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Hay voces que se apagan con el paso inclemente del tiempo y otras que, por algún capricho del destino y de su inmenso talento, deciden quedarse a vivir entre nosotros de manera permanente. Hace exactamente veinte años, el 25 de marzo de 2006, el mundo del espectáculo despidió a María de los Ángeles de las Heras Ortiz tras una dura batalla contra el cáncer.

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Pero la gente de a pie, esa que llora sus penas en las esquinas de los barrios o canta a grito herido mientras hace los oficios de la casa, despidió a su querida Rocío Dúrcal. Su partida física dejó un silencio muy pesado, pero a la vez encendió una rockola inagotable que dos décadas después sigue sonando con la misma potencia de sus mejores años.

Óscar Medina Ahumada, estudioso de la balada, explica a EL HERALDO que “Rocío le imprimía a sus canciones un sentimiento que pocas artistas logran. Ella las vivía”. Por ello para el experto bastaba solo con verla en escena, pues sus manos acompañaban cada palabra, su rostro se quebraba con la emoción y el público, casi sin darse cuenta, terminaba sintiendo lo mismo.

Esa capacidad única de conectar convirtió a una muchacha nacida en España en el fenómeno de ventas más grande de toda Latinoamérica, superando a cualquier cantidad de artistas. Medina recuerda que, en su momento de mayor gloria, no importaba el país que pisaras o la frontera que cruzaras.

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“Podías salir a caminar por las calles de Santiago de Chile, de Bogotá o de Ciudad de México, y en algún balcón abierto, en la radio de un taxi o en el mostrador de una tienda de barrio, siempre estaba sonando a todo volumen la voz de Rocío. En festivales tan exigentes como el de Viña del Mar, la gente simplemente vibraba de emoción al verla pisar el escenario”.

Su conexión con Juan Gabriel

Pero la verdadera explosión mundial, el capítulo definitivo que la volvió inmortal, arrancó precisamente a finales de los años setenta. Ese año empacó maletas, viajó hacia México y selló un matrimonio musical que cambiaría para siempre la historia de la música en nuestro idioma. Se unió al genio de siempre Juan Gabriel.

Mario Alcalá, también conocedor de la música romántica, detalla la magnitud de este cruce de caminos. Rocío tomó la dulzura de la balada española, le inyectó la fuerza y el dolor del mariachi mexicano y creó un híbrido sencillamente perfecto. Poseía una versatilidad vocal envidiable, capaz de sonar dulce en un verso y mostrar una potencia arrolladora en el estribillo. Así nació el apodo que la acompañaría por el resto de sus días: la española más mexicana.

Agencia EFE

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“Juntos crearon éxitos inmortales como Amor Eterno. Tenía una versatilidad vocal, dulce, potente, con un éxito comercial sin precedentes, una verraquera y además de eso cuando cantaba le ponía todo el sentimiento e interpretación a sus canciones. Vivía lo que cantaba”.

Además, temas como Un placer conocerte, Costumbres y Fue tan poco tu cariño dejaron de ser simples melodías para convertirse en patrimonio emocional de millones de personas. Y cuando esa etapa terminó, supo reinventarse de la mano de otros gigantes como Marco Antonio Solís y Roberto Livi.

Un 10 como persona

No obstante, la música no solo perdió a una excepcional cantante, sino a alguien que brilló como persona, según recuerda Carlos López, expresidente de Sony-BMG España.

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“No he conocido a ninguna artista comparable en lo humano. Era un 10, cuando la media entre los artistas es un 2,5”, asegura el productor.

La conoció cuando tenía poco más de veinte años, cuando él empezaba en la base del negocio musical organizando la prensa de su disco Confidencias (1981).

Entonces, María de los Ángeles de las Heras hacía dos décadas que era Rocío Dúrcal de nombre artístico, primero en películas como Canción de juventud (1952) o Más bonita que ninguna (1965). Y como mujer adulta, con su salto a México, donde había grabado Rocío Dúrcal canta a Juan Gabriel (1977) y su reputación al otro lado del Atlántico comenzaba a crecer y crecer.

“Lo que hizo fue muy anómalo, que una artista se convirtiera en una absoluta estrella cantando canciones de un país que no es el suyo”, describe López.

Lo atribuye, por un lado, a su fructífera asociación-amistad con el cantante y compositor mexicano Juan Gabriel, autor prolífico y grande con la ranchera y la balada.

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López exalta la arrebatadora manera de cantar de Dúrcal: “Con sus rancheras se me pone la piel de gallina. La vi cantar en el Teatro Degollado de Guadalajara (México) con Juan Gabriel y la gente lloraba”.