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Se llama José David Pérez, tiene 37 años y es el ‘último’ verseador de los congos de Barranquilla. Le dicen Joche y es hijo del ‘Mono Mingo’, un hombre que todos quieren, tal y como consta en la historia y en sus versos.

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Son las 10:30 de la mañana. Es el jueves antes de carnaval, ya no importa más nada. Joche, luciendo una camiseta colorida y carnavalera, unas gafas de sol y un plástico en su cabeza recibe a EL HERALDO en una peluquería en el barrio Montes. Se acicala para lo que serán los días de fiesta en la Vía 40 con el Congo Grande.

“Esto es para que me identifiquen en el cumbiódromo. Me estoy pintando el cabello de morado y azul”, dice. Lo esperamos unos minutos y salimos en dirección a la casa de su madre en el barrio La Victoria. “Ella tiene allá recortes, fotos. Es la que siempre estuvo al lado de mi papá”.

En el lugar la amabilidad es la primera cualidad, calor de hogar es lo siguiente pues toda su familia sale a recibirlo. No lo reconocen, no lo habían visto “mono” tal como le decían a su padre, Domingo Pérez, ese que llenó de versos durante 60 años a la danza del Torito Ribeño.

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Se sienta, y por su cabeza empiezan a pasar imágenes como ráfaga de su vida llena de cultura y versos. Lo tiene claro, apenas había acabado 13 calendarios cuando en Santo Tomás, otra tierra llena de folclor, tuvo su primera oportunidad como verseador.

“Yo empecé como congo porque todo es un proceso. En Santo Tomás se me dio por meter un verso como imitando a mi papá que estaba ahí y todos se asombraron porque lo hice igualito. Pero, yo lo estaba buscando para que me ayudara con el verso y él estaba llorando, alegre de que yo iba a cantar”.

Allí inmediatamente las lágrimas brotan por su mejilla como resultado de esa emoción que el diccionario no puede describir porque lo que dice el cuerpo vale más que un millón de palabras, así ese haya sido uno de los consejos trascendentales de su padre: leer para tener con qué jugar al momento de improvisar.

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“Ya después yo me fui soltando y fui probando cómo hacía él, porque él era repentista. Él te improvisaba en el momento”.

Ese soltarse implicó que durante 24 años estuvo ahí en la danza del Torito Ribeño, bajo las órdenes de un cancamán de la tradición como el maestro Alfonso Fontalvo y la batuta de su padre, antes de su muerte en diciembre de 2020. Y, casi cinco años después de ese momento, decidió que sus versos debían ser parte del Congo Grande de Barranquilla, porque lo tiene claro, la tradición no puede perderse, y busca compartirla con todos.

Además, de cierta manera sigue pasos de su padre, quien fuera gran amigo de Ventura Cabrera, abuelo de Adolfo Maury, hoy director del Congo. “Mi papá estaría feliz”.

“Él se identificaba mucho con la danza del Torito, pero al ver toda esta necesidad de las danzas con los cantadores, creo que él haría lo mismo que yo, porque uno tiene que arriesgarse y por eso di el paso con el Congo Grande. Y se lo juro que si a mí me toca cantar con el Congo Reformado yo lo hago, si me toca cantar con el Perro Negro yo lo puedo hacer y cualquiera va decir ‘este man es un pastelero’. Pero no soy egoísta, quiero que esto siga”.

Johnny Olivares /El Heraldo

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Una voz que puede desaparecer

“Es un legado que hay que luchar para que no se pierda. Tú ves las nuevas generaciones y la música del Carnaval de Barranquilla que es un reguetón, que no son músicas de aquí, y no le dan esa importancia a lo tradicional, a lo que uno hace. El carnaval es patrimonio por lo que hacemos nosotros y por lo que hace la ciudadanía. Y no le dan ese valor”, dice.

Y es que Joche, aunque tiene una voz que puede escucharse en todo el cumbiódromo sabe que puede perderla, pues, explica sin entender las razones, “no me permiten usar megáfono, y escucha mi voz, uno la va perdiendo de a poco”.

Pero, si hay algo que verdaderamente está en riesgo es la figura que él engalana. El verseador. Ese que va demostrando que la oralidad es lo más fuerte que hay mientras los congos son la viva esencia de la gallardía y la dureza.

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“No hay motivación para los jóvenes. Ya no todos lo pueden hacer por amor al arte. Yo lo hago porque es el legado de mi papá, de mi familia, pero no todos tienen esa responsabilidad”.

Sin embargo, en medio del desierto donde se encuentran los verseadores ha encontrado un pequeño oasis que espera seguirlo alimentándolo. “En el Congo Grande con el semillero he ido metiendo en el cuento a varios. Por el momento recitan mis versos, y lo hacen bien”.

Director musical

Y es que por el momento Joche ha encontrado un lugar en el que puede desarrollar su talento y que la voz del verseador no muera, siendo ahora el director musical del Congo Grande. “Ya estoy grabando. Para la coronación grabé mi voz, eso es algo que no tuvieron la oportunidad los verseadores de antes, como mi papá”.

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Por eso, junto a sus hermanas tienen la firme decisión de también rescatar los versos de su padre que están escritos en grandes extensiones de papel convertidas en cuadernos en los que dejaba constancia de su enorme capacidad repentista.

Johnny Olivares /El Heraldo
Se paseó por la Vía 40

Para su primera presentación en la Vía 40 con el Congo Grande, ya con el cabello tinturado de azul y morado, el sábado de Carnaval, sabía que no llevaría nada preparado. Su talento está en lo heredado y trabajado. Todo fue repentismo en su más pura expresión.

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El domingo, en la Gran Parada de Tradición, hizo lo mismo. El legado a sus espaldas fue su cuaderno de notas, ese “me dicen el Joche Pérez, mucho gusto me presento. Soy el hijo del ‘Mono Mingo’ un hombre que todos quieren retumbó. La memoria su compañera fiel. Joche Pérez, el ‘último’ verseador de los Congos que busca no ser el único.