Cuando en Barranquilla todavía no se hablaba de inclusión ni de diversidad, el Congo Grande ya estaba dando un paso al frente. Y lo hizo en la calle, el baile y la libertad de ser.
Esta histórica danza fue la primera en integrar de manera visible a personas de la comunidad LGBTQ+, entendiendo desde muy temprano que la fiesta también debía ser un espacio seguro para todos.
La historia se remonta a los inicios del grupo, cuando el machismo marcaba las reglas dentro de muchas danzas. Según cuenta Adolfo Maury, director del Congo Grande y Rey Momo del Carnaval 2026, fue el fundador de la danza, don Joaquín Brachi, quien encontró la forma de romper esas barreras.
“En ese momento no se permitía la inclusión de mujeres dentro del grupo. Entonces el fundador se ideó la idea de disfrazar hombres y mujeres. Se hizo una convocatoria grande y muchos aceptaron. Ahí nace todo este proceso de inclusión”.
Entre las décadas de los 60 y 70, el Congo Grande permitió el ingreso de personas travestis, en una época en la que la discriminación era fuerte y evidente.
“Los primeros en hacerlo fueron dos personajes muy conocidos en la ciudad. Uno se dedicaba al trabajo doméstico y el otro era Julio, popularmente conocido como Julieta, quien tenía un puesto de fritos en la calle 30 con La Paz. Cuando ellos bailaban, todas las miradas se iban hacia el Congo Grande”.
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A partir de ahí, la danza comenzó a llenarse de figuras que hoy hacen parte de la memoria de la fiesta como: La Perola, Campo Amor, María Dolores, Mariana Alfaro, Manuela, La Loba, La Puertorriqueña, La Bombera, La Devoradora, La Candado, El Nacho y Julieta. Muchos llegaron incluso desde otros países como Puerto Rico, Venezuela y Ecuador, atraídos por la fama y el ambiente de respeto que rodeaba al grupo.

“Había mucho respeto. Eran tratados como familia. En la casa de mi abuelo se quedaban todo el fin de semana, se cambiaban allí y compartían con todos. La calle se llenaba de gente, ellos llegaban en taxi con sus disfraces y la gente los aplaudía, como si fuera una alfombra roja”.
Crecer bailando una historia
Kevin José no se está acomodando el turbante desde hace un par de años, viendo a su familia alistarse desde que tenía 8 años. “Salí por primera vez en la Vía 40 llevando la bandera y en ese entonces no dimensionaba lo grande que estaba ocurriendo en mi vida”.
Con el tiempo, fue entendiendo el fondo, y hoy como un miebro más de la comunidad LGBTQ+ siente orgullo de conocer la historia que engrandece la danza. “Yo no sabía mucho de la inclusión hasta este año, cuando me puse a investigar. En esa época eso era normal, allí nadie estaba señalando a nadie”.
Para él, esa es la verdadera picardía del Congo, una danza que siempre ha sido libre, sin necesidad pedir permiso. “Aquí la gente entra, baila, goza y respeta. Así ha sido siempre y no me imagino que alguien llegue a querer cambiar la historia”.
Aunque reconoce que la inclusión es el resultado de un proceso que se ha ido construyendo con el tiempo, en medio de cambios sociales, educación y nuevas maneras de comunicarse.
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“Hoy en día es un poco más visible y creo que incluso más respetable. Es la educación que hemos recibido y la que estamos transmitiendo y espero que siga así porque creo que hemos avanzado bastante”.
Desde su mirada, cada época ha tenido sus propias batallas. “Cada momento se vive según lo que se trabaja y lo que se enseña”, expresó.
Del miedo a los aplausos
La historia de la diversidad en el Carnaval de Barranquilla no es reciente. Así lo explica Jairo Polo, director del Carnaval Gay, al recordar que mucho antes de que se hablara de inclusión, ya existían espacios donde la diferencia encontraba lugar dentro de la tradición.

“Yo no lo viví, pero sí mis abuelos y varias personas gay de esa época me contaron. Yo viví lo que se formaba en el Paseo Bolívar, por ahí por la iglesia de San Nicolás, por San Roque, donde peleaban las danzas con otras danzas. Era una pelea ficticia, peleando las negras en ese tiempo”.
Contrario a lo que podría pensarse, asegura que quienes hicieron parte del Congo Grande en aquellos años no estaban desprotegidos. “No corrían riesgos, porque era una danza que se respetaba como una tradición grande y seguiremos evolucionando”, dijo.





















