“Yo no sé de qué grupo son, pero díganme dónde lo dejaron” : Laudina Luna

La mujer recuerda la desaparición de su primer esposo en María la Baja, a manos de guerrilleros, y el secuestro de su cuñado, por paramilitares.
José Torres
Laudina guarda una foto de su desaparecido compañero, Adonicel Ospina. José Torres
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La mujer recuerda la desaparición de su primer esposo en María la Baja, a manos de guerrilleros, y el secuestro de su cuñado, por paramilitares.

Laudina Luna Julio es uno de los rostros de las 6.231.617 víctimas que suma el conflicto armado interno en Colombia. Uno duro, árido, que con cada expresión fuerte parece agrietarse, como el barro seco del que está hecho su casa. Ella y su esposo, Régulo Perdomo, forman, con otras 31 familias, la comunidad de Paso el Medio, un pequeño caserío en María la Baja, Bolívar.

La primera vez que Laudina se ganó la condición de víctima de la guerra fue hace 24 años, pero le tocó vivir varias cosas más, como si hiciera falta ratificarla. Su primer esposo desapareció y fue asesinado a manos de guerrilleros, su cuñado fue secuestrado por paramilitares y ella, de tez morena y facciones robustas, ha vivido tres desplazamientos por la acción de ambos grupos insurgentes.

Las arrugas y el pelo cenizo no solo revelan el paso de la edad; también la angustia de vivir con miedo, tristeza. Aquí, donde no se siente la llamada “presencia del Estado”, vive presa de la zozobra de no saber si el amanecer traerá un día pacífico, como en los últimos seis años, o escribirá una nueva página en sus días de horror.

“Eran las 4 de la tarde del 26 de diciembre de 1990 y vivíamos en Santa Fe de Icotea...” inicia Laudina el relato sobre la tragedia de su exesposo Adonicel Ospina. Su voz es fuerte, su mirada se pierde en el horizonte y casi no demuestra gestos. Al fondo está su humilde casa, en la que vive desde 2008. La construyó, junto a su nuevo compañero sentimental, a punta de barro y palos.

“Adonicel tenía más o menos 54 años y yo unos 25. Esa tarde del 26 de diciembre unas personas llegaron a la casa. Lo convencieron para que saliera dizque a hacer un trabajo y entonces más nunca lo volví a ver”. Laudina relata detalles que no saldrán de su memoria, aunque pasen los años.

Tres hombres armados, y a quienes no identifica de qué grupo guerrillero eran, llegaron preguntando por su marido. Él, un campesino dedicado a sus cultivos, se encontraba a 20 metros de la casa donde tenía el sembrado. Ella, ante la desconfianza que despertaban quienes preguntaban, negó más de tres veces que Adonicel estuviera cerca.

Sin embargo algo la hizo sentir segura: “Yo me negaba a decir dónde estaba y entonces llegó un conocido mío y me dice que lo necesitaban para hacer un mandado y que regresaban enseguida. Esa persona era como de mi familia, era el padrino de mi primera hija y por eso confié en él, porque era mi compadre”. Adonicel salió con un machete pero nunca regresó.

Recordar ese momento le cambia la voz a Laudina. Su temperamento ya no es tan fuerte y demuestra cierto sentimiento de culpa por haber llamado a su esposo, y no seguir cobijada en la sospecha segura.

Pasaron dos horas. A las 6 de la tarde de ese día, cuando ya oscurecía, el desespero por la ausencia de Adonicel la invadió, pero no se atrevía a salir y dejar sola a su hija de 9 meses.

Se sentó en la puerta de la casa a esperar. Al poco tiempo vio llegar nuevamente a dos de las personas que se habían llevado a Adonicel. “Mire, señora, de todas maneras usted está joven y se vuelve a enamorar o consigue otro marido por ahí”, dijo uno de los armados.

Laudina cuenta que con esas palabras entendió que no volvería a ver con vida a quien fue por varios años su compañero sentimental. A pesar del dolor, en ese momento se armó de valor y les respondió: “Yo no sé de qué grupo son ustedes, pero si lo mataron díganme dónde lo echaron porque él no es un animal”. Ellos replicaron: “de todas maneras lo hecho, hecho está”.

Los insurgentes se marcharon y ella quedó destrozada, llorando como nunca en su vida y tratando de encontrar una explicación a algo que no la tiene.

Aunque en ese momento no se lo confirmaron, dice que desde entonces supo que lo habían matado. En busca de consuelo, fue hasta la casa de Ovijildo, un hermano de Adonicel, y le contó la situación.

“Cuando le dije lo que había pasado se puso las manos en la cabeza y dijo: ‘Mataron a mi hermano”, recuerda con exactitud.

Laudina cayó en un pozo de desesperación. Adonicel estaba desaparecido y ella no tenía medios para buscarlo esa misma noche, y además debía cuidar de su hija menor.

“Pasé la noche en vela, no pude dormir. Entonces en la mañana muy temprano ensillé una bestia y me fui con mi hija a buscarlo, porque vivo o muerto tenía que aparecer”,. En la búsqueda, trabajó tres días sin obtener resultados ni rastros de Adonicel.

El 30 de diciembre Laudine por fin tiene noticias de su pareja. Va hasta María la Baja a denunciar la desaparición, pero de regreso a Santa Fe de Icotea, se encuentra con unos familiares de él. Entre lágrimas le dicen que no es necesario seguirlo buscando.

Adonicel fue encontrado muerto en la represa El Playón, con una abertura a lo largo del torso, enredado en alambre de púas y con los pies amarrados a una pesa para que se hundiera. Esa imagen no hace parte de los recuerdos de Laudina, porque, debido a que estaba en periodo de lactancia, no le permitieron verlo.

Ella todavía recuerda a su pareja joven y fornida, con la camisa de mangas, el pantalón de vestir azul y el machete en las manos con el que salió de casa antes de desaparecer.

Al compadre que participó en la desaparición de Adonicel, y que tal vez es el único que podía darle respuestas, nunca lo volvió a ver. El miedo que le sembró el hecho tampoco le permitió preguntar qué había pasado o quiénes estaban involucrados. Tampoco sabe bien a quién atribuirle la desaparición, porque en la época “tres grupos tenían presencia en la zona: EPL, ELN y Farc”.

En adelante los días fueron difíciles, y su historia aún más. Después de las honras fúnebres, Laudina se trasladó a Matuya, pero sintió tanto miedo como en Santa Fe de Icotea porque “seguía en la misma zona”. Entonces decidió mudarse a Barranquilla, con su hija menor.

Estando allí trabajó como empleada de servicio doméstico durante dos años. Luego, atendiendo el consejo de una cuñada, viajó a Caracas, Venezuela. En ese país continuó haciendo oficios en hogares de otros, y aunque se sentía “como en casa”, tres años después decidió volver a su tierra natal para estar con su familia.

Al regresar a Colombia, Laudina vivió en la finca de su familia, donde en 2004 sufrió un nuevo desplazamiento. Esta vez fueron las autodefensas las que la hicieron víctima.

“Ellos secuestraron a un cuñado y se lo llevaron para matarlo, pero gracias a Dios no lo hicieron. Toda la familia se alertó y nos pidieron 3 vacas para soltarlo. Y las pagamos, pero nos dijeron que teníamos 24 horas para desaparecer de Bolívar”, recuerda, con la mirada de nuevo perdida en el horizonte. Nuevamente, Laudina y su familia dejaron todo y huyeron. Pero poco tiempo después regresó a Paso el Medio.

“Desde entonces no he tenido nuevos acontecimientos por el conflicto, pero uno siempre sufre como desplazado porque queda con las manos abajo y adonde sea que vaya tiene que empezar de nuevo”, reflexiona Laudina.

Ahora se dedica a hacer los oficios de su propio hogar y vive con Régulo Perdomo, el que dice le roba la mayoría de sus sonrisas. Quizá las únicas. Laudina reconoce que ha sido difícil cerrar las heridas de la guerra y solo le pide al Gobierno que se acuerde de los desplazados.

Al pensar qué haría si tuviera frente a los que mataron a su primer esposo, Laudina se queda en silencio un largo tiempo, y por primera vez sus ojos parecen a punto de llorar.

Respira profundo, guarda las lágrimas y responde con voz entrecortada: “Esa herida nadie la sana sino Dios. Yo antes decía: ‘si llego a saber quién lo mató o a mirarlo muy cerca, no sé que vaya a pasar’, pero ahora no. Si se me presentan aquí lo único que podría decirles es ‘que Dios te perdone’, porque es el único que puede perdonarlos”.

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