El Heraldo
Gabriel García Márquez (6 de marzo de 1927 - 17 de abril de 2014)​​.
Cortesía Fundación Gabo
Cultura

Historias de fantasmas en la obra de Gabo

Al inicio de su carrera el escritor cataquero se burló de estereotipos de los espectros del más allá y creó atmósferas de espanto. 

En las salas de EL HERALDO, que cumplió 87 años el pasado miércoles, es habitual –se dice– oír el sonido de los teclados cuando no hay nadie escribiendo. Aunque aún no se ha comprobado ningún sonido fantasma, en una de las columnas que Gabriel García Márquez escribió en enero de 1950, primer año de La Jirafa, se habla de un “hombrecito” misterioso y “mal vestido”, que un día cualquiera entra en la sala de redacción sin ser advertido por nadie.

La rutina laboral, cuenta, continúa aquel día bajo la presencia aparentemente invisible del hombrecito a quien también llama “practicante”, que además trae consigo un envoltorio secreto y le exige al narrador que descifre su contenido. “¡A que no adivina qué hay en este paquete!”, le dice desafiante. Sobresaltado, el reportero se niega a adivinar y le pide amablemente que se vaya. Lo acompaña a la puerta y… “De pronto, cuando creí que se había retirado, sentí su sombra otra vez, ahí en la silla del rincón, como estuvo durante casi toda la tarde”.

Este texto puede leerse como una pieza breve del terror que, en especial en sus primeras columnas y cuentos, cultivó el escritor cataquero. O no sólo cultivó, sino que hizo suyo, con Poe y Kafka respirándole en la nuca y con la experiencia del niño que, como narra en Vivir para contarla, estuvo rodeado de figuras aterradoras de santos de cera, de leyendas de fantasmas y un miedo a la oscuridad que crecía paralelo a la fascinación por las historias ocultas.

Fantasmas y pesadillas

García Márquez debutó como colaborador regular de EL HERALDO el 5 de enero de 1950, según cuenta Jacques Gillard en la introducción a los Textos costeños. Escribió en este diario durante dos etapas, la primera desde la fecha señalada hasta febrero de 1951 (con un intermedio, por así decir, hasta julio de ese año en el que enviaba con menor asiduidad textos desde Cartagena); y la segunda, de febrero de 1952 hasta finales de ese año, cuando se retiró  —según sospecha Gillard— antes de publicar en un especial navideño el cuento que más tarde se titularía Monólogo de Isabel viendo llover en Macondo, por entonces un fragmento de La hojarasca (1955). 

El joven Gabriel vivía en 1950 en el hotel New York, ubicado en “la tenebrosa Calle del Crimen”, como consigna el Centro Gabo de la Fundación Gabo, en la cronología sobre su vida. El edificio contaba cuatro pisos, una altura inusual para la Barranquilla de la época, por lo que Alfonso Fuenmayor lo bautizó “El Rascacielos”.

Podemos imaginar al autor deambulando por callejuelas oscuras y asistiendo a la sala de redacción, situada en la antigua Calle Real (hoy calle 33 con carrera 40), para costear el peso con cincuenta que costaba su cuarto en el New York. Podemos verlo fumando un cigarrillo y golpeando la máquina con los dedos índices, y escribiendo, en lo que serían alrededor de cuatrocientas entregas, textos sobre los domingos, la resaca, el amor, el fin del mundo, el acordeón, el mundo literario, el origen de las bicicletas, los chistes, los sueños, las pesadillas, la muerte y, a veces, la vida de ultratumba.

En mayo de 1950 publicó El congreso de los fantasmas, un drama en tres actos en el que cuenta la historia de un grupo de fantasmas de distinta procedencia. Un anciano de barba larga, profesor de idiomas del siglo XII; una mujer “a quien su marido hizo picadillos en una caballeriza”; un monje sin cabeza (que termina poniéndose encima la calavera de Hamlet); un fantasma “graduado en Oxford” y otros personajes conforman el conciliábulo tremebundo.

A lo largo de los tres actos el narrador se burla de los cuentos de terror y de los estereotipos de fantasmas que resalta y caricaturiza. Un personaje dice haber hecho “un curso de fantasmagoría moderna por correspondencia”, a otro le cuestionan por qué no se ha metido mejor “a hombre invisible”. El drama se cierra con los fantasmas domesticados por una mujer que no estaba en el reparto inicial y que les propone vivir fuera del castillo tenebroso que habitan.

En octubre del mismo año escribe Fantasma diagnosticado, un texto acerca de un tal Conde Ribó, a quien la burocracia de las notarías del país dan por muerto. El narrador aprovecha este hecho —no sabemos si ficticio, aunque podemos intuir que sucede— para ver en el muerto-vivo o vivo-muerto un fantasma que no sabía que lo era hasta que la notaría lo determina. Dice: “Tan imperceptiblemente, con tanta perfección se operó el tránsito, el tránsito entre la vida y la muerte, que sólo un acucioso funcionario del registro civil pudo descubrir que el doctor Conde Ribón no era realmente un ciudadano, sino uno del millón ochocientos mil fantasmas que andan sueltos por el país”.

Pero hay más terror que humor en Un profesional de las pesadillas, un cuento en dos entregas de ese mismo año, precisamente de octubre, que habla de Natanael, quien se dedica a inducirse pesadillas sometiéndose a “toda clase de trastornos digestivos” e “irregularidades nerviosas” con tal de controlar la duración de sus sueños. Eventualmente experimenta con los “sueños superpuestos” y se introduce en un sueño dentro de su sueño, y en un sueño dentro de otro, y a su vez en otro, cada vez más lejos para luego revertir el proceso y despertar. Por último se extravía y se queda como sonámbulo “tratando de despertar a cada instante: por si acaso”.

Ojo para las visiones

Ojos de perro azul, compilación de sus cuentos iniciales de entre 1947 y 1954, se publicó por primera vez en 1974. Como “acertijos kafkianos” veía García Márquez esos textos en los que el terror de los muertos-vivos, los desdoblamientos y las maldiciones emergen a través de atmósferas densas, descriptivas.  

En Ojos de perro azul, que da título al libro, cuenta la historia de dos personajes que se ven en sueños. Hombre y mujer comparten visiones, y en el deseo de verse crean una correspondencia amorosa que es onírica y fantasmal. La enigmática frase Ojos de perro azul la utilizan para identificarse. El cuento —escrito también en 1950— aborda el miedo de no volver a ver lo ya visto, y quizá por eso es tan fecundo en imágenes: “Si alguna vez nos encontramos pon el oído en mis costillas, cuando me duerma sobre el lado izquierdo, y me oirás resonar. Siempre he deseado que lo hagas alguna vez”, dice ella.

Muertos y apariciones

En diciembre de 1980 García Márquez escribió ‘Cuento de horror para la Nochevieja’ en una columna que publicaba los sábados en El Espectador y El País (de España). Allí narra la visita que hicieron con su familia a un castillo medieval situado en una campiña italiana. Su anfitrión fue el escritor y político Miguel Otero Silva, quien le cuenta la historia de Ludovico, hombre de artes y guerras que había mandado a construir aquel castillo.

Una noche en su dormitorio apuñaló a su mujer después de hacer el amor y azuzó contra él los perros de guerra para que lo despedazaran. El fantasma de Ludovico, se dice, ronda por las habitaciones y así lo descubre el escritor al día siguiente, cuando amanece con su esposa Mercedes en una cama distinta en la que habían dormido: en el lecho sangriento del asesinato.

Por su parte, el Centro Gabo, de la Fundación Gabo, recomienda cinco “historias de terror” de GGM. ‘Espantos de agosto’, incluido en ‘Doce cuentos peregrinos’ (1992). Es un relato que amplía la misma historia del castillo en la campiña toscana. El reportaje ‘La Marquesita de la Sierpe’, basado en una leyenda de Bolívar, está cargado de brujería y pactos diabólicos. ‘Sólo vine a hablar por teléfono’, es un cuento acerca de una mujer que termina internada por error en un hospital psiquiátrico. ‘El verano feliz de la señora Forbes’ trata la historia de una institutriz alemana a la que dos hermanos planean asesinar. ‘El último viaje del buque fantasma’ habla sobre un habitante de un pueblo caribeño que anualmente ve navegar por la bahía un trasatlántico fantasmal.

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