis Felipe de la Hoz

En ese entonces, cuenta, un señor llamado Armando Collante era propietario de gran parte del terreno. Los barrios aledaños funcionaban como corrales y Me Quejo solo tenía tres casas de madera rodeadas de monte.

“Collante trajo dos ‘catapilas’ y nos pusimos a trabajar en la calle 83 y la 82”, recuerda. “Pero ya Me Quejo se llamaba así y no era por ninguna queja”, agrega.

El moreno de sombrero y bastón, quien era pescador, cazador y constructor, dice que el nombre de su barrio obedece en realidad al apellido de un indígena que “vivió por muchos años aquí”.

Ahora Me Quejo cuenta con unas 766 casas y 189 apartamentos, la gran mayoría de cemento y otros construidos con madera y techos de láminas de zinc. Se calcula que allí viven unas 5.214 personas, según el más reciente censo poblacional de Oficina de Participación Ciudadana de Barranquilla.

Es un barrio especial, expresa Noemí Ríos, una ama de casa de 59 años que menea con cuchara de palo una sopa de hueso. Cada día, en la hora de almuerzo, saca a la terraza de su casa una olla repleta de sabor costeño para vender cada plato a $2.000.

No es extraño ver en Me Quejo que, entre cuadra y cuadra, los vecinos almuercen en las entradas de sus viviendas. Que vendan o compartan su comida. Ríos sabe que si en algún momento le sobra sopa porque no pudo venderla completa, varios vecinos le reciben el plato contentos. Al día siguiente, como si se tratara de un acuerdo, se recupera en sus ventas.

“Lo único que importa es que esto no se pierda. Un día me dan sopa ellos, otros días yo. Así nos hemos acostumbrado”, confiesa Ríos, mientras sacude el humo que empaña sus gafas.

Dos mujeres cuidan la ropa recién lavada, puesta en su terraza. Luis Felipe de la Hoz

Calles más abajo, la ropa limpia es lo que predomina en los antejardines, techos y ventanas de las casas. En la carrera 26C1 con calle 81, dos mujeres cuidan los trapos recién lavados que cuelgan como banderines de fiesta en las rejas de su vivienda.

“Así nos gusta ser aquí, no sufrimos de pena. Ponemos música que nos gusta y no perdemos la tradición de salir a la calle para hablar y estar con los vecinos. Eso ya no lo tienen todos los barrios”, dice con orgullo una de ellas.

Eso, al parecer, es lo que más disfrutan los habitantes de Me Quejo, aunque coinciden en que son más la razones para quejarse

Las quejas

Gustavo Molina, secretario de la Junta de Acción Comunal, asegura que la principal problemática en el barrio corre por cuenta de la loma de Me Quejo, así como por las vías que aún no están pavimentadas.

“Agradecemos que hayan sido reparadas las carreras 26C entre calle 83B y 83, así como la carrera 26C1 entre 79C y 82C, pero aún falta mucho más porque por estas calles angostas transitan muchos carros y necesitan un espacio adecuado”, señala Molina.

Además del tema vial, deja al descubierto la inseguridad que azota al barrio, al presentar constantes casos de atracos, especialmente por raponazos de celulares. En eso hace hincapié Noemí Ríos. Recuerda que “hace algún tiempo”, incluso, una de sus vecinas fue víctima de un robo particular.

Esta calle lleva años sin pavimentar, dicen vecinos. Luis Felipe de la Hoz

“No solo roban celulares sino que un día entraron a la terraza y se robaron tres canarios. Qué falta de respeto es eso. Es buscar malas horas”, dice la mujer.

Lo anterior, cree Jesús Rodríguez, aporta para que Me Quejo sea estigmatizado. “Muchos creen que entonces el barrio es eso, robos y más robos. Dicen que atracan en los barrios aledaños y cuando bajan la loma se pierden. Eso ha pasado, pero también pasa en otros lados. Simplemente necesitamos más presencia policial”, opina.

El estado de las zonas para recrearse y hacer deporte es otra de las quejas. Molina manifiesta que el único parque del barrio necesita ser mejorado y que la cancha de fútbol se encuentra “descuidada”.

Pablo Rojas, un albañil de 60 años, se queja porque “al barrio no llegan los mejoramientos de vivienda”.

“Cada vez que llueve, el agua entra a las casas por el techo, porque las láminas que tenemos no son suficiente. Nos quedaría bien una ayuda, especialmente porque hay algunos en el barrio que están peor. No tienen ni techo”, advierte Rojas.

Ya lo había dicho Cuco Valoy en sus cantos: Después del carnaval, la gente de Me Quejo se vive quejando.

La malla dañada y el resto de la cancha está deteriorada. Luis Felipe de la Hoz
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