Me imagino qué fue lo que a muchos se les pasó por la cabeza.
Lo pensarían las modelos que participaron conmigo en los castings que tuve que hacer (Ajá, ¿y esta vieja?), lo dijo cierto peluquero que sale en un comercial de un shampoo, se lo preguntó el que me peinó en la sala de maquillaje.
¡Es que hubieran visto su cara de sorpresa! Yo le respondí '¡Sí, yo también soy modelo!' Pero a pesar de todas esas dudas y miradas incrédulas, sí señores, yo desfilé en Ixel Moda e hice parte de la pasarela colectiva de Asomoda y la Cámara de Comercio de Cartagena.
La idea se le ocurrió al diseñador cartagenero Guillermo Herazo, quien me invitó a que me presentara a la convocatoria de las diseñadoras Glenda Mendoza Rodríguez y Nancy Saumet.
Ellas estaban buscando mujeres reales de carne y hueso, de esas que te tropiezas cada día en la esquina, en el supermercado o en la oficina.
De esas que están lejos de toda probabilidad y que no encajan dentro del concepto estético de cualquier pasarela en donde a la juventud, las curvas y las medidas se les rinde culto.
Pero este par de mujeres vanguardistas sin temor a esos conceptos y rompiendo los esquemas establecidos, se atrevieron a diseñar vestidos de baño y prendas de vestir para mujeres como yo, que se miran al espejo y saben que cada arruguita alrededor de los ojos, cada estría y cada llantica en la cintura son cicatrices de guerras pasadas, ganadas con todo honor y toda gloria.
Sé que soy una señora imperfecta a los ojos de tantos estilistas que insisten en presentar una perfección que no existe, pretendiendo vender en botellitas una belleza vana, fútil y pasajera, pues allí en ese mundo de lo estético, del glamour y de la moda se les olvida que el secreto de la eterna juventud no existe.
Como nunca había desfilado en una pasarela, fue todo un desafío mantener el equilibrio, dar pasos largos, menear elegantemente la cintura y sonreír. ¡Eso fue malabarismo puro! . Quise escribir esta experiencia para decirles a esas mujeres que también viven en el penthouse del quinto piso que disfruten de la vista que desde aquí se observa, pues el panorama es maravilloso.
Siéntanse bellas con lo que Dios les ha dado. Recuerden que mientras a los hombres los sacó del barro, a nosotras nos concibió de manera diferente, pues le arrancó una costilla a Adán para crearnos. Tal vez es por eso a muchas nos sobra un poco de carnecita.
Yo soy una mujer real como cualquiera. Empresaria, mamá, abuela, asisto cumplidamente a mi iglesia, sueño con irme a una escuela misionera a Ecuador, este año cumpliré 53 años y, lo más importante, no quiero perderme de ninguna experiencia en donde no solo pueda ganar, sino también aportar algo. Me sentí feliz y mis hijos están complacidos de que haya participado en esto.
Ellos llevan más de 30 años sabiendo que no tienen una mamá común.
Yo tendré más cosas que contarles a mis nietos –creo que no seré jamás una abuelita aburrida– y, el día que me muera, me encantaría tener en mi tumba una nota que diga '¡confieso que he vivido!'.





















