Antes de que existieran las ciudades, los mapas y hasta el nombre de Colombia, ya el río estaba ahí, empujando su fuerza contra el mar Caribe. Mucho antes de ser llamado Magdalena, ese caudal inmenso ya marcaba el territorio y el destino de quienes se acercaban a él.
El 1 de abril de 1501, Rodrigo de Bastidas y sus compañeros recorrieron la costa norte y se toparon con esa desembocadura poderosa. No era un río cualquiera. Para los pueblos indígenas era Carihuaño, Yuma o Arlí, nombres distintos para una misma corriente que imponía respeto. Sus aguas eran tan fuertes que se mezclaban con el mar a golpes, anunciando que allí había un camino grande, aunque todavía imposible de dominar.
Durante varios años, ese mismo río fue una barrera imposible de cruzar. Según el historiador Edgar Rey Sinning, los españoles intentaron entrar por su desembocadura, pero “la fuerza del agua no les permitía avanzar y muchas embarcaciones terminaban rotas”.
El cambio en la historia llegó cuando los conquistadores descubrieron el paso que conectaba el mar Caribe con la Ciénaga Grande de Santa Marta. “A partir de ese momento, cuando logran cruzar la ciénaga y llegar al río, el Magdalena se convierte en la gran senda, en la gran carretera para avanzar en la conquista del territorio”.
Ese cambio fue clave. En 1536, Gonzalo Jiménez de Quesada logró internarse por el río rumbo al interior del país. “Llega a Bogotá dos años después porque ya ha pasado el río Magdalena, que desde entonces se vuelve el camino para comunicar el Caribe con los Andes”.
Con la fundación de Cartagena en 1533 y la posterior apertura del Canal del Dique, el río quedó conectado por dos rutas estratégicas: Santa Marta y Cartagena. Ambas permitieron penetrar hacia el interior y consolidar al Magdalena como eje de comunicación de la Nueva Granada.
Más adelante, en el siglo XIX, Barranquilla asumió un papel central. “Se convierte en la ciudad estratégicamente ubicada para conectar el mar, a través de Puerto Colombia, con el río Magdalena. Desde allí, los barcos subían y bajaban por el río hasta el interior del país, llegando incluso a Honda”.
Del río a la fiesta
Barranquilla no se levantó sola ni de espaldas al agua. Se fue haciendo, poco a poco, con lo que traían las orillas. Con los cantos, los bailes, los ritmos y la gente que bajó por el río Magdalena y la Ciénaga Grande.
“Barranquilla se nutrió de todas las manifestaciones de los pueblos ribereños. Por esas aguas, dice, entró la cultura española y se fue regando por poblaciones como Tenerife, Plato, Tamalameque, Mompox, Guamal y otros pueblos asentados a lo largo del Magdalena”.
Danzas como la Farota, nacida en Talaigua; los Coyongos, llegados desde Palomino, y muchas otras expresiones que encontraron en el Carnaval un escenario para permanecer vivas.
Sin embargo, si algo marcó de gran manera esa herencia ribereña fue la música. “Por el río llega la cumbia y el chandé, que son las músicas que más se bailan en el Carnaval de Barranquilla”.

Al principio, esas cumbias no tenían nombre. Con el tiempo, fueron tomando identidad propia como La Pollera Colorá, La Piragua, la cumbia soledeña, nacida en Soledad, a orillas del río, y muchas otras que hoy hacen parte del cancionero esencial del Caribe.
Pero, ¿Quiénes crean esa música? “Los obreros, los campesinos que llegan y se convierten en trabajadores de una ciudad que, desde 1860 y 1870, empieza a crecer como centro comercial e industrial”.
Un viaje ancestral
Antes de que deban viajar a Barranquilla para asistir a los desfiles, las Farotas de Talaigua ya han hecho un camino más largo y más antiguo. Su ruta no empieza en Barranquilla. Nace en las aguas del río Magdalena, en Talaigua Nuevo, Bolívar.
“Nosotras no llegamos al Carnaval por casualidad. Venimos del río, que es donde nació nuestra tradición. Ese trayecto fluvial convierte a Las Farotas en una danza única dentro del Carnaval porque somos una danza anfibia que conecta el Caribe con esta gran fiesta”, dijo la directora de la danza, Mónica Ospino.
Por ese mismo río circularon durante siglos las expresiones culturales de los pueblos ribereños, y hoy Las Farotas le recuerdan al mundo que el Carnaval se nutrió de esas aguas, de esas voces y de esas historias.
La danza representa un relato ancestral de resistencia. Son hombres indígenas que se visten de mujer Kaslonización.

Río madre de la cumbia
Fue en esas orillas del río donde germinó una de las expresiones más profundas del país. “La cumbia surgió de ese encuentro de indígenas y africanos, que entrecruzaron ritmo, sentimiento y cosmogonía, y juntos conquistaron al conquistador”, dijo el gestor cultural Lisandro Polo.
A su cauce se fueron sumando otras danzas y expresiones: el pajarito, el Son de Negro con su grito libertario, y las Farotas, que transformaron el dolor en relato danzado.
“Cada paso de baile de la cumbia imita el vaivén de la corriente; cada golpe de tambor recuerda el remo golpeando el agua; cada melodía evoca la brisa que cruza los cañaverales y los manglares ribereños”.
Hoy, a 525 años de su descubrimiento oficial, el Magdalena sigue cantando. “En cada fiesta donde el pueblo se reconoce está la marca indeleble de cómo nuestro folclor se convierte en el verdadero motor de construcción del tejido social”.
Trajo saberes y máscaras
A esa corriente cultural se suman otros aires como el chandé y el son de pajarito, este último con un nuevo protagonismo en el Carnaval gracias a los procesos de recuperación.
“El son de pajarito está recientemente muy en auge en nuestro Carnaval por el trabajo de rescate que se ha hecho, muchos ritmos que se habían perdido por el tiempo. La gente de la danza, los músicos, se han preocupado por rescatarlos porque reconocen la raíz de esos ritmos en otros pueblos ribereños”, expresa el antropólogo Jhonny Meca.
El antropólogo también recuerda que las máscaras, uno de los símbolos más reconocidos del Carnaval, llegaron igualmente por el Magdalena.
“Las máscaras del Carnaval de Barranquilla llegaron por el río a toda la zona de los barrios apostados a la orilla del río. Las máscaras se hacían con madera náufraga que venía del río, madera de arrastre, bastante liviana, pero que se dañaba muy fácilmente y solo duraba para un desfile y ahora se ha transformado”.





















