Todos estábamos a la espera”. Se inauguraba la exposición ‘Álvaro Cepeda Samudio: vida, obra, fama’, con motivo de sus 100 años, en el Museo de Arte Moderno de Barranquilla (MAMB). Y en una de sus salas, la frase —título de uno de sus libros más potentes— parecía colarse en el ambiente.
Había algo de eso en la escena: gente reunida, una conversación por empezar, la sensación de que algo iba a moverse. Y entonces, antes de cualquier cosa, Daniel Samper Pizano lo dijo, que lo sentía ahí. Que, de estar presente, Cepeda se estaría riendo y le diría —como solía hacerlo—: “Por sapo”.
El centenario ha tenido ese aire como si Cepeda todavía estuviera por decirnos más, también para quienes apenas empiezan a leerlo.
Y ahí estaban Tita Cepeda, Ariel Castillo y Daniel Samper Pizano. El más cachaco de todos, hablando del más costeño. Pero antes de ponerse a analizarlo, lo que apareció fue otra cosa. Samper empezó a hablar de él, de aquellas anécdotas de su gran amigo, que nos mantenía atentos y muertos de risa.
Y lo que fue apareciendo no fue una figura ordenada, de esas que caben fácil en una biografía, sino un personaje en movimiento, imposible de encerrar: generoso, excesivo, sin medida, capaz de una ternura desbordada y también de reaccionar sin cálculo cuando algo le parecía injusto, de meterse a defender a alguien si hacía falta, de irse de frente; y, al mismo tiempo, el mismo que podía llegar a una casa, ponerse a jugar con los niños, hacerlos reír, quedarse en esa escena sencilla, atravesada por el cariño.
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A Cepeda no le quedaba bien eso de “autor consagrado”. Le quedaba mejor el ruido.
El de la redacción, el de la parranda, el de esas conversaciones donde todo se mezclaba: cine, literatura, política, ideas que iban y venían, sin mucho orden, pero con toda la intensidad. Esa camaradería —con sus amigos, de verdad— donde estaban también las andanzas, los excesos, las historias que se armaban con otros —Obregón, por ejemplo— en esa mezcla de arte, pelea, risa, intensidad.
Ahí estaba Cepeda. Metido en todo. Escribiendo como vivía, rápido, curioso, sin mucho filtro. Un tipo capaz de armar un periódico entero, de quedarse tres días sin dormir, de discutir una película como si le fuera la vida en eso. Todo al mismo tiempo.
Pero ahí es donde Samper afina la mirada. Porque en medio de ese desorden aparente había una forma muy clara de hacer las cosas. Una escritura hecha también de silencios, de espacios que el lector tiene que completar, de una sutileza poco común en la literatura colombiana de su momento. En La casa grande, esos vacíos que no son descuido sino una decisión de él.
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Cepeda podía ser desbordado en la vida y, al mismo tiempo, profundamente preciso en la página. Y eso es lo que Samper ha insistido en ver. Un personaje que se desbordaba, sí, y al mismo tiempo un escritor que sabía exactamente lo que hacía. Un periodista que entendió que la historia estaba ahí, al frente. Un editor que pensaba el periódico completo. Y un reportero que defendía al “carga ladrillos”, porque ahí empieza todo.
Desde ese prólogo que escribió en los años setenta, Samper insiste en esa idea y es que Cepeda fue un periodista adelantado a su tiempo, un “reportero venido a más”, alguien que convirtió la noticia en relato y trajo al país una manera distinta de contar.
Lo ve también como editor, en el sentido moderno de la palabra. Escribía y pensaba el periódico a la vez, el ritmo, los titulares, la historia completa. Y, sobre todo, como una energía en movimiento: un “ciclón que no cesa”.
Hay otra lección que baja todo al oficio. Para Cepeda, el periodismo empezaba abajo. En el reportero. En el “carga ladrillos” que sale, mira, decide qué es noticia y la escribe. Ahí se construye el edificio, pues él mismo se montaba en la camioneta e iba detrás de la historia.
Y también sabía dónde estaba la historia. Con Garrincha, el futbolista brasilero, por ejemplo, no se quedó en el mito. Miró al hombre: enamorado, vulnerable, en tránsito. Ahí estaba todo.
Y hay algo que se cuela en la conversación y la trae al presente. Samper lo dice con su humor seco: si viera el periodismo hoy, Cepeda estaría desesperado. Dando patadas en una redacción como la del viejo Diario del Caribe.
A continuación se reproducen apartes de la entrevista que Daniel Samper Pizano me concedió en Barranquilla.
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En el prólogo que usted escribió para la antología de Cepeda en los años setenta, dice que su obra estaba “cortada con las mismas tijeras que su vida”. ¿Qué tenía su vida que hacía imposible separarla de su escritura?
Como su obra, la vida de Álvaro Cepeda es una búsqueda que explora diversos campos y diversos recursos, a veces desordenados y contradictorios pero siempre en acción.
Cepeda era desordenado, visceral, casi salvaje en su manera de escribir. ¿Cree que hoy, en un mundo más correcto y más calculado, una voz así tendría espacio?
La quietud no era el medio de Álvaro Cepeda, aunque hay episodios narrativos de elaborado sosiego.
¿Qué tenía Cepeda que no tenían otros escritores colombianos de su generación?
Mientras la mayoría de los escritores colombianos se inspiraban en el campo lugareño o copiaban las inquietudes y estilos de los escritores europeos, Álvaro Cepeda descubría ambientes, temas y estilos que trabajaba la joven literatura norteamericana.
Desde Bogotá, ¿cómo se veía ese fenómeno del Grupo de Barranquilla? ¿Se entendía su dimensión o se subestimaba como una bohemia costeña más?
Bogotá tardó en descubrir el gran ventanal que se abría en la costa. Sin embargo, hubo críticos de publicaciones capitalinas que echaron al vuelo las campanas cuando leyeron los textos de Gabriel García Márquez, Cepeda y Fuenmayor.
Ese grupo mezclaba parranda, cine, literatura y discusión intelectual sin jerarquías. ¿Ahí estaba su verdadera revolución?
No es extraño en la historia del arte que la parranda y la creatividad vayan de la mano.
¿Fue ese Grupo de Barranquilla una vanguardia real o Colombia todavía no ha dimensionado lo que significó?
Creo que Colombia sabe ya el estallido que produjo el Grupo de Barranquilla.
Usted conecta a Cepeda con el Nuevo Periodismo ¿Qué tan adelantado estaba realmente frente a su tiempo? Cepeda escribía con riesgo, sin miedo a equivocarse ¿Hoy el periodismo es demasiado prudente?
Hay muchas maneras de gritar, fue lo que enseñó Cepeda.
Cepeda decía que había que “decir las cosas a gritos”. ¿Qué tanto le hace falta hoy ese tipo de escritura al periodismo colombiano?
Nadie había unido estructuralmente en Colombia la crónica y la técnica narrativa como las unió Álvaro Cepeda.
¿Qué aprendió usted -como periodista- leyendo a Cepeda?
Que la reportería sea el cimiento sobre el que reposa el periodismo.
¿Qué entendió Cepeda del Caribe que el resto del país todavía no termina de entender?
Que sin humor y capacidad de sorprenderse no es posible entendernos.
¿Por qué cree que Barranquilla ha producido figuras tan decisivas para la cultura colombiana, pero a veces sigue siendo leída desde el centro con distancia?
No creo que sea así. Fíjese la primacía de las letras y la música costeña en todo el país.
Usted vino de Bogotá a hablar del más caribe de todos. ¿Siente que el país todavía mira al Caribe sin entenderlo del todo?
Así es. Y ocurre algo parecido con otras regiones.
¿Cuál sería el mejor punto de entrada a su obra para alguien que nunca lo ha leído?
El cuento de Juana y su cerbatana.
¿Por qué un país que tanto habla de mitos culturales sigue sin entender del todo a quienes los hicieron posibles?
No lo sé.
¿Cepeda sigue siendo un escritor del pasado o, en realidad, es un autor que todavía no hemos terminado de entender?
Cada vez le descubren mejor.
Y al final, uno sale de ahí con la sensación de que Cepeda no se ha ido del todo. Que sigue apareciendo en esas conversaciones, en esa manera de mirar, en ese impulso por contar mejor. Que todavía se mete —como él mismo lo hacía— donde hay que meterse. Y que, si algo deja claro escuchando a Samper, es que no basta con recordarlo, pues hay que volver a leerlo, volver a entenderlo, volver a dejarse contagiar por esa forma suya de vivir y escribir sin medida. Porque en ese desorden que parecía puro impulso hay, todavía, una manera de hacer periodismo y de entender el Caribe que sigue diciendo mucho más de lo que creemos.


