La tragedia de las corralejas, 38 años después

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La tragedia de las corralejas, 38 años después

Bernardo Soto, sobreviviente de la tragedia del 20 de enero en Sincelejo, rememora los hechos 38 años después

 

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Bernardo Soto, sobreviviente de la tragedia del 20 de enero en Sincelejo, rememora los hechos 38 años después

 

El año 1980 fue importante en la vida de Bernardo José Soto De la Ossa. Coronó sus estudios de bachillerato en el Colegio Tecnológico del Caribe, y alcanzó a conquistar el corazón de Aura, una ‘pelaíta’ a la que no le quitaba los ojos de encima cada que asomaba su estampa de mujer bonita por las calles del barrio La Unión, Sincelejo, donde ambos residían.

Pero si bien en esas calendas la formación académica y el amor resultaron trascendentales para un joven que apenas alcanzaba la edad de 19 años; lo que más lo marcó para siempre en ese agitado 1980 fue contar con la suerte de sobrevivir a la caída estruendosa y sangrienta de la Corraleja del 20 de enero en Sincelejo, tragedia histórica que dejó una escalofriante cifra que supera los 500 muertos y más de un millar de heridos. Finalmente nunca se estableció con certeza el número exacto de víctimas.

Las crónicas de la época narran que “los palcos engalanados” de los que habla la canción de Rubén Darío Salcedo en honor a este festejo tradicional, crujieron de un momento a otro y cayeron al suelo como castillo de naipes, ante la sorpresa de las cerca de 10 mil personas que se apiñaban en los 9.167 metros cuadrados de la plaza Hermógenes Cumplido, en el barrio Mochila.

Era una alegre tarde de toros, porros, licor y mujeres lindas; el día clásico de la fiesta, el 20 de enero, que conmemora también la celebración católica denominada El Dulce Nombre de Jesús.

Y allí, en medio de ese ambiente festivo y luego siniestro se encontraba Bernardo José Soto De la Ossa, quien tras la caída del maderamen le tocó abrirse paso entre pilas de cadáveres y cuerpos mutilados.

También respirar el olor a  sangre fresca de heridos y muertos; y palpar muy de cerca el dolor, las lamentaciones y gritos desesperados de víctimas y sobrevivientes.

Soto la sacó barata. Apenas sufrió golpes en las costillas,  un par de raspaduras en el brazo derecho y laceraciones en la pierna del mismo lado. Nada de qué alarmarse. ¡Ah! y el jean y el suéter que estrenaba ese día, algo desgarrados.

Ayer sábado 20 de enero, cuando se cumplieron 38 años de la catástrofe; y a sus 57 años de edad, el ahora técnico de la empresa Promigás rememoró con EL HERALDO ese episodio que mantiene intacto en su memoria.

La tragedia

Aquella mañana del 20 de enero de 1980 el cielo de Sincelejo amaneció cargado de nubes plomizas y pesadas que presagiaban lluvia.

Igual sucedía en Sincé, municipio vecino, distante a unos 35 minutos en carro por la vía destapada de ese entonces.

En esta población Bernardo José disfrutaba las vacaciones escolares en casa de su abuelo Francisco Montes, un  reconocido ganadero de 80 años apasionado por las fiestas en corralejas.

“Salimos de Sincé para Sincelejo a eso de las 10:30 de la mañana. Un poco tarde, pues acostumbrábamos a viajar temprano ya que mi abuelo visitaba antes a unos amigos para asistir juntos a la corraleja.  El viaje fue traumático, el motor del Nissan Patrol que nos transportaba comenzó a tener fallas mecánicas en los platinos. En Corozal hicimos parada obligada en busca de alguien que resolviera el inconveniente.

Nos tardamos más de la cuenta en la reparación del carro y esto retrasó la llegada a Sincelejo”, relata.

Resuelto el daño, Lácides Vergara,  conductor de aquel campero de color azul, que lucía en el capó un lustroso caballo metálico; reanudó el camino.

“Arribamos a Sincelejo a las 2 de la tarde, almorzamos y nos dirigimos luego a comprar las entradas. Debido a la demora en Corozal no encontramos localidades en el palco del primer y segundo piso, los sitios privilegiados para apreciar con mejor vista el espectáculo. Todo estaba colmado de gente, así que a pesar del descontento del abuelo no tuvimos más opción que ingresar al palco del tercer piso. Eran como las 3:30 de la tarde”, recuerda.

Ese día fatal, el cuarto de la celebración de las fiestas en corraleja, había cuatro toros en la arena al momento de la desgracia. Los animales procedían de la ganadería del hacendado Pedro Juan Tulena.

La jornada festiva estuvo precedida de una agria polémica, pues por tradición esa fecha se lidiaban los toros del ganadero Arturo Cumplido Sierra, tan famoso que hasta un porro en su honor le grabaron. Sin embargo, los organizadores prefirieron los astados de Tulena, en lo que al parecer era un capítulo más de un enfrentamiento político entre familias sucreñas.

“Teníamos como media hora en el palco cuando comenzó a llover con insistencia. La gente que estaba en la parte baja de los tendidos, más cerca al redondel, empezó a correrse hacia atrás para protegerse de la lluvia. Buscaban refugio bajo el techo del palco y crearon una aglomeración que derivó en un sobrepeso en esa parte de la corraleja. Esto tal vez ayudó el desplome de la estructura. Fue una caída vertical, fuimos los últimos en caer, parecía un ‘efecto dominó’, unos sobre otros. Entre 4 y 4:15 sucedió la desgracia”, rememora.

“Recuerdo que la primera expresión que me salió fue un ‘nojoda’ de esos que uno prolonga extendiendo la a final, pero no pude terminarlo porque empecé a descender. Mientras me descolgaba experimenté un vacío en el estómago, chocaba con cuerpos, con tablas. Caí de pie”.

El caos

En ese momento todo fue caos, Soto De la Ossa recuerda que aún aturdido por la impresión lo primero que hizo fue revisar qué heridas tenía. Al comprobar que nada era de cuidado, se dio a la tarea de buscar al abuelo Francisco Montes, quien al igual que él, también salió bien librado. Lo halló rápidamente, a pocos metros, desorientado, casi sin entender lo que pasaba.

“Mi objetivo siguiente fue buscar el carro. Entre tanta gente no lo veía y lo teníamos al frente. En cuanto lo ubicamos tratamos de salir para regresar a Sincé lo más pronto. Ya la noticia era difundida por la radio y la familia debía estar temiendo lo peor. No fue fácil, había mucha gente deambulando en el sitio, las ambulancias, la Policía, otros carros, en fin. Mi abuelo, Vergara y yo, comentamos que tuvimos suerte por ubicarnos en el tercer piso, que si hubiésemos llegado temprano tal vez no estuviéramos echando el cuento, pues la entrada nuestra era en el segundo o primer piso de los palcos, donde hubo la mayoría de víctimas”. 

Mucha gente murió pisoteada, asfixiada, otra aplastada, unas más por el impacto de la caída, o ensartadas en las filosas astillas de maderas de los palcos destrozados. 

Todo dantesco. “Llegamos a Sincé al anochecer, en casa y en todo el pueblo nos recibieron como héroes con una mezcla de llantos, risas y abrazos, aunque aún no se conocía toda la magnitud de la tragedia.

Para matizar aquel dolor sobrevinieron días después las bromas que muchos utilizan como válvula de escape en situaciones dramáticas como estas. Al abuelo sus amigos le tomaban el pelo con que en medio de la barahúnda se olvidó de mi, de su nieto favorito, y se preocupó más en la búsqueda de sus abarcas recién compradas”.

El pánico por aquella particular experiencia apenas le duró ocho meses al entonces muchacho 'Bernabé', como solía llamarlo el abuelo Francisco. En septiembre regresó a una corraleja, esta vez en su pueblo natal, Sincé. “No me dio miedo volver, y desde entonces no he parado, de pronto pudo más el frenesí que me produce ver a manteros, garrocheros y saltimbanquis enfrentando a los toros en medio de la música de las bandas, que la posibilidad de que se repita aquello del 20 de enero de 1980”, argumenta.

Y es que definitivamente ese 1980 fue muy significativo en la vida de Bernardo José Soto De la Ossa, pues también rememora que el primero de enero cuando apenas despuntaba el Año Nuevo, en la Plaza de la Cruz de Sincé, uno de sus amigos disparó un revolver para celebrar la llegada de esa nueva década y la bala impactó en un poste. En el rebote lo hirió en el antebrazo. “También me salvé de milagro, porque casi me da en la cabeza”, manifiesta. Recuerda de nuevo al abuelo Francisco que por todo lo que le pasó ese año, le decía: “Caramba Bernabé, tu si eres un ‘pelao’ de buenas, voy a tener que andar más contigo”.

Indemnizaciones

$4.356 millones. En 1988 el Consejo de Estado condenó al Municipio de Sincelejo a indemnizar a 2.935 víctimas de la tragedia. La cuantía fue de $4.356 millones que asumió la Nación en su totalidad con el compromiso de que el Municipio le reembolsara dichos recursos. El secretario de Hacienda Municipal, Eder Valeta López, dijo que restan aún por pagar al Ministerio de ese ramo $2.278 millones, que terminarían de saldar entre los años 2019 y 2220.  

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