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Parece que el candidato continuista Iván Cepeda entró en razón y se convenció de que solo los votos de la izquierda radical –la que encarna a la perfección– no le alcanzan para llegar a la Casa de Nariño el próximo 7 de agosto. La mayoría de las encuestas indican que –aunque lidera todos los estudios de intención de voto en primera vuelta– en una segunda vuelta perdería ante Paloma Valencia o Abelardo De la Espriella, sus inmediatos seguidores.

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Y ello es así porque el rechazo que genera su candidatura es muy superior, tanto al de Paloma como al de Abelardo. Ante la pregunta de “usted por quién jamás votaría” Cepeda les gana por barrida a sus dos rivales. Cepeda terminó siendo el “coco” porque el que pocos votarían en segunda vuelta, que era el temor que tenían muchos petristas.

El riesgo de perder la Presidencia en una segunda vuelta –algo que hasta hace pocas semanas la campaña de Cepeda no había considerado, porque así lo indicaban las encuestas– llevó al candidato continuista a abrir las puertas de su campaña a sectores políticos distintos a la izquierda radical, que lo ha acompañado de forma disciplinada. La semana pasada –por ejemplo– aterrizó en las huestes de Cepeda el senador Ariel Ávila del partido verde, quien se sumó a Juan Fernando Cristo y Clara López, quienes habían declinado sus candidaturas presidenciales.

De manera que Cepeda –como Petro en el 2022– empezó a hablar de un “gran acuerdo nacional” que le permita ganar y gobernar con partidos y movimientos afines a su campaña, pero distintos a los de la izquierda tradicional.

Por cuenta del tristemente célebre “gran acuerdo nacional” Petro llegó a la Presidencia acompañado de lo peor de la politiquería tradicional, aunque se cuidó muy bien de utilizar para su beneficio electoral a connotados militantes y dirigentes de otros partidos, quienes creyeron ingenuamente en las bondades del “gobierno del cambio”. También se valió de la figura de la mujer, como ocurrió con Francia Márquez, hoy “invisibilizada” y condenada por Petro al ostracismo.

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Lo cierto es que Petro ganó ofreciendo un “gran acuerdo nacional”, pero una vez en la Casa de Nariño despreció a quienes lo llevaron allí. La dicha del “gran acuerdo nacional” duró muy poco. De hecho, su primer gabinete –del que hacían parte figuras que encarnaban ese acuerdo, como Alejandro Gaviria, Cecilia López y José Antonio Ocampo– fue fugaz y hoy Petro se refiere a todos ellos en términos groseros y ofensivos. No ahorra epítetos para referirse a la gestión de Gaviria, López y Ocampo. La honra y buen nombre de quienes fueron sus primeros colaboradores en el Gobierno son pisoteados por Petro con sevicia.

Cada día es más evidente que Petro se valió del “gran acuerdo nacional” para ganar la Presidencia. No fue un sentimiento genuino, sino una estratagema para llegar a la Casa de Nariño.

Ahora su “heredero” Cepeda ofrece exactamente lo mismo: un gran acuerdo nacional –puramente electorero– que le permita derrotar a Paloma o Abelardo. No hay detrás de ese gesto una voluntad política auténtica, pues es evidente que su corazón tiene raíces profundas en la izquierda más radical y dogmática del país, a la que siempre ha pertenecido, desde los tiempos en que militaba en la “Juventud Comunista (Juco)”.

¿Qué hay detrás del “gran acuerdo nacional” de Cepeda? ¿Qué futuro tiene la alianza electoral del candidato continuista? Veamos:

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Cepeda guardó silencio ante el gobierno más corrupto de la historia

En sus recientes intervenciones en plaza pública, leída como todas las suyas, Cepeda afirmó ante sus seguidores: “En nuestro segundo gobierno progresista no habrá contemplaciones, ni silencios cómplices a favor de los corruptos. Vamos a enfrentar a la gran corrupción, a sus jefes, a los políticos que las financian y a las redes criminales que la sostienen. Nuestra lucha anticorrupción será implacable, venga de donde venga y caiga quien caiga. Vamos a acabar con los despilfarros”. Todo eso suena muy bonito. Pero es falso. Punto.

Ante el gobierno más corrupto en la historia del país, Cepeda ha guardado un silencio tan cómplice como peligroso. Ni una sola palabra ha dicho sobre todos y cada uno de los escándalos que le han estallado en las manos a Petro, su padrino político y electoral. No hay una sola actuación suya, ni una sola palabra, que nos haga pensar que Cepeda hará de presidente lo que no ha hecho como aliado de Petro. Cepeda ha callado sobre todos los escándalos de Petro. Es decir, no solo ha sido ciego, sordo y mudo sobre las francachelas de los capos narcotraficantes de la cárcel de Itagüí, sino también sobre todo lo reprochable y aberrante del gobierno Petro. Es –sin duda– un “heredero” incondicional.

Gran acuerdo para profundizar los defectos del gobierno Petro, no para erradicarlos

El problema del “gran acuerdo nacional” –que promueve Cepeda, preocupado por los resultados de una segunda vuelta presidencial– no es que ofrezca un modelo de gobierno distinto al de Petro. Es todo lo contrario: el problema es que ofrece exactamente el mismo modelo, con impunidad para narcotraficantes y criminales, como ha hecho Petro. Aquellos militantes de la izquierda democrática –e incluso del centro– que están desencantados con Petro, pero creen que con Cepeda “todo será distinto”, se equivocan y pecan de ingenuos.

Tropezarán de nuevo con la misma piedra. El “gran acuerdo nacional” de Cepeda no busca corregir los defectos del gobierno Petro, como ellos creen: busca profundizarlos mucho más. Cepeda y su gente consideran que la dosis aplicada hasta el momento no ha sido suficiente y que hay que incrementarla. Creen que todavía hay que exprimir mucho más al sector productivo, creen que todavía pueden ser más generosos con narcotraficantes y criminales. Creen que hay que darles más oportunidades a los “Carlos Ramón González”, las “Juliana Guerrero” y los “Pastores Saade”, entre una larga lista de impresentables. De manera que no habrá tal lucha implacable contra la corrupción. ¡Olvídense!

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El “gran acuerdo nacional” de Cepeda no nace de la convicción, sino del miedo a perder

El “gran acuerdo nacional” de Cepeda, copiado del que en su momento propuso Petro, también fracasará. Y ello es así porque Cepeda –al igual que Petro– recurre a esa figura porque sabe que sin ella no podrá ganar la Presidencia. Los votos petristas no le alcanzan, como no le alcanzaron a Petro cuando aspiró antes del 2022. Su llamado al “gran acuerdo nacional” no nace de su convicción profunda, sino de su miedo a perder. Una presidencia suya será como la de Petro, pero peor. Aunque sus formas sean distintas –Cepeda luce más calmado y menos visceral– sus propósitos son iguales.

La prensa independiente y crítica de su gobierno será atacada con saña enfermiza en tribunales, con el firme propósito de silenciarla. Las libertades individuales y colectivas solo serán respetadas si se amoldan a sus fines y propósitos, como sucede con Petro, quien cada día de por medio debe “rectificar” sus difamaciones y calumnias. No hay, pues, ningún interés patriótico o altruista en el tal “gran acuerdo nacional” que ahora pretende promover Cepeda. Estamos notificados.

¿Gran acuerdo nacional para respaldar la fracasada “paz total” de Petro?

Al ser interrogado por los periodistas sobre su opinión en relación al “parrandón” organizado por los capos narcotraficantes detenidos en la cárcel de Itagüí, el candidato gobiernista Iván Cepeda contestó: “De mí no esperen declaraciones contra la paz”. La insólita respuesta demuestra la incondicionalidad de Cepeda con el que ha sido el más grande fracaso de Petro: la “paz total”. Cepeda está jugado a fondo con esa iniciativa de la que fue su cerebro y arquitecto, junto con el senador Ariel Ávila, recién llegado a su campaña.

En un gobierno de Cepeda, la “paz total” –con todo lo que ello implica en materia de impunidad para narcotraficantes y criminales– tendrá absoluta continuidad. Contrario a lo que piensa la inmensa mayoría de los colombianos, Cepeda cree que la “paz total” va bien y por eso no la cuestiona. La pregunta es: ¿quienes se sumen al “gran acuerdo nacional” de Cepeda creen que la “paz total” de Petro salió muy bien? Si ello es así, entonces no estaríamos hablando de respaldos y afinidades políticas, sino de pura y dura complicidad. Punto.