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¿La Plaza de la Paz se está convirtiendo en desierto?

 Una iguana juvenil intenta escapar del horno de polvorín en que se convirtió su antiguo hábitat urbano, pero se topa con un río de buses de Transmetro bajando por la carrera 46.El reptil, miembro de una especie que está en peligro de extinción por la depredación de sus huevos, descansa sobre un bloque de cemento. Apenas se nota que respira. Se ve atontado bajo la sombra de unas láminas metálicas torcidas. Está tendido en una grieta del muro que encierra la Plaza de la Paz.Muro que oculta tras de sí los trabajos de renovación que se están ejecutando allí, pero que por unos días estuvo abierto a la vista de cualquier transeúnte. Fue durante la semana siguiente al 30 de diciembre, día en que el anterior gobernador, Eduardo Verano, realizó un evento protocolario para entregar las obras, incompletas.Todos pudieron pasar y ver entonces lo que ahora perturba a Arturo Raszquien. Un tipo rubio y arrugado de 60 años, que viene pasando por el andén. Se queda mirando a la reposada iguana, y por allí al ‘terraplén’ de cemento y escombros que tiene a sus espaldas.“Árboles es lo que yo quiero. ¡No quiero cemento!”, grita en tres ocasiones Arturo. La iguana ni se inmuta, pero no es descabellado imaginar que, si pudiera, gritaría lo mismo.“Que llegues a descansar con tu hijo, con tu familia, y te puedas sentar en la grama a disfrutar de la naturaleza”, insiste Arturo. Termina de fumar un cigarro y explica cuánto le gusta disfrutar del aire libre, bajo el micro-clima fresco que produce la sombra de un árbol.Es poco lo que se puede ver de las obras por las aberturas metálicas; no muchos árboles o plantas, más allá de una alfombra de cemento y arena.La anterior administración aseguró que la ejecución total incluye la siembra de 30 árboles de especies nativas. Entre otras cosas, para evitar que haya más naturaleza desplazada por el progreso, como la iguana; y darle a Arturo un lugar para sentarse con sus 4 sobrinos, y apartarse del cigarro un rato.Según eso, los 8 mil metros cuadrados de la remodelada Plaza contarían con 30 nuevos respiros, más los que se mantuvieron alrededor.Sin embargo, Arturo no se lo cree. Y aunque la iguana parece agonizando, quizá su cara es de incredulidad. Es la misma administración que dijo que la Plaza Mayor sería inaugurada el 30 de diciembre. Y hoy, las obras todavía se ven igual que cuando se reportaba que llevaban un 80% de avance.Según un estudio ordenado por el Juzgado Décimo de Barranquilla a la autoridad ambiental, Damab, no hubo tala indiscriminada en la zona. Solo se habrían cortado 6 árboles enfermos, según el estudio.  Se efectuó en respuesta a una acción popular que pretendía suspender las obras, por la vulneración al goce ambiental sano y al equilibrio ecológico.Acción que fue negada. “Nos dejaron fue pura baldosa”, dice otro incrédulo llamado William. Lleva años vendiendo mangos en el sector. No cree que vaya a vender más por el calor del sol reflejándose y haciendo hervir las caras. Teme que llegará menos gente por ahí. William dice que entró a la Plaza, y habló con los obreros. Ya no puede.Sí, es una obra pública realizada con dineros públicos para recuperar un espacio público; pero él entiende que la restricción al acceso es por motivos de seguridad. Y a la mirada.Su carretilla amarilla está ahora al pie de la Catedral, en una esquina frente a esa Plaza que teme ver convertida en desierto. Un desierto de cemento.El actual secretario del Interior del Atlántico, Jaime Berdugo, explicó que está revisando los aspectos jurídicos, financieros y arquitectónicos de la obra, dado los cuestionamientos que han surgido de ciudadanos como Arturo.“Vea… hasta el Transmetro tiene un arbolito en medio ¡y eso que es cemento!”, dice él, apuntando a un palo incrustado en la estación La Catedral. El batir verde de las hojas refresca el caudal de pasajeros que van de un lado a otro. Quizá la iguana solo esperaba el momento de cruzar la calle hasta allá.Por Iván Bernal MarínTwitter: iBernalMarin

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