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En muchos lugares, la fe no necesita paredes de concreto ni vitrales de colores para mantenerse viva. Basta la esperanza de quienes creen. En el corregimiento de Arroyo de Piedra, en Luruaco, y en el municipio de Polonuevo la ausencia de una iglesia con infraestructura no ha sido un obstáculo para que sus comunidades sigan fortaleciendo su espiritualidad.

Allí las misas no se celebran bajo grandes cúpulas ni en bancas organizadas. Se realizan sobre pisos de arena, bajo techos improvisados de madera o, en ocasiones, simplemente a cielo abierto. Cada feligrés llega con su propia silla, mientras otros permanecen de pie, atentos a cada palabra, demostrando que la verdadera fortaleza de la Iglesia no está en sus paredes, sino en la convicción de su gente.

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A pesar de las limitaciones, la devoción no disminuye. Por el contrario, parece crecer con cada dificultad. No hay grandes imágenes religiosas ni recursos abundantes, pero sí hay oraciones sinceras, cantos llenos de esperanza y una comunidad que se une alrededor de la fe como su mayor patrimonio.

Para muchos habitantes, estos encuentros representan mucho más que una ceremonia religiosa: son un espacio de unión, de consuelo y de fortaleza emocional. Allí dan gracias por las bendiciones recibidas y también encuentran fuerzas para enfrentar las adversidades, convencidos de que después de la tormenta siempre llega la calma.

Aunque el sueño de contar nuevamente con un templo digno sigue latente, los creyentes no pierden la esperanza. Saben que la Iglesia también vive en cada corazón que cree, en cada oración compartida y en cada gesto solidario entre vecinos.

Porque en Arroyo de Piedra y Polonuevo, más allá de la falta de infraestructura, hay algo que permanece intacto: una fe inquebrantable que demuestra que, incluso sin templo, la fe siempre será más grande que cualquier dificultad.

Incendios que mueven fibras

Lizandro Escalante Araque es el párroco de Arroyo de Piedra, y con voz llena de nostalgia recordó la tragedia que vivió la infraestructura de la iglesia cuando el 3 de febrero de 2015 un voraz incendio quiso poner a prueba la fe de su comunidad, una situación que nadie esperaba. Las llamas fueron tan feroces que no dio tiempo para que llegara el cuerpo de bomberos, incluso la misma comunidad.

“La iglesia está viva aunque no tenga una estructura física como es el caso nuestro en Arroyo de Piedra desde hace ya 11 años. Para nosotros ha sido muy difícil y muy doloroso acompañar a una comunidad que siente que el templo es lo que lo identifica porque usualmente un lugar es reconocido por su plaza principal y su iglesia y acá no lo tenemos”, dijo el padre.

A pesar de este obstáculo, el sacerdote confirmó que las misas y demás eventos religiosos se celebran con normalidad. No importa el lugar, solo una comunidad que crece en el temor a Dios cada día y en familia se mueven como un granito de mostaza, una metáfora de Jesús que enseña que incluso una pequeña cantidad de fe genuina hace la diferencia.

“Estamos muy empeñados en volver a levantar nuestro templo. Vamos paso a paso, con una fe decidida de que en tres años ya tendremos el templo totalmente construido, ojalá fuera antes, pero carecemos de muchísimos recursos y lo que trabajamos es por nuestros propios medios porque no recibimos ayuda de más nadie”, sostuvo.

El vicario contó que a través de donaciones y diferentes actividades realizadas en conjunto con los mismos feligreses han ido resolviendo sus problemas para conseguir el dinero, aquí nadie se rinde y son todos para uno. “Ya estamos bastante adelantados, hemos proyectado este año encerrar en paredes el predio y colocar el techo y bueno tal vez poner puertas y ventanas, esa es nuestra esperanza este año”.

En cuanto a qué pasó con el incendio dela iglesia no es mucho lo que se sabe; sin embargo, se tienen dos hipótesis: una es que hubo algún corto eléctrico y el otro es que pudo haber quedado alguna vela encendida que al caer en el piso en madera precipitó las llamas.

“Mi labor no es nada fácil pues tengo tres comunidades a las que dirijo con mucho amor. Lo que uno hace al inicio del año es sentarse con los grupos pastorales y hacer un cronograma de las actividades que se ejecutarán para conseguir recursos. Hemos tocado muchas puertas de la Alcaldía, de la Gobernación del Atlántico e incluso de privados y no hemos conseguido nada pues hace falta ponerse más la mano en el corazón”, resaltó.

Explicó que el templo terminado con toda la dotación está presupuestado para una inversión de $5.900 millones; no obstante, a la fecha ya se han usado alrededor de $1.200 millones. “Es un proyecto que estamos haciendo por fases. Yo le recibí la iglesia al padre Marco Tulio Zapata y ya la obra estaba iniciada con un sótano y unas columnas. Hasta ahí él pudo hacer y en 2022 retomé el proyecto, le di un nuevo giro”.

La antigüedad parroquial

Con cerca de tres meses al frente de la parroquia San Luis Beltrán de Polonuevo, el padre Diego Orozco Galvis no solo ha tenido la misión de guiar espiritualmente a su comunidad, sino también de enfrentar una situación inesperada: el deterioro estructural de este histórico templo, considerado patrimonio del municipio y que por más de un siglo ha sido el corazón espiritual del pueblo.

Contó, además, que en este territorio no fue un incendio el que llevó a que sus feligreses tuvieran que reinventarse y encontrar nuevos espacios donde celebrar la eucaristía, sino que por ser un templo construido en 1980 la infraestructura empezó a pasar cuenta de cobro.

“Llegué hace dos meses a esta comunidad y evidencié que el inmueble tenía grietas en la parte central y en el presbiterio y estás fueron creciendo y extendiéndose a otros lugares, por lo que comencé a preocuparme. De la Alcaldía y Gobernación mandaron sus ingenieros y arquitectos y se evidenciaron fallas, por lo que van a hacer estudios”, contó.

Según los primeros diagnósticos, uno de los problemas estaría relacionado con el desplazamiento del piso del presbiterio, lo que estaría provocando la separación entre la torre y la nave central, generando así las grietas visibles actualmente.

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“El primer paso es hacer estudios para entender qué está pasando en el suelo. Nos han dicho que hay que revisar el terreno, incluso romper algunas partes del piso para investigar si hay fallas estructurales, ya que antes los templos no tenían hierro como las construcciones modernas”, señaló el sacerdote.

Mientras se definen las acciones técnicas y los recursos necesarios, la prioridad ha sido proteger a los feligreses. Por eso, algunas zonas del templo fueron selladas y las celebraciones religiosas se han realizado únicamente en los espacios considerados seguros.

Sin embargo, debido a la alta asistencia que se espera durante la Semana Santa, las ceremonias principales se trasladarán al atrio y a la plaza principal del municipio como medida preventiva. “La fe no se detiene. Las celebraciones no se van a suspender. Gracias a Dios contamos con la plaza justo al frente del templo, así que vamos a realizar las ceremonias al aire libre para garantizar la seguridad de todos”.

Más allá de la preocupación estructural, el padre destacó la solidaridad de la comunidad, en su mayoría de raíces campesinas, que ha demostrado un profundo sentido de pertenencia por el templo donde han vivido los momentos más importantes de sus vidas.

“Aquí todos se conocen. Muchos fueron bautizados en esta iglesia, otros se casaron aquí y también hemos despedido a muchos seres queridos. Este templo es el lugar de encuentro del pueblo”, expresó con emoción.

La emergencia también ha despertado la unión comunitaria. A través de actividades como colectas, eventos parroquiales y hasta un festival gastronómico organizado por los grupos pastorales, ya se han logrado recaudar más de $40 millones para la restauración.

No obstante, las estimaciones indican que la intervención podría superar los $350 millones de pesos, por lo que será necesario el apoyo conjunto de las autoridades, la Iglesia y la comunidad.

“Esto es un trabajo de todos. Tenemos que sentarnos con la Alcaldía, la Gobernación y la Arquidiócesis para definir el plan a seguir. Cada uno tendrá que aportar su granito de arena para salvar este patrimonio”, indicó.

Katia Romero, feligrés de Polonuevo, manifestó con gran preocupación la situación que atraviesa su iglesia debido a que se trata de un templo que fue construido por la misma comunidad, decenas de hogares que han crecido y forjado en las paredes que se encuentran actualmente agrietadas y que representan un riesgo que crece si las autoridades no realizan acciones a tiempo.

“Siento que a las ojos de la fe, Dios nos está hablando de reconstruir su casa por lo que ha sido todo un reto toda esta situación. Vamos a seguir haciendo actividades y haciendo llamados para que nos escuchen y no permitan que se nos caiga la iglesia. El alcalde ya declaró calamidad pública, pero necesitamos acciones”, señaló.

Agregó que el altar fue rodado a mitad del templo y se han realizado las misas en el lugar; sin embargo, el temor crece.

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A pesar de las dificultades, el mensaje de estas dos comunidades es de esperanza. Los párrocos consideran que esta situación también es una oportunidad para fortalecer la fe y el sentido de comunidad, especialmente en el contexto de la Semana Mayor.

“Esto también nos invita a recordar que más allá de las paredes, nosotros somos las piedras vivas de la Iglesia. Es un llamado a caminar juntos, como nos invita el papa Francisco, a vivir en comunidad y a mantener viva nuestra fe”, reflexionaron.

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