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Los seguidores yoruba durante la ceremonia con tambores y su ofrenda de frutas, flores y licor.
Javier García Salcedo
Bolívar

Yorubas celebran ceremonia de paz en medio de polémica

En Cartagena, frente al mar, practicantes de esta religión hicieron una ofrenda con frutas, flores y aguardiente • Pidieron que el acuerdo con las Farc sea estable y duradero.

Las voces de rechazo de otros cultos no amedrentaron a un puñado de seguidores de la religión yoruba, catalogada como una herencia de la cultura afrodescendiente, que ayer se conglomeraron frente al mar cartagenero para rendirle tributo a su deidad, yemayá, y encomendarle que cuide la paz nacional.

Llegaron desde las 8:30 a.m. de un domingo soleado, con atuendos blancos y sus tambores, que acomodaron en la playa, alrededor de un altar con ofrendas florales, frutas frescas y una botella de aguardiente.

Lo hicieron en la Avenida Santander, al pie del monumento de Los Océanos, una semana después del alboroto que invadió la ciudad por cuenta de quienes los catalogaron como difundidores de “ritos satánicos”. En efecto, representantes de iglesias protestantes, acompañados por sus fieles, habían realizado hace siete días oraciones en el Centro Histórico para que el ritual yoruba no se realizara.

Un agradecimiento

Sin embargo, la ceremonia se llevó a cabo. Gustavo Balanta, uno de los practicantes de la religión yoruba, explicó que el ritual consiste en un acto de agradecimiento a yemayá, deidad de los mares venerada por los ancestros africanos, cuya devoción fue aniquilada la época del Tribunal de la Santa Inquisición.

En Cartagena, principal puerto receptor de esclavos traídos de África en la época de la Colonia, fueron muchos los torturados y sometidos al escarnio público, debido a que se consideraba una afrenta profesar cualquier religión o creencia distinta a la católica.

Balanta sostiene que la religión yoruba existe desde antes de Cristo y que, por ser Colombia un país laico, decidieron realizar la ceremonia al aire libre, sin esconderse de nadie, para agradecerle a yemayá por los favores recibidos y también pedirle por los días venideros.

“Es un acto de agradecimiento, como lo puede hacer cualquier persona que profesa otra religión; nosotros también tenemos ese derecho. En el momento histórico que afronta el país, hemos elevado nuestras voces para que la paz, que se firmará el próximo 26 de septiembre en Cartagena, sea real y duradera, además de cada una de las peticiones personales de cada uno”, sostuvo.

“No es brujería”

Gustavo Balanta agregó que “la guerra es antinatural porque va contra el hombre en su esencia. Por eso esperamos que los fusiles se acallen y sea para el bien de Cartagena y del país”.

Milagro Hernández, una joven sonriente que también conforma el grupo de líderes, explica que cargan con mucha estigmatización de parte de quienes profesan creencias distintas. Sostiene que los catalogan como “brujos o personas ignorantes”, pero dice que se trata, en gran medida, de desconocimiento.

“Muchos líderes mundiales profesan nuestras creencias, algunos de forma evidente y otros no tan abiertamente. Sin embargo, es importante acabar con la estigmatización de quienes nos quieren ver como brujos o satanistas. Existe mucha literatura que se puede consultar para aclarar dudas y conocer más del tema”, indicó Hernández.

El ritual y peticiones

Frente al altar de frutas frescas y flores, puesto sobre los espolones de la playa, sobresalían tres jóvenes con acento venezolano que tocaban sus tambores. Explicaron que se trataba de una salutación especial a la deidad en la que creen, en lo cual emplean 40 minutos.

El saludo siempre lo hacen con tambores porque es un “elemento significativo” de la cultura africana, que también fue muy perseguido durante la Colonia. Tocar ese instrumento de percusión era visto como pecaminoso en los tiempos de la Inquisición.

Siguiendo la tradición del culto, quienes hacían sonar los tambores, al igual que algunos de los asistentes, llevaban en sus cabezas pequeños gorros, llamados quilla o kufi, conforme al dialecto africano.

En medio del ritual, uno de los líderes más experimentados agarró la botella de aguardiente y toma un sorbo. Luego arroja una bocanada al pie del altar, donde estaban tres pequeñas mascaras de maderas, llamadas eshu, que representaban el bien y el mal sobre la tierra.

Milagros Hernández dijo que el licor es arrojado al piso porque la ceremonia también abarca una dosis de celebración y festividad. Algunos también fuman.

En el ritual también tiraron pedazos de coco frente al altar. La explicación es que según la posición en que caigan se considera si la ofrenda fue del agrado de la deidad: si el pedazo de coco cae con el lado blanco hacia el cielo, la ofrenda ha sido aceptada. En la ceremonia dominical, según lo observado, así ocurrió.

Tras la lectura de las peticiones y agradecimientos de cada uno de los asistentes realizaron una ‘limpieza espiritual’. Los participantes se ubicaron en fila y, uno por uno, fueron rozados con las frutas de la ofrenda por los líderes de la ceremonia.

Por último, después de aplausos y tras la limpieza, las frutas fueron arrojadas al mar cartagenero. Lo hicieron en honor a Yemayá.

Contexto: Yemayá

Es considerada una deidad en la religión yoruba, que es originaria de Nigeria, en el continente africano. Su creencia y devoción se trasladó a América en el período de tráfico de esclavos africanos durante la época de la Colonia. Sus fieles le atribuyen poderes sobrenaturales en la representación del mar. Se le hacen ofrendas en ceremonias acompañadas con música y peticiones, en lugares abiertos o cerrados.

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