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El centrodelantero está, ineludiblemente, relacionado con el gol. Históricamente ha sido –es– el goleador de los equipos. Se transforma con la proximidad del área rival. Su instinto se aguza. Sus sentidos se afinan. Sus gestos técnicos se perfeccionan. Tiene como misión primera la más delicada y difícil tarea: definir.

Tarea que para muchos es estresante, para él es emocionante. Se motiva planeando cómo vulnera la zona más vigilada del contrario. Cómo traduce la búsqueda en cifras. Los intentos, en gol. La selección Colombia los tuvo, no hace mucho, de un gran nivel.

La jerarquía de Falcao, sus coordinadas definiciones, su arriesgada búsqueda. La inteligencia colectiva de Teófilo, un goleador con alma de organizador. El olfato gatuno y ojo agrimensor de Bacca. La fuerza y perseverancia de Jackson Martínez. Todos cumplieron.

Luego, hubo una generación conformada por Zapata, Muriel, Borja, que eran eximios goleadores en sus respectivos clubes, pero fallaron continuamente en la selección. En esta selección dirigida por Néstor Lorenzo, no se ha podido consolidar un centro delantero goleador.

Al principio fue Santos Borré, por su movilidad y aporte colectivo, pero no supo imponerse con goles. Jhon Córdoba desplazó a Borré porque parecía cumplir con la instrucción del técnico (poner su esfuerzo en los regresos defensivos para eximir a James de esa tarea) y con algunos goles, sobre todo al principio.

Con el paso de los partidos, redujo notoriamente la frecuencia y su impericia para definir fue muy evidente. Surgió Jhon Durán como un proyecto alentador, pero desafortunadamente estamos siendo testigos del sin rumbo en el que anda su prometedora carrera.

A ese discreto rendimiento individual de los centros delanteros de Colombia tal vez les ayudaría a mejorar algo si el juego colectivo de la selección mejorara y que ellos no se desgastaran en sacrificios defensivos pro James. Mientras eso se da, afortunadamente para Lorenzo y la selección existe Lucho Díaz.