Bajo la luna barranquillera a la que le cantó Esther Forero trabajan los obreros en la víspera del inicio del Carnaval.
Iluminados por las estrellas y por los faros intermitentes de los carros que transitan por la Vía 40, pequeños grupos de hombres ultiman detalles de los palcos que alojarán a miles de personas que disfrutarán del color de los desfiles.
Entre el eco de la música de carnaval que se escucha desde hace semanas, retumba el martillar de los últimos palcos que, a pocas horas del inicio de la Batalla de Flores, se levantan sobre el cumbiódromo de Barranquilla en la tradicional Vía 40.
De igual manera, aferrados a sus sillas de plástico, los vendedores acampan junto a sus productos: gaseosas, cervezas, agua y bebidas energizantes.
'Aquí nos quedamos de largo hasta el martes', dijeron Luis de la Hoz y Ledys Insignares, quienes al cierre de esta edición ya llevaban 24 horas cuidando su puesto para vender en el desfile.
'Toca así, no hay de otra. Ya tramitamos todos los permisos con la Alcaldía, pero tenemos que asegurar el puesto para poder vender', aseguraron.
Ledys y su esposo llevan 25 años dedicándose a este negocio y afirman que 'no quieren tener problemas con las autoridades', pues a veces les quitan las sillas que han instalado 'para que descansen y consuman los bailadores'.
Como ellos, los primeros grupos de vendedores ya se asientan en los bordillos de la Vía 40 y se aglomeran en torno a sus productos.
Son muchas horas de espera, pero se muestran confiados en que las ventas de hoy y mañana compensen el sacrificio.
'No he dormido en toda la noche. A veces nos turnamos entre los diferentes vendedores para cuidar las cosas', expresó Moisés Vásquez, quien afirmó llevar más de 15 años vendiendo en la Batalla de Flores.
'Nos ponemos a echar cuentos para que se pase la noche más rápido. La verdad es que dormimos muy poco aunque estemos cansados', contó.
Al mismo tiempo, obreros barranquilleros y venezolanos trabajan de la mano para que la fiesta no tenga ningún tipo de complicaciones.
Desde las seis de la mañana, cuando inicia la jornada de trabajo, hasta las nueve de la noche ensamblan, martillan y ajustan las piezas de aluminio que componen los 52 palcos que llegaron desde Cali.
En dos jornadas de seis horas cada una, estos obreros pueden montar un palco completo. Las obras, que completaron sin retrasos en las dos semanas de plazo que dictaminó el Distrito, ya estaban en la última fase, la de decoración.
Los palcos grises de aluminio ya se vistieron de los colores de la fiesta grande de Barranquilla y están listos para darle asiento a los privilegiados que asistirán al jolgorio currambero.
Detrás del goce y la alegría de la Batalla de Flores y de la Gran Parada de Tradición se esconden estos personajes, obreros anónimos que dedicaron enteros sus últimos quince días para que el presidente y las personalidades más reconocidas puedan sentarse con tranquilidad y disfrutar de los desfiles.
'Ya uno conoce el oficio. A pesar de lo extenuante, esto no tiene nada de difícil. A veces lo más complicado es que tenemos muy poquito tiempo', dijo Álvaro Meza, quien lleva más de 15 años trabajando en la logística de los palcos de Carnaval.
Ellos, exhaustos, continuaron su labor hasta altas horas de la noche del jueves 28 de febrero, cuando culminaron las obras de montaje de los palcos.
No hubo aplausos ni ovaciones, pero sí la satisfacción de un trabajo completado, al que se han dedicado cada año, cuando el afán carnavalero los llama nuevamente a su labor.
'Esto no lo trabaja todo el mundo. Es muy difícil trasnochar todos los días', contó Kenneth Cervantes, uno de los obreros que trabajó en el montaje.
'Ante la falta de trabajo muchos ‘pelaos’ me dicen que los traiga a montar palcos, pero ellos no se imaginan lo duro que es', recalcó.
Como Kenneth, más de cien obreros jóvenes y adultos trabajaron sin descanso desde el 17 de febrero, cuando comenzó el montaje de los palcos.
'Lo más duro es cargar las piezas y luego desmontarlas a pleno sol. Si trabajamos dos turnos de seis horas montamos un palco en un solo día, pero necesitamos como cuatro o cinco trabajadores', explicó Richard Celín, que no supera los 25 años de edad.
'Es un camello duro', dijo, agotado, casi al terminar su turno a las nueve de la noche.
Cuando Barranquilla amanezca hoy, con la energía recargada para gozar hasta el martes de Carnaval, estos trabajadores incansables quizás duerman, o estén preparándose para la fiesta.
Aunque descansen, salgan de parranda o se disfracen, el lunes 4 de marzo, antes de que caiga muerto Joselito, estos trabajadores deberán estar de pie una vez más, para desarmar en cuestión de horas las 52 estructuras que armaron en dos semanas.



















