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Desde el Canal del Dique, entre agua, tierra y tambor, surgió una de las manifestaciones culturales más potentes del Caribe colombiano, el Son de Negro.

Siendo este un baile muy representativo de fuertes vivencias en el Caribe Colombiano, investigadores y docentes de la Universidad del Norte realizaron una obra que está íntimamente relacionada con la cotidianidad de pescadores y campesinos del Canal del Dique.

Durante la recopilación de información y cercanía con las personas de los territorios que visitaron, se encontraron con saberes importantes como los elementos del vestuario y de la puesta en escena, que tiene un significado, pues la bandera roja representa la territorialidad afro; los gestos corporales y faciales comunican miedo, resistencia y reaparición frente al colonizador.

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Así como el hecho de que esta es una manifestación homogénea, y que cambia de un territorio a otro. No todos los grupos se pintan igual, no todos usan Guillermina, que es un personaje travestido, representado por un hombre; que simboliza a la esposa de un esclavo esclavizado durante la colonia en Colombia, ni tocan el tambor del mismo modo. “Cada son de negro es original y responde a su contexto territorial”.

JHONY OLIVARES

Así lo explicó a EL HERALDO el investigador social Luis Ricardo Navarro, doctor en Ciencias Sociales y magíster en Comunicación, quien durante más de una década ha trabajado de la mano con comunidades afrodescendientes para documentar, comprender y defender esta danza ancestral como un proceso vivo de resistencia, comunicación y territorio.

Territorios con historia

Son de negro ¡vive!, está construido desde las historias de los hacedores y hacedoras de esta manifestación cultural en territorios como San Cristóbal (Bolívar), Mahates (Bolívar) y Santa Lucía (Atlántico). Este no solo recoge el origen histórico de la danza, sino su profunda carga simbólica ligada a los procesos de esclavización, cimarronaje y búsqueda de libertad en el Caribe colombiano.

“El son de negro nace como una danza guerrera, informante y protectora. Hoy es una danza que resiste a la colonización contemporánea, al silenciamiento del discurso afro y que se reafirma como una defensa de la vida. Pintarse y repintarse de negro, tocar el tambor y moverse en escena no son gestos folclóricos vacíos, sino actos de afirmación identitaria y de resistencia histórica”, dijo.

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Aunque históricamente ha sido una danza masculina y machista, el son de negro encierra un fuerte mensaje de protección hacia la mujer. La figura de la guillermina, que es un hombre representando a una mujer y simboliza a aquellas mujeres que no podían estar presentes en una danza guerrera, pero que debían ser protegidas.

JHONY OLIVARES

“En la puesta en escena tradicional, la guillermina ocupa el centro, resguardada por los demás danzantes como un símbolo sagrado del territorio. Hoy, los procesos de inclusión han permitido la participación directa de mujeres en algunos grupos, abriendo nuevas narrativas sin perder de vista el valor ancestral de la manifestación”, mencionó Navarro a EL HERALDO.

Investigación sentipensante

La investigación que dio origen al libro se aleja de los métodos académicos tradicionales. Navarro y su equipo emplearon etnografía participativa, talleres cantados y bailados, entrevistas caminadas y navegadas, y procesos inspirados en la propuesta “sentipensante” de Orlando Fals Borda.

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“El territorio habla, el agua habla, la tierra habla, y el investigador debe aprender a escuchar. Los resultados del estudio fueron validados por las propias comunidades, que corrigieron interpretaciones y aportaron nuevas lecturas. Para el investigador, la confianza y la devolución del conocimiento son claves para evitar el extractivismo académico y reconocer los saberes locales como conocimiento legítimo”, anotó.

La danza honra la ancestralidad y dignifica a los hacedores haciendo parte del Carnaval.