Barranquilla

En video | El rebusque: 5 historias de ingenio para ganarse la vida

En las diferentes esquinas de Barranquilla y su área metropolitana, algunos nacionales y otros migrantes se han ideado formas de obtener ingresos, a través de diversas actividades informales.

Para las personas que recurren al rebusque, la solución de estar sin un empleo formal no es quedarse cruzado de brazos o sentados a esperar que los ingresos económicos lleguen “por arte de magia”.

Aunque Barranquilla es la quinta ciudad del país con menor tasa de desempleo (8,9%) en el periodo comprendido entre julio y septiembre del presente año, de acuerdo con las cifras del Departamento Administrativo Nacional de Estadísticas (Dane), la ciudad no es ajena al rebusque. Las cifras del Dane también indican que en la capital del Atlántico la informalidad está en 55,4%. La media nacional, donde se analizan 23 ciudades, es de 48%.

Entonces hacen lo suficiente por obtener ingresos a como dé lugar. Limpiar vidrios de vehículos, vender bebidas refrescantes, pintar casas, colaborar en los parqueaderos, vender adornos y hasta calibrar llantas golpeándolas con un madero.

Sin embargo, no son solo colombianos. Al rebusque también se le midieron los venezolanos que, buscando una mejor calidad de vida en esta región del país, también se animaron a ganarse “la vida luchando, codo a codo, en la calle”, como dice uno de ellos mientras vende tinto en el Paseo Bolívar.

En un recorrido que hizo EL HERALDO por diferentes sectores de Barranquilla y Soledad, no solo se encontró el tradicional rebusque mencionado anteriormente, sino otros a los que se dedican personas que se las ingenian para ser originales y así obtener ganancias, impulsados por la necesidad.

El brillo de Eduardo que deja ollas y calderos como nuevos

Así como la ropa dañada tiene a su modista o el zapato averiado tiene a su zapatero, las ollas y los calderos curtidos de grasa tienen a Eduardo de la Cruz Insignares, un hombre de 54 años, que desde sus 45 ‘abriles’ se dedica a brillar estos elementos de cocina, en la prolongación de la Murillo a la altura del barrio Las Moras (Soledad).

“Los calderos me los traen en las mañanas negros de cucayo y yo los regreso brillantes en las tardes. Quedan como nuevos”, manifiesta el barranquillero, quien agrega que lo complejo que significa conseguir trabajo para las personas mayores de 40 años lo impulsó a dedicarse a esta actividad.

“El cliente llega esperanzado en recuperar su olla y se va satisfecho cuando ve los resultados”, dice De la Cruz, quien asegura que, por su trabajo, cobra $4.000, aunque el valor puede variar según el tamaño de los utensilios.

Un mueble antiguo es su ‘trono’, mientras que al lado derecho tiene el mostrador, donde exhibe ollas brillantes, y también posee un pequeño armario donde guarda sus herramientas a las 5:00 p.m., cuando termina su jornada laboral.

Las extravagantes burbujas de jabón

¿Caducó el viejo y sencillo juguete de hacer burbujas con jabón? Al menos para el venezolano Jonathan González, vendedor de estos juegos infantiles en el Centro de Barranquilla, la varita que, al ser introducida en agua con jabón y soplada por el infante, genera una colorida burbuja, está siendo reemplazada por una pistola que, al ser untada con el líquido enjabonado en sus puntas, se le presiona el gatillo y enciende unas hélices para generar cientos de estas bolitas en minutos.

Ya no se producen manualmente, sino automáticamente con el apoyo de unas baterías adaptadas en su interior. “Antes no se veía esto, ahora han evolucionado y son las preferidas por los niños”, dice el vendedor informal, quien negocia cada aparato a $10.000.

Con las ganancias que obtiene se puede sostener en una habitación arrendada y pagar su alimentación y la de su familia, residenciada cerca al Paseo Bolívar, donde a diario emana las burbujas para llamar la atención de niños y padres de familia, y así vender.

Préstamo de tarjetas de Transmetro

Cualquier cosa hacen los venezolanos en Barranquilla para sobrevivir a la cotidianidad. En los buses de Transmetro cantan y venden dulces, pero ante los controles del sistema ahora se idearon otra forma de rebusque: prestar tarjetas a pasajeros y recibir “algo a cambio”, como dice Sael Manrique, uno de los que comparte su medio de pago.

Con algo a cambio se refiere a las monedas que el usuario le da al mismo instante en que regresa la tarjeta que le fue prestada, tras pasar el torniquete. Algunos esconden la tarjeta entre los dulces, otros lo hacen sin misterio.

“En un día nos hacemos hasta $25.000 por la colaboración de la gente”, dice Manrique, quien se ubica en la entrada de la estación Pacho Galán de Soledad, mientras que otros de sus conocidos también lo hacen en la misma estación, o en la estación de La Catorce y La Catedral, donde también han sido vistos.

Una hada en las calles de Barranquilla

Hay personas que se encuentran en las esquinas de los semáforos haciendo malabares o muestras artísticas. Como es el caso de Geraldine Pulgar, una joven de 21 años, quien aprovecha los 45 segundos que dura en rojo el semáforo de la Murillo con carrera 45 para convertirse en estatua durante ese lapso.

Allí se encuentra durante la tarde, acompañada de otros malabaristas, con quienes se turna cada vez que la señal de tránsito para el tráfico de norte a sur. Pero es ella quien llama la atención por su vestido dorado y bañada en escarcha y pintura del mismo color, y con su cabello adornado por una peluca florecida. “Mezclo todo lo que es el arte expresivo, comportándome como un hada que inspira dulzura”, dice Pulgar, quien no quiso revelar el valor de las monedas que le echan los conductores en una canasta de fique que pasa con su antebrazo por cada vehículo.

Calcetines ambulantes

“Si el cliente no va a buscar las medias hasta el almacén, entonces las medias van a buscar al cliente”. Este es el mensaje que quieren dar los vendedores ambulantes en el Centro de Barranquilla, quienes recorren el Paseo Bolívar vendiendo calcetines en canastas de plástico. Se le cruzan al transeúnte, le ofrecen el producto, anuncian la promoción y continúan merodeando por el sector. Tienen artículos de todos los motivos y géneros, para bebés, niños, adolescentes y adultos. “Pregunte por lo que no vea”, manifiesta Luis Zambrano, quien tiene una oferta, la cual consiste en vender tres pares de medias por $5.000. Así como esta modalidad con la que venden calcetines, también se ven el Centro vendedores de vidrios templados y carcazas “para toda referencia de celulares”, sostiene Darwin Macías.

Aunque son surtidos los productos en los ‘mini-mercados’ contenidos en una canasta, todos tienen un mismo propósito, según agrega Zambrano: “Vender porque necesitamos”.

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