Sociedad

Malabarismo callejero: un acto osado para sobrevivir

Machetes, clavas, una soga y una pelota de baloncesto, son los elementos que no pueden faltar en la mochila de Jhon Rodríguez.

Semáforo en rojo. Jhon Rodríguez tiene 30 segundos para llevar a cabo su acto: 20 para guindar la cuerda de un poste al otro, treparse en ella y sostenerse con el  pie derecho, mientras que en su cabeza pone a girar una pelota de baloncesto. Para completar su maniobra digna de aplaudir por los asistentes de cualquier circo, con sus manos realiza malabares con clavas o machetes.

Los otros 10 restantes son para bajarse, desmontar la soga y esperar a que alguno de los conductores o transeúntes valoren su acrobático acto.

Una sincronización casi que perfecta evita que la vida del artista se ponga en ‘jaque’ cada vez que la luz del semáforo cambia de color.

Esos 30 segundos que se repiten una y otra vez, son cruciales para que este barranquillero reciba el reconocimiento económico de una audiencia efímera, que en su recorrido por la carrera 47 con calle 59, se topa de frente con el malabarista.

La práctica hace al maestro”, dice Rodríguez, antes de ponerse en marcha con el acto audaz que le da para vivir.

El malabarista pone su vida en riesgo todos los días, más aún, en medio de la pandemia. Salir a la calle por estos días ya de por sí es una ‘maniobra’ que expone al ser humano al virus.

Este joven sobrepasa los límites  al sostenerse de una cuerda mientras hace malabares con tres machetes, algo que deja sin aliento a algunos de los que lo observan. “Yo me gano en un día bueno hasta $50.000, y si está malo puedo llevarme $20.000, pero igual hay que meterle bastante, porque me toca correr, subirme, bajarme e ir de carro en carro. Es una actividad muy riesgosa, ya me he cortado bastantes veces, pero decidí hacerla porque a las personas les llama la atención”, dijo a EL HERALDO.

Jhon recibe el apoyo de transportadores. Hansel Vásquez
De estudiante a mochilero

El hombre de 30 años cursaba sexto semestre del programa de Historia de la Universidad del Atlántico, cuando suspendió sus estudios por aventurarse a la incertidumbre de viajar como mochilero. Argentina, Chile y Perú fueron los países a los que llegó haciendo escala de pueblo en pueblo y viviendo del día a día. A Buenos Aires, por ejemplo, arribó luego de un año y medio de haber salido de Barranquilla.

‘Viviendo al máximo’, así llamó Rodríguez a su periplo en el que llevó una mochila cargada de un saco para dormir, carpa, toalla, kit de aseo, botas, dos pantalones, unas camisetas y un abrigo. Para subsistir en medio de la travesía, sus clavas, cuerda y guitarra lo acompañaron. 

“Para mí esta mochila significa muchas cosas, es esta misma la que ha estado conmigo en cuatro países, ha cruzado cuatro fronteras y un montón de ciudades, es esta la que traigo conmigo a trabajar”.

Antes de ser malabarista callejero, se dedicaba a las artesanías. Tejía accesorios en crochet, pero al ver a otros muchachos que en la calle hacían malabares, decidió emprender por el mismo camino.

“Mi familia dice que es un locura lo que yo hago, que cómo voy a estar así en la calle, bajo el sol, exponiéndome. Para muchos no es muy valorado, y como no es algo convencional no les gusta mucho”, expresó.

Este joven quiere profesionalizar su arte. Hansel Vásquez
Malabares para sobrevivir

Trabajar informalmente en los semáforos se ha convertido en su sustento. Cada día afronta un nuevo reto en las calles, pero en esta época la incertidumbre es mucho mayor. Si bien una de las dificultades más frecuentes con las que se ha enfrentado son las distintas restricciones que existen en la actualidad, pues este fin de semana con toque de queda, no podrá salir a rebuscarse.

“A mí me ha llevado varias veces la Policía Nacional por estar trabajando en la calle. Me han encerrado por 11 o 12 horas con el pretexto de que estoy parando el tráfico y el flujo vehicular, pero es aquí la única ciudad donde me ha pasado. Hay muchos momentos difíciles y no te puedo explicar en tan poco tiempo, pero hay muchos momentos de necesidad”, aseguró.

Jhon Rodríguez es el menor de seis hermanos y reside en el barrio Los Almendros (Soledad). Todos los días, a las 7 de la mañana inicia su rutina. Vivir del día a día fue una consecuencia que, según cuenta, no eligió, pero que aceptó y de la que no se arrepiente.

“Yo no elegí la calle, a mí me tocó por circunstancias de la vida trabajar en ella, porque no todos tenemos la misma crianza, ni el mismo hogar, y a veces la forma en la que uno vive es la que lo lleva a tomar decisiones que cambian tu vida por completo. No es lo mismo nacer en una casa donde tienes todas las comodidades a no tener casi nada”.

Utiliza machetes y clavas en su acto. Hansel Vásquez
Motivación personal

El cansancio y dolor en el cuerpo por el esfuerzo físico también tiene su recompensa. Para Jhon, el arte que realiza en las calles lo hace sentir orgulloso y afirma que “no se arrepiente” de haber dejado el trabajo de obrero que tuvo hace unos años en Bogotá por la labor artística con la que se gana la vida desde 2015.

“Para mí sí ha valido la pena, pero para otros no. Si me tocara repetirlo, lo haría de nuevo porque he conocido mucha gente linda en el camino y sitios nuevos. También he aprendido a sobrevivir, el mismo camino me ha enseñado”, indicó.

Su proyección a mediano plazo es retomar sus estudios en la Universidad del Atlántico y profesionalizar su arte. No contempla dejar de hacerlo, sino convertirlo en una labor digna de admirar y que no le traiga problemas con las autoridades.

“Yo aspiro a comprar más productos malabaristas y empezar a hacer eventos. Tener mis propias redes sociales, página y cobrar por mis funciones en eventos sociales. Hacer todo de manera más organizada y seguir haciendo arte, pero de  una manera más profesional. Y sacar adelante mi carrera”, finalizó.

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