Criar en estos tiempos ya no responde a las lógicas de antes. La rutina familiar se reconfiguró. Están los padres que salen temprano y llegan tarde, niños expuestos a pantallas desde edades tempranas y un entorno que interviene constantemente en su forma de crecer.
En ese escenario, el tiempo en casa se reduce y la crianza pierde continuidad. Lo que antes era presencia diaria y acompañamiento cercano, hoy se convierte en instantes dispersos que intentan sostener, a contrarreloj, la formación de los hijos.
Para la educadora y asesora de innovación pedagógica Virginia Quintero son varios los puntos que influyen en la transformación que han tenido las prácticas de crianza.
Uno de los cambios más determinantes tiene que ver con la redistribución de roles dentro del hogar. “Antes la crianza era un enfoque que estaba delegado principalmente a las mujeres”.
Hoy, ese esquema cambió. La incorporación de las mujeres al mundo laboral, junto con la necesidad de que ambos padres participen en la sostenibilidad económica del hogar, ha transformado la dinámica familiar.
“El ejercicio de la crianza y del acompañamiento se desconecta de aspectos como la presencia y la posibilidad de estar en primera línea”.
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Y es justamente en esa “primera línea” donde se juega gran parte del desarrollo emocional de niños y adolescentes. “Solo cuando hay un acompañamiento cercano, casi permanente, es posible apercibirnos de esas realidades”, expresó.
Ante esa ausencia relativa, la crianza ha comenzado a desplazarse hacia otros actores.
“Ha habido una delegación hacia terceros como cuidadores, nanas, abuelos o incluso la institución educativa”.
Hiperconexión
Para la psicóloga especializada en el trabajo con infantes, Nataly Rozo, el primer paso para comprender a estos niños y adolescentes es reconocer que su contexto no tiene precedentes. “Es una generación que está creciendo en un entorno profundamente distinto al de sus padres. Está creciendo en un contexto que nunca antes habíamos tenido, donde se presenta un mundo más profundamente atravesado por lo digital”.
Esa hiperconexión tiene dos caras. Por un lado, describe Rozo, es una generación con “más acceso a información, a estímulos y a conexiones”, lo que amplía sus horizontes y acelera su forma de entender el mundo. Pero, al mismo tiempo, advierte que ese mismo entorno trae consigo desafíos emocionales que antes no se manifestaban con tanta fuerza. “Es una generación que enfrenta retos emocionales que quizás antes no aparecían con tanta intensidad como lo vemos ahora”, afirma.
¿Es rebeldía?
En muchos hogares, la palabra “rebeldía” aparece como una alarma, pero detrás de esa etiqueta, no siempre hay desobediencia, sino muchas veces, refleja un mensaje que no ha sido escuchado.
Para la educadora y asesora de innovación pedagógica Virginia Quintero, el concepto mismo merece ser revisado. Desde su perspectiva, lo que comúnmente se interpreta como desafío puede estar profundamente ligado a la forma en que los niños y adolescentes se sienten dentro de su entorno familiar. “Si hay disposición, no necesitamos fuerza. A veces la rebeldía lleva un poco de lucha de poder porque han sido silenciados, porque no han sido escuchados”.
En ese nuevo enfoque, los padres siguen siendo guías, pero desde un liderazgo distinto.
“Los líderes debemos abrir espacios de escucha, de diálogo y de acuerdos para que así haya un ejercicio de autonomía y que la rebeldía no sea necesaria”, expresó Quintero.





















