El Heraldo
Barranquilla

El día del decreto le cayó la mala suerte a Juvenal

Archivo El Heraldo"Juvenal ha visto los toros desde la barrera. Es un mototaxista que exige alternativas laborales, pero no está de acuerdo con los desmanes.

Juvenal López Martínez mira el techo sin poder mover la cadera; al lado de la cama, su hijo juega con una moto plástica, en una silla que su imaginación bautiza la “colina de la muerte”. 15 días atrás, el mundo de este mototaxista se reventó y ardió igual a un cóctel molotov.
 

En una misma tarde, chocó, se fracturó la pelvis, y la Alcaldía expidió el decreto que restringe el uso de las motos como transporte de pasajeros.
 

Aún adolorido, cumple su décimo quinto día contemplando el techo. Desde el bando de los supuestos acusados, ofrece otra mirada a la crisis que sumió a Barranquilla en un caos de protestas, saqueos y ataques a buses. Una mirada en la que coexisten sentimientos opuestos: Juvenal reclama alternativas laborales para todos los mototaxistas, pero también, rechaza los disturbios que han perpetrado en toda la ciudad.

Reventar. Hace dos años Juvenal perdió su empleo como vigilante de una empresa de seguridad privada, debido a políticas de recorte de personal. Compró una moto Honda Titan verde, para seguir dándoles de comer a los dos hijos fruto de sus 9 años de matrimonio con Paula Judith Reyes.
 

“Mientras conseguía algo mejor. He buscado, metido papeles, pero los trabajos están difíciles –relata Juvenal, 33 años– esto nos pone la situación más difícil”. Pagaba 290 mil pesos mensuales por el arriendo de una casa en el corregimiento La Playa, incluidos los servicios. Cobrando carreras de 4 a 5 mil pesos, en un buen día de trabajo alcanzaba a sacarle hasta 30 mil pesos a la moto; eso sin olvidar echarle unos 8 mil de gasolina.
 

“Da solo para sobrevivir. Los mototaxistas no es que en realidad quieran serlo, es algo de alto riesgo. Es por el desempleo. Una alternativa mientras sale algo, para tener sustento”.
 

El 14 de enero Juvenal iba en su moto, solo, bajando por la carrera 51B. Aceleró para sobrepasar a un bus, se encontró frente a una curva y redujo la velocidad. El bus no. Para no ser arrollado, chocó con el andén.
 

La moto quedó destrozada, como su pelvis. Nunca antes había sufrido accidentes.
 

En un mes Juvenal tiene cita con el ortopedista, para ver “si le mandarán terapias para recuperar los movimientos, a ver si puede sentarse, o afirmar el pie y caminar”, resume su esposa Paula, de 29 años.
 

Juvenal descansa la vista en el cielo raso blanco de la casa de su suegra, pensando. Ella se llama Maritza Ávila. Vende almuerzos y hayacas en el barrio Limoncito. Por ahora, adoptó a su familia. Y donde come uno, están comiendo 4 más.
 

Arder. “Pienso que el decreto es demasiado drástico, la mayoría de mototaxistas no son dueños de las motos. Otra persona se beneficia, y le genera una ayuda”.

No es su caso, puesto que Juvenal es dueño de su vehículo. Pero desde su cama, ha observado el curso de las decisiones distritales y las actuaciones de sus transitorios colegas. “En La Playa hay como 200 motos, y solo 30 son dueños”. El decreto restringe el tránsito por algunas calles, y establecen que solo el propietario podrá conducir. Además, solo se admiten pasajeros de su núcleo familiar primero.
 

La cara de Juvenal, ya arrugada por el dolor, se comprime más cuando intenta descifrar ¿cómo mantendrá a sus hijos de ahora en adelante?. No tiene respuesta, así se recupere, y vuelva a andar en moto. Lo restringen la salud y las normas.
 

No cree que los mototaxistas concertarán una solución, si los barranquilleros empiezan a verlos como delincuentes, por saquear negocios e incendiar buses. “Se sienten desprotegidos. Las motos no eran de ellos, era el medio para conseguir el sustento. Se sienten con rabia”.
 

Su hija mayor se llama María Paula. En 2011 cumplirá 10 años. Juvenal la llevaba todos los días al colegio de la Fundación Pies Descalzos, mejor conocido como “el de Shakira”.
 

El niño que juega con la moto al pie de la cama es Édinson Jesús, a los 4 años tiene la suerte de no saber lo cerca que su papá estuvo de una “colina de la muerte” real, no como la que su imaginación ve en una silla.
 

Juvenal voltea a mirarlo. No se ve con rabia. No le queda fuerza para eso. Su afán es recuperarse, salir a buscar el desayuno para sus hijos. “Deberían darle trabajo a todos los mototaxistas, y ese es el que no hay”. Quiere un trabajo, sentirse útil; no preparar molotovs ni poner a arder la vida de nadie.
 

Él ya explotó. Ahora solo quiere recoger las cenizas, reconstruir su mundo. A ver si algún día volverá a pasear con Édinson en su moto, por colinas de nombre más amable.

Por Iván Bernal Marín

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