El Heraldo
Pedro y Lorena observan con atención al juez de paz Ortega y a su asistente Prada, durante la conciliación. Jesús Rico
Barranquilla

Pequeñas causas | “Me voy para no verte más”

Una expareja, con dos viviendas adquiridas durante su matrimonio,  acudió a un juez de paz para concretar un acuerdo de conciliación que ya tenían listo, pero para el que necesitaban un acta oficial.

Entre Pedro y Lorena hay una frontera. No tan amplia y extensa como las de Rusia con las otras naciones eslavas, pero sí complicada, como la de algunos países en oriente medio. Hombre y mujer, divorciados hace un tiempo, viven en la misma casa divididos por una línea imaginaria, trazada para evitar las discusiones que eventualmente le pusieron fin a su relación.

Desde hace varios veranos ya no soportan estar juntos, a pesar de los frutos materiales y genéticos de su unión marital. Sus hijos, quizás el único puente que existe entre ambos, son en parte la razón por la que accedieron a conciliar. Aunque, como en todo acuerdo, tuvieron que ceder en sus pretensiones.

Ambos, como dos actores de un conflicto dispuestos a negociar, se sentaron en la mesa de la conciliación junto a un juez de paz y su asistente, listos para partir sus caminos y a seguir desarrollándose como naciones independientes. Pedro y Lorena, cuyos nombres fueron cambiados para proteger sus identidades, según acuerdo previo, llegaron una mañana de viernes a dejar por escrito —y de manera legal— el final de una disputa que los ha afectado por varios años.

Sus relaciones diplomáticas, afectadas gravemente por las discusiones, afrentas e insultos, los vieron obligados a negociar un “acuerdo de paz”, que les permitiría vivir lejos el uno del otro.

Pedro, de manos gruesas y tez trigueña, estaba sentado junto a su exesposa, Lorena, de cabello oscuro y ojos grandes, en los asientos asignados por el juez de paz y su asistente, los encargados de conciliar la disputa. Para sorpresa de los conciliadores, Rubén Ortega y Patricia Prada, la pareja llegó casi que con el caso resuelto, listos para firmar el papel y ponerle punto final a su conflicto.

Rubén Ortega, el juez de paz, es uno de los 57 encargados de conciliar conflictos en las cinco localidades de Barranquilla. Elegidos democráticamente y pertenecientes a la Rama Judicial de Colombia, estos conciliadores tienen como objetivo auxiliar y darle un respiro a los otros despachos del país, atendiendo este tipo de casos de menor cuantía.

El hombre, con un chaleco azul que lo identificaba como juez, vestía una camisa de colores vivos, quizás un reflejo de su personalidad jovial y conciliadora.

Los ojos del juez, refugiados tras unos anteojos negros, se fijaron en las dos personas que se sentaron frente a él, cuando dio inicio a la reunión con un saludo formal. A su lado, con los dedos sobre el teclado, Patricia Prada, su asistente, se dispuso a comenzar la redacción del acta de conciliación, el documento oficial que dejaría en constancia todo lo aquí acordado.

Como todos los días, los jueces de paz atienden los casos de otros ciudadanos como Pedro y Lorena, que acuden a ellos para ponerle un punto final a sus conflictos. O al menos para intentarlo.

A su alrededor, otras personas también requerían de la ayuda de los distintos conciliadores para solucionar sus conflictos. A diferencia de otras ocasiones y otras instancias, Pedro y Lorena acudieron al evento Personería Activa, por lo que el juez y su asistente los atendieron en una mesa comunal, a pocos metros de ciudadanos que solicitaban asesoría jurídica, entre otros servicios.

El espacio dispuesto para la audiencia, un salón de clases amplio y fresco, tenía una decena de sillas plásticas, en donde esperaban los funcionarios, jueces y sus asistentes para atender a los ciudadanos, que como Pedro y Lorena, asistieron al evento, organizado por la Personería.

Lejanos de la apariencia y comodidad de un despacho tradicional, la expareja acudió al colegio del sur de la ciudad para conciliar junto al juez de paz. A pesar del ruido y las distracciones cercanas, cuando inició la audiencia no hubo dudas ni complicaciones para los conciliadores ni para los principales interesados.

Los datos. Pedro y Lorena estuvieron casados 15 años, tiempo en el que trajeron al mundo a dos hijos y compraron dos casas. Su sociedad conyugal fue establecida en el momento en que se dieron el sí y firmaron el acta de compromiso. Gracias a esa unión, posteriormente compraron los inmuebles.

Una de las casas, en donde actualmente residen, está atravesada por una frontera imaginaria; una línea invisible trazada en un acuerdo que ambos firmaron ante una Comisaría de Familia, el primer despacho al que acudieron para solucionar sus problemas. La razón de la disputa, según explicó Lorena, es que la relación ya no es sostenible, debido a las agresiones verbales y las discusiones constantes con su exesposo.

En esa vivienda, en la que también  viven sus dos hijos, cada uno vive por su lado. Juntos, pero no revueltos, reside cada quien en su mitad, en lo que ambos consideran un convivir “en unión libre”.

El otro inmueble, más pequeño, lo adquirieron con el pasar de los años, y estuvo arrendado por algún tiempo. La expareja le contó al juez que la vivienda no se encuentra en el mejor estado posible, por lo que habrá que invertir en mejoras y reparaciones.

Lorena, muy seria, le contó al juez de paz y a su asistente que Pedro había incumplido el acuerdo al que habían llegado ante la Comisaría de Familia, el mismo en el que se trazó la linea imaginaria. Por lo tanto, en búsqueda de su tranquilidad, había negociado con su exesposo que ella abandonaría su lugar de residencia, junto a los dos niños, y se mudaría al otro inmueble, “para no ver más” al padre de sus pequeños.

Además, pidió al juez y a su exesposo una prórroga de 30 días para abandonar la vivienda, tiempo en el que prepararía su retirada. “Yo ya sé cómo es él, de pronto en un momento de rabia me echa de la casa. Ya con este documento yo podría decirle que no me puede mover hasta que se cumpla el plazo”, le dijo Lorena al juez de paz, mientras Patricia redactaba el acta oficial.

División. Según acordaron previamente, Lorena se iría a la otra vivienda junto a sus dos hijos. Pedro, por quedarse en la casa más grande y en mejores condiciones, se comprometió a pagar las reparaciones del otro inmueble, al que la mujer se mudaría dentro del plazo pactado.

“Llegamos a este acuerdo porque ya no podemos estar juntos”, le contó Pedro al juez, sentado a varios centímetros de Lorena, que miraba hacia el lado contrario. La distancia entre ellos, explícita en el tono de su voz y en la frialdad del trato, también se reflejaba en la manera en que aseguraron que ya no podían seguir en la misma casa.

La conciliación había estado lista, incluso antes de que comenzara la audiencia, pues Pedro y Lorena ya habían pactado las condiciones de su acuerdo. El trámite, mientras Patricia redactaba el acta oficial, fue silencioso y tranquilo, en el que cada uno se encargó de responder solo lo necesario.

Independencia. Cuando todo estuvo listo —fotocopias de las cédulas incluidas— un percance inesperado se apareció de repente. El acta, redactada y a la espera de ser firmada, no podía ser imprimida, pues el servicio eléctrico había sido suspendido.

Enclaustrado en el computador portátil, el acuerdo conciliado entre Lorena, Pedro y el juez de paz no podía ser finiquitado.

Suspiros, afán y desespero. Pasaron varios minutos desde que la falta de electricidad impidiera que Pedro y Lorena salieran del salón de clases. Ambos con compromisos previamente agendados, esperaban ansiosos para firmar el documento. Así, como quizás no lo habían estado en algún tiempo, tuvieron que permanecer sentados cerca del otro, mientras el juez y su asistente terminaban de diligenciar los últimos detalles.

“¿Es necesario firmar el documento hoy mismo?”, preguntó Lorena, mientras Patricia, sin suerte, revisaba las conexiones eléctricas. “Nosotros podemos venir otro día a firmar, no creo que haya problema. Igual ya nosotros acordamos, ¿no?”, agregó Pedro, al tiempo que revisaba la hora en su reloj.

Resignado por el problema eléctrico, el juez de paz le indicó a la pareja que era posible que abandonaran el recinto, pero que sin firmar el documento la conciliación aún no estaba terminada. La expareja, pensativa, asintió al tiempo, dando a entender que efectivamente abandonarían el lugar.

“Yo estaré acá el martes en la tarde para firmar, si todo está listo ya”, dijo Lorena, levantándose del asiento. “Yo igual, entre nosotros ya todo está arreglado”, manifestó Pedro, mientras se despedía del juez de paz y su asistente. Ambos salieron de la sala.

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