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La madrugada del 21 de octubre de 1982 Colombia se levantaría eufórica con el anuncio del primer Nobel que recibiría un compatriota. Más de un mes después, en Estocolmo, el escritor cataquero Gabriel García Márquez, recibía a manos del rey Carlos Gustavo de Suecia el más alto honor que han tenido las letras colombianas.

Ante 400 personas, el entonces nuevo Nobel de Literatura de 55 años resaltó entre los esmoquin con un traje ‘liquiliqui’ de lino blanco –típico de la región, el mismo que usó su abuelo y los coroneles de las guerras civiles-. Un festejo Caribe amenizado con el chiflido del millo y el sonido universal del tambor, y con algunas caderas al viento.

El significativo acto puso a Colombia en el radar internacional con la universalización de las macondianas historias de un país aún polarizado. El que García Márquez (1927 - 2014) inmortalizó en la ficción de Cien años de soledad, la novela cumbre del realismo mágico que impregnó toda su obra.

'Por sus novelas e historias cortas, en las que la fantasía y la realidad se combinan en un mundo rico de imaginación, reflejando la vida y los conflictos de un continente', fue el argumento de la Academia Sueca que otorga el galardón. 'Por primera vez después de muchos años se ha dado un premio de literatura justo', expresó más tarde su colega mexicano Juan Rulfo. Mientras se unían otras voces de la literatura latinoamericana como Carlos Fuentes y Jorge Luis Borges.

Gabo -uno de los mayores exponentes del conocido Boom latinoamericano- atribuyó la consecución del premio al 'papel que debe jugar un intelectual en la sociedad moderna, y más aún en los países de América Latina, tan sometidos a presiones y chantajes de todo tipo'. Pero el triunfo que aplaudieron muchos, despertó incomodidades entre sus contradictores.

La cercanía de García Márquez con la izquierda política y con figuras como el dictador cubano Fidel Castro lo obligó a exiliarse en México, cuando el país era gobernado por el presidente Julio César Turbay. Las sospechas de un complot comunista pasaron a ser parte de Macondo con el Nobel, que no dejó de causar, más que sorpresa, suspicacias con las ideas que esbozó tras la recepción del reconocimiento.

'Nos sentimos con el derecho de creer que todavía no es demasiado tarde para emprender la creación de la utopía, donde las estirpes condenadas a cien años de soledad tengan por fin y para siempre una segunda oportunidad sobre la tierra', dijo el Nobel sintetizando su sueño de vida de encontrar conciliación en su tierra natal.

Su discurso, La soledad de América Latina, fue traducido en simultánea a ocho idiomas. Entre lo mágico y lo trágico, las críticas y reflexiones políticas que dejó en claro con aquellas palabras han sido replicadas en varias ocasiones por los bandos del proceso de paz que continúa su lucha en el país.

Ello, quizás, por la oportunidad de compartir ideas con quien –dicen- 'ha sido el colombiano que más alto ha dejado el nombre de la patria'. Después de varios fallidos procesos de paz en los que, incluso, alcanzó a ser mediador, García Márquez falleció –en abril de 2014- cuando las negociaciones entre las Farc y el actual gobierno de Santos Calderón llevaban dos años; le faltaron otros dos para ver culminado un acuerdo que todavía no es refrendado por la ciudadanía.

'Como Aureliano Buendía, soñamos y haremos la paz (…) Con certeza, Gabo, repetiremos en tu nombre, con compromiso inquebrantable, que todavía no es demasiado tarde para construir una utopía que nos permita compartir la tierra'. Así se pronunció la Farc para despedir al Nobel de Literatura de 87 años.

A tres años de su muerte, justo cuando Colombia recibe su segundo Nobel, esta vez por la paz, al presidente Juan Manuel Santos, se reavivan sus súplicas literarias –y personales-, y las letras de su admirado discurso vuelven a ser eco en el país que aún espera dejas atrás las injusticias que Gabo denunció en su época.

La magia de la tragedia

En la primera retórica del discurso, Gabo rememora los pequeños viajes que vislumbraron los 'gérmenes' de sus novelas, testimonio de la realidad de aquellos tiempos. Es así como entre líneas corteses empieza a denunciar las posiciones europeas sobre América Latina que predominaron desde la colonia.

Pero 'la independencia del dominio español no nos puso a salvo de la demencia', reseñó el escritor costeño. Y fue nombrando los generales que vieron nacer un continente en el sometimiento del poder: Antonio López de Santa Anna, en México; Gabriel García Moreno, en Ecuador; Maximiliano Hernández Martínez, en El Salvador; Francisco Morazán, en Honduras.

'Mientras tanto, 20 millones de niños latinoamericanos morían antes de cumplir dos años, que son más de cuantos han nacido en Europa desde 1970', leía Gabo poniendo sobre la mesa la ausencia del mundo desarrollado, mientras en países latinos como Chile, Brasil, Argentina y Uruguay la sociedad intentaba mantenerse en pie en medio de sanguinarias dictaduras.

'Me atrevo a pensar, que es esta realidad descomunal, y no sólo su expresión literaria, la que este año ha merecido la atención de la Academia Sueca de las Letras. Una realidad que no es la del papel, sino que vive con nosotros y determina cada instante de nuestras incontables muertes cotidianas, y que sustenta un manantial de creación insaciable, pleno de desdicha y de belleza, del cual este colombiano errante y nostálgico no es más que una cifra más señalada por la suerte'.

De esa forma, García Márquez justificaba una imaginación basada en la realidad, que tomó la forma de letras para engendrar las más increíbles historias en el Macondo que inventó, pero que no estaba tan alejado del mundo verdadero. El que sus otros colegas del Boom también retrataron con desdicha y crítica.

Por eso, el autor en palabras previas a la entrega del Nobel dijo que el premio le daba la vuelta al mundo que decidió ver de espaldas naciones destruidas en medio de la violencia. 'Es comprensible que insistan en medirnos con la misma vara con que se miden a sí mismos, sin recordar que los estragos de la vida no son iguales para todos, y que la búsqueda de la identidad propia es tan ardua y sangrienta para nosotros como lo fue para ellos. La interpretación de nuestra realidad con esquemas ajenos sólo contribuye a hacernos cada vez más desconocidos, cada vez menos libres, cada vez más solitarios'.

Gabo dejó sobre el papel la 'utopía' de pensar en una nación que no siguiera el camino europeo, sino donde fuera la misma América Latina la que decidiera sobre la sociedad que quiere construir. Falleció sin ver aún ese pueblo de fantasías, que los colombianos sienten cerca de su inicio con los acuerdos de paz; y que en un recuerdo de su pensar, el Nobel da un aliento a esa ilusión: 'Frente a la opresión, el saqueo y el abandono, nuestra respuesta es la vida'.