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Phelps ratifica en Río que es el rey de los Olímpicos. EFE
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Michael Phelps, un ‘Tiburón’ en el olimpo

El nadador estadounidense ‘renació de las cenizas’ para volver a hacer historia en los Juegos Olímpicos de Río. Con 23 medallas de oro —28 en total— se ratifica como una leyenda.

La vida de Michael Phelps puede ser llevada fácilmente a la gran pantalla. El nadador norteamericano, conocido como el ‘Tiburón de Baltimore’, lo ha vivido todo: ascenso, gloria, decadencia y resurrección, para finalmente mantenerse, por siempre, en el olimpo del deporte mundial.

Después de todo lo vivido, y cuando muchos lo daban por acabado, su figura vuelve a brillar en lo más alto, luego de hacer historia en los Juegos Olímpicos Río-2016, donde quizá culmine la carrera de uno de los deportistas más grandes de todos los tiempos.

Phelps nació y creció en el vecindario Rodgers Forge en Towson, norte de Baltimore. Ahí pasó su infancia, marcada por la separación de sus padres, Michael y Deborah. El menor de tres hermanos padecía un trastorno por déficit de atención con hiperactividad, que lo llevaron a pasar su tiempo libre en las piscinas para no tener que llegar a su casa.

En el agua canalizó sus energías. También sus frustraciones cuando sus compañeros le hacían burlas por la desproporción en la que su cuerpo creció durante la adolescencia. Ya con diez años, espigado y con una envergadura fuera de lo común encontró en los entrenamientos de Bob Bowman, su primer y único manager, un buen tratamiento para sus miedos y sus enfados. Con él consiguió despuntar muy pronto, tanto, que a los quince años fue preseleccionado por la Federación de Natación. Su bautismo: los Juegos Olímpicos de Atenas 2004.

En su primera justa mostró la personalidad y el talento que lo identificó a lo largo de su carrera. Seis oros y dos bronces y otros tantos récords para empezar. Un estreno de vértigo que lo acercaba a leyendas como Mark Spitz, con siete oros en una misma cita olímpica. “No soy el segundo Mark Spitz, soy Michael Phelps”, dijo en aquel entonces, desafiando una vez más al destino. Ya conocido y temido por algunos, certificó su gran presente en los Olímpicos de Pekín 2008: ocho pruebas, ocho oros. El ‘Tiburón de Baltimore’ daba otro mordisco a la historia.

Insaciable como pocos deportistas en la historia, se marcó un nuevo reto: el mayor número de medallas posibles. Y lo logró en Londres 2012, donde obtuvo cuatro preseas doradas, para 18 en el palmarés general, que sumadas  a las dos plastas y dos bronces lo convertían en el máximo medallista olímpico de toda la historia.

A partir de ahí se dedicó a ‘disfrutar’ la vida, a pasar malos momentos. Una foto suya fumando marihuana en una pipa suscitó el mismo revuelo que sus tremendos éxitos. También encontró el lado oscuro cuando fue detenido por conducir borracho y tocó fondo cuando pasó una temporada en una clínica de desintoxicación, lo que originó la suspensión por parte del equipo olímpico durante un tiempo. Hasta llegó a pensar en el suicidio, como él mismo en algún momento lo reconoció.

“En 2012 no quería tener nada que ver con este deporte, estaba completamente acabado. Estaba listo para dar el siguiente paso, retirarme… Y no sabía qué iba hacer en ese punto. Estaba acabado, destrozado, no quería seguir entrenando”, cuenta.

El alcohol y las drogas amenazaban con ponerle punto final al máximo ganador de medallas olímpicas. Pero la luz volvió a aparecer el 5 de mayo de 2016, con la idea de verlo resurgir como el ‘ave fénix’. Boomer Robert Phelps, su primer hijo, llegaba al mundo.

“Quiero representar a Estados Unidos de la mejor manera posible y lograr que mi familia se sienta orgullosa de mí. Esta vez se trata de mucho más que medallas”, afirmaba el nadador de 31 años al conocer que llevaría la bandera de su país en el desfile inaugural.

Su hijo representaba la resolución de una crisis existencial. La terapia generó el reencuentro con su padre Fred, con quien estaba peleado desde el 2008. Las medallas, el éxito y los flashes habían conseguido encerrarlo en la debacle, pero el ‘Tiburón de Baltimore’ comenzaba a dar vuelta la página.

La conformación de una familia consiguió que el deportista más ganador vuelva a tener una motivación extra, saboreando las mieles del éxito desde otro costado. “Ahora disfruto más de cada cosa. Gracias a la gente que ha estado a mi lado. Estos últimos dos años han sido los más grandes de mi vida, por muchas razones”, reconoció.

El nadador volvió revitalizado para su quinto Juego Olímpico. Río-2016 se convirtió en una revancha personal, un reencuentro con la gloria, la reivindicación con su familia. Seis pruebas, cinco medallas de oro (relevo 4x100m libre, 200 metros mariposa, relevo 4x200m libre, 200 metros combinado y relevo 4x100m combinado) y una de plata (100 metros mariposa), que lo ratifican como el más grande de todos los tiempos. Logros que no dudó en celebrar una y otra vez con su familia, la fuente de inspiración para volver a lo más alto, donde permanecerá por siempre como una leyenda con sus 23 medallas de oro, tres plata y una bronce.

Fuera de serie

Si Michael Phelps fuera un país, se ubicaría en el puesto 39 del medallero histórico con sus 28 preseas, 23 de ellas de oro. El ‘Tiburón de Baltimore’ supera a 93 países que han obtenido medallas en la historia de los Juegos Olímpicos y a 113 de los 206 comités olímpicos reconocidos por el Comité Olímpico Internacional.

Versus Spitz

El dominio de Phelps ha llevado a compararle con Mark Spitz, que ganó siete medallas de oro en la Juegos Olímpicos de Múnich 1972, una marca mundial que Phelps alcanzó en Pekín 2008. “No hay muchas diferencias. Quizá, que nadamos en épocas muy distintas. Somos dos fenómenos de la natación”, dijo Spitz.

¿Quién es mejor? Es la pregunta que muchos se hacen. Spitz tiene su respuesta: “Creo que para Phelps sería más complicado competir en 1972. No tendría la ventaja de los entrenamientos actuales, de la nutrición, la ventaja del trabajo o de las comodidades de los hoteles. En un hipotético viaje al futuro, sería mucho más fácil para mí nadar ahora”, concluyó.

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