Los estragos del tornado que sacudió al municipio de Soledad el sábado 30 de agosto de 2025 prevalecen más allá de lo material. Además de las 900 viviendas con daños en infraestructura, los días sin luz y los escombros de techos apilados en las calles, una población se vio afectada por el fenómeno natural: la niñez.
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En Colombia, cuando un evento climático golpea a las urbanizaciones, el grupo social que se ve más comprometido es el de la primera infancia, ya que la Constitución avala que sus derechos prevalecen.
En el caso de Soledad, el vendaval impidió que muchos niños y niñas asistieran por algunos días a la escuela, lo que dificultó su acceso a la educación.
Olga De León es madre de tres menores y dos de sus hijos estudian en el Centro Educativo Mi Sueño Nuevo Milenio, una de las instituciones que sufrió más daños en el municipio. Ante el hecho, el colegio demoró un par de días para retomar clases, puesto que gran parte de la infraestructura quedó sin techo.
“Casi ochenta láminas dañadas. Aquí tenemos catorce aulas de clase, casi todas se afectaron y nada más se salvaron dos. Estamos trabajando para el bien de la comunidad educativa, porque son al final los niños los más afectados”, relató a EL HERALDO una vocera de la institución que decidió, en aquel entonces, no revelar su nombre.
El cuerpo educativo tuvo que hacer “maniobras” para enfrentar esta contingencia: en aras de que los niños siguieran recibiendo sus clases, optaron por dictarlas de manera virtual. Una decisión que algunos padres consideraron ineficiente—a pesar de entender el panorama— ya que impartir la docencia a través de WhatsApp no se le compara a la presencialidad.
“Son clases virtuales y son más difíciles. De manera virtual no aprenden. No se compara que la maestra les explique personalmente. (...) El vendaval efectivamente afectó demasiado a los niños con la educación”, sentenció la madre de familia.
Por supuesto, la institución del barrio Nuevo Milenio realizó esfuerzos por empezar las clases; no obstante, más de 800 niños y jóvenes no estuvieron en sus aulas durante más de 7 días.
No es el primer tornado
Cabe resaltar que no es la primera vez que llega un tornado a este municipio. Este fenómeno natural ya había generado afectaciones en el 2001 y 2008, según registros de medios.
Lady Joanna, meteoróloga de la Corporación Autónoma Regional de La Guajira, indicó que en el Atlántico hay condiciones muy propicias para la formación de los vendavales debido a la cercanía con el mar Caribe y las condiciones geográficas particulares del departamento.
“En las mañanas predominan ambientes secos, soleados y con baja humedad; pero hacia la tarde aumenta rápidamente la nubosidad, lo que genera cambios bruscos de presión y temperatura que terminan convirtiéndose en tornados”, explicó la experta.
Otros factores que generan estos sistemas serían el crecimiento urbano y el incremento de la temperatura, ya que, a mayor calor, más probabilidad de que se formen estos vendavales.
Por otro lado, aseveró que es probable que la frecuencia de estos remolinos de viento en el territorio se deban al cambio climático.
“Ya se habían registrado fenómenos similares años atrás y, con el paso del tiempo, notamos que ocurren con mayor regularidad. Son eventos extremos para los que debemos estar preparados”, finalizó la meteoróloga.
Cambio climático y niñez
Afortunadamente, el municipio de Soledad tuvo los recursos para responder a esta emergencia, por lo que los estragos de este tornado no han sido tan alarmantes. Sin embargo, los desastres naturales ocurren y seguirán aconteciendo en otros lugares del país en donde la pobreza es más extrema, lo que continuará vulnerando los derechos de la niñez y afectando la calidad de vida de la población en general.
La alerta de que el cambio climático —fenómeno global que se acelera gracias a la actividad humana— afecta principalmente a los más pequeños fue lanzada por Unicef Colombia.
La entidad resaltó que la Asamblea General de la Organización de las Naciones Unidas (ONU) en 2022 aceptó como derecho fundamental el acceso a un ambiente limpio, sano y sostenible como derecho fundamental.
A su vez, esta norma fue reconocida como un derecho interdependiente para la niñez, ya que afecta otras garantías, tales como la salud, la educación, la alimentación, agua potable y su desarrollo integral.
En conversación con Valentín Estrada —oficial de Unicef Colombia para los temas de agua, saneamiento, higiene, cambio climático y ambiente—, se conoció que estas leyes obligan a los estados a que prevengan los daños ambientales, mitiguen los riesgos climáticos y garanticen un acceso seguro a recursos naturales, además de asegurar que también se acceda a otros derechos como la educación.
“En Soledad, por ejemplo, las escuelas se afectaron, pero los niños pudieron seguir estudiando en casa y volver a clases relativamente rápido. Eso es un nivel adaptativo aceptable. Sin embargo, en La Guajira o el Chocó, con las inundaciones recientes, los niños volvieron a clases meses después porque la capacidad de adaptación es más precaria”, expresó el vocero.
Y añadió: “La escuela no es solo un lugar de aprendizaje, también de protección y alimentación. Por eso, si sabemos que los tornados dañan techos, debemos reconstruir con resiliencia, para que el próximo evento no vuelva a afectar la infraestructura ni la vida de los niños”.
Estrada recalcó que el cambio climático se expresa en efectos inmediatos y de corto plazo, como los desastres y la mitigación del riesgo; pero también en efectos de largo plazo, como el deterioro ecosistémico que impide servicios críticos como educación, salud, agua y saneamiento.
En este sentido, aseveró que serán los más jóvenes quienes sufrirán las consecuencias de esta problemática, a pesar de no ser los responsables de causarla.
En un informe de la Unicef con la Cepal se conoció que, aun en el mejor escenario en donde se reduzcan los gases de efecto invernadero para el 2050, al menos 5.9 millones de niños y niñas adicionales caerán en la pobreza por el cambio climático.
Si continúan las políticas actuales, serían casi 10 millones de niños en la pobreza. Y en caso de adoptarse normas regresivas, con países negando el cambio climático e invirtiendo más en fósiles, se podría llegar a casi 18 millones de niños, niñas y jóvenes pobres en 2030.
Los riesgos para los niños

La educación, tal como se observó en el caso de Soledad, es uno de los riesgos que suponen los estragos del cambio climático; no obstante, a este se le suman otras amenazas como el aumento de enfermedades por vectores (como dengue), la inseguridad alimentaria, falta de agua potable y problemas de protección.
“Lugares donde antes se podían cultivar ciertos alimentos ya no lo permitirán por los cambios drásticos del ambiente. Esto nos puede llevar a la imposibilidad de contar con la nutrición mínima para estar sanos y seguir desarrollándose. Incluso, estas dos combinaciones pueden significar problemas de protección: por ejemplo, si el papá era agricultor y único proveedor, puede que se vea obligado a poner a trabajar a los niños y niñas”, sentenció Estrada.
En ese orden de ideas, sostuvo que el llamado de la Unicef es a instaurar políticas públicas más sensibles a los cambios climáticos y la inclusión de análisis permanentes sobre la niñez desde la planeación hasta la ejecución.
“En la COP 30, en los planes de mitigación y adaptación, en las políticas y leyes, la niñez debe estar en el centro. El sector privado debe considerar cómo sus actividades crean entornos más resilientes. Y los gobiernos locales deben garantizar servicios críticos adaptados al clima para proteger a los niños y niñas”, finalizó Valentín.
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Aumento de temperatura y eventos extremos
En agosto, el Instituto de Hidrología, Meteorología y Estudios Ambientales (Ideam) presentó los escenarios de cambio climático para el país. Con respecto al Atlántico, la entidad indicó que el departamento enfrentará un aumento sostenido de las temperaturas, una reducción progresiva en las lluvias y mayores riesgos asociados a sequías, olas de calor y eventos extremos, con impactos directos en la agricultura, los recursos hídricos, la biodiversidad y la seguridad alimentaria.
En el caso de la temperatura, informó que para el año 2040 la temperatura sería entre 1 a 1,5 grados Celsius más alta que la registrada en los últimos 40 años; para mitad de siglo sería entre 1,5 y 2 grados C° mayor, y para finales del siglo XXI entre 1 y 4 grados C°, teniendo los mayores incrementos en Barranquilla, Puerto Colombia, Soledad, Candelaria, Manatí, Campo de la Cruz, Santa Lucía y Suan.
De esta manera, con el aumento de las temperaturas, las olas de calor van a ser cada vez más frecuentes y duraderas; por otra parte, pese a que el volumen de la precipitación anual disminuiría, esto no significa que cuando llueva no se presenten eventos extremos, incluso estos se darían con una mayor frecuencia e intensidad, lo que podría ocasionar diferentes impactos en varios aspectos (daños a la infraestructura ante mayores eventos de movimientos en masa, inundaciones más severas, afectación en los cultivos, entre otros).


















