Ningún episodio le ha causado tanto daño a la confianza de los colombianos en el proceso de paz con las Farc, como el que se acaba de presentar con las visitas de Rodrigo Londoño Echeverri, alias Timochenko, jefe máximo de esa organización guerrillera, a La Habana para entrevistarse con sus delegados. Una vez trascendió la información, el Gobierno incurrió en todo tipo de contradicciones y versiones encontradas que terminaron minando la escasa credibilidad que tiene la opinión pública en el éxito de las negociaciones.
El manejo de la información oficial resultó peor que la propia visita de Timochenko a la isla. El ministro de Defensa, Juan Carlos Pinzón, sostuvo que 'informes de inteligencia' indicaban que el jefe máximo de las Farc había viajado a Cuba en varias oportunidades, lo que fue interpretado por los amigos de los diálogos como un nuevo intento de saboteo del ministro y lo mostró una vez más como el 'enemigo de la paz' dentro del Gobierno.
Las respuestas de Pinzón a las preguntas sobre los viajes de Timochenko a la isla caribeña lo pusieron, una vez más, como el malo de la película, con el agravante de que esta vez quien estaba metido en el ojo del huracán era su propio jefe, el presidente de la República, Juan Manuel Santos, quien –cuando le tocó el turno de hablar sobre el tema– también salió muy mal librado del lamentable episodio.
En efecto, cuando el rancho estaba ardiendo por cuenta de la visita clandestina de Timochenko a la tierra de Fidel y de Raúl Castro, apareció Santos para apagar el fuego con gasolina, pues su declaración de que 'yo mismo autoricé que Timochenko fuera a Cuba', debilitó aún más su figura ante la opinión pública, que lo señala de ser demasiado blando con las Farc y de 'estar entregando el país a los terroristas', como pregonan los uribistas.
De esta forma, lo que Santos consideró una demostración de manejo y control de la situación, para buena parte del país resultó ser una demostración de cinismo, puesto que si la noticia no se hubiese filtrado, el presidente no hubiera informado al país de su visto bueno para el desplazamiento del jefe guerrillero. La declaración de Santos sembró más dudas sobre un episodio que puede terminar por arrasar con la poca credibilidad que tiene la negociación. Si Santos sabía del desplazamiento de Timochenko a Cuba, ¿por qué no informó al país de ese hecho? ¿Levantó el Gobierno las órdenes de captura que hay contra el jefe guerrillero? ¿Informó el presidente al ministro Pinzón del viaje de Timochenko a Cuba? ¿Ordenó la suspensión de las operaciones militares contra el jefe guerrillero para su desplazamiento a La Habana? Si Timochenko no viajó a La Habana desde territorio colombiano -porque las autoridades habrían procedido en su contra, puesto que esa es la orden impartida por Santos- entonces lo hizo desde Venezuela, ¿sabía Santos de la permanencia de Timochenko en ese país? ¿Desde cuándo? Si Timochenko sigue siendo el principal enemigo de las Fuerzas Militares y de Policía, contra las que atenta diariamente, ¿hay órdenes del Gobierno de no combatirlo para no comprometer los diálogos?
Todas estas preguntas –y muchas más– deberán ser respondidas por el Gobierno si pretende recuperar la confianza en la negociación con las Farc.
Pero todas ellas –y todas las demás– se pueden evitar si Timochenko asume la jefatura de la negociación por parte de las Farc en La Habana. Es decir, si en lugar de delegados quien está al otro lado de la mesa es el jefe máximo de las Farc, los diálogos no solo tendrían más dinámica, sino mayor legitimidad. Si el problema para que Timochenko fuera el principal negociador de las Farc era su seguridad, como se argumentó cuando se iniciaron los diálogos, quedó demostrado que puede viajar desde Colombia, o desde Venezuela, sin despeinarse.
En otras palabras: en lugar de regresarse de La Habana y poner en ridículo a Santos y a las autoridades colombianas con cada viaje, Timochenko lo que tiene que hacer es quedarse en la isla y asumir su rol de jefe negociador de las Farc. Punto. El Gobierno se encargaría de levantar las restricciones penales que pesan en su contra y garantizaría su integridad, como ocurre con los delegados de las Farc en La Habana, que hasta pueden pasear en yate por los alrededores de la isla. Esa sí sería una demostración real de voluntad de paz por parte del jefe de las Farc. Su único compromiso sería no levantarse de la mesa hasta no haber firmado un acuerdo final con el Gobierno. Si de lo que se trata es de buscar la reconciliación nacional en serio, Timochenko es mucho más útil en La Habana que el Putumayo o en Venezuela.
Timochenko es más útil en La Habana
Tiene razón el presidente Santos cuando afirma que las consultas de los delegados de las Farc a su jefe dilatan el ritmo de las negociaciones, 'hasta por varios meses', según sus palabras. Se trata de un problema logístico que no es fácil de manejar. Lo mismo ocurría en Tlaxcala, México, cuando Alfonso Cano y compañía debían tomarse varias semanas, mientras consultaban con sus jefes, Marulanda y Jacobo Arenas. Pero ese problema no existe en La Habana, puesto que Timochenko entra y sale de la isla cada vez que quiere, como acaba de quedar en evidencia. De manera que Timochenko lo que tiene que hacer es entrar y no salir más de La Habana, hasta que firme la paz con el Gobierno. Marulanda y Jacobo no viajaban porque le tenían miedo al avión, pero ese no es caso de Timochenko. El asunto de las órdenes de captura se soluciona con la firma del presidente, quien puede suspenderlas o levantarlas, pues la ley se lo permite. De hecho, ese es el caso de todos los delegados de las Farc en La Habana. Con Timochenko en la mesa se acaban las excusas de los 'recesos para hacer consultas con el jefe' y los diálogos adquieren otra dinámica. El jefe máximo de las Farc debe estar al frente del hecho más importante en la historia de las Farc.
Santos, cada día con menos credibilidad
El senador del Polo Democrático Jorge Enrique Robledo sostiene que al presidente Santos es 'muy difícil cogerlo en una verdad'. Y es que por cuenta de las promesas de campaña incumplidas –empezando por aquella de firmar en mármol que no impondría nuevos impuestos– cada día los colombianos son más escépticos cuando de anuncios presidenciales se trata. Su habilidad para el póker –que se basa fundamentalmente en el engaño a los contendores– lo traiciona a la hora de ocuparse de los asuntos del Estado. Una cosa es blufear a las Farc y otra muy distintas es pretender hacerlo con el país. Mientras las Farc viven del montaje y la mentira, los colombianos han depositado su confianza en el presidente y esperan absoluta transparencia en el manejo de los asuntos del Estado. La frase de Santos de 'yo mismo autoricé que Timochenko fuera a Cuba', debió decirla antes de que se desatara el escándalo y no después. El presidente debió informar al país sobre ese trascendental asunto –obviamente sin entrar en detalles de ningún tipo– y no esperar a que el escándalo le estallara en las manos. Mientras lo primero demuestra transparencia, lo segundo no pasa de ser una viveza de jugador de póker. A un presidente le cobran más las mentiras que los errores.
Ministro Pinzón, ¿el malo de la película?
Pocos ministros tienen una relación tan cercana al presidente Juan Manuel Santos como Juan Carlos Pinzón, jefe de la cartera de Defensa. Pinzón era santista mucho antes de que todos los demás se convirtieran al santismo. Santos lo puso al frente de la seguridad del país porque le tiene plena confianza y porque sabe que difícilmente encontrará a alguien que haga mejor la tarea que Pinzón, quien goza –además– del respeto y el aprecio de las Fuerzas Militares y de Policía. Su vida ha transcurrido dentro de los cuarteles y conoce como pocos los intríngulis de los batallones y las brigadas. Por cuenta del proceso de paz, a Pinzón le tocó hacer el papel del malo de la película. Es decir, mientras todos los miembros del gabinete llevan la palomita de la paz en la solapa, el Ministro de Defensa tiene que mantener la ofensiva contra las Farc. Por eso el episodio de los viajes de Timochenko a La Habana es tan grave: ¿Cómo explicarles a soldados y policías que deben ser implacables contra las Farc, que a diario matan a sus compañeros, mientras el jefe máximo de esa guerrilla goza de todo tipo de gabelas para desplazarse a la isla caribeña? ¿Cómo explica Pinzón a todos los miembros de las Fuerzas Militares y de Policía que mientras su jefe y amigo, el presidente Santos, le exige golpes contundentes a las Farc, autoriza viajes de Timochenko a La Habana, sin que el ministro se entere?
Maduro, ¿facilitador o cómplice de las Farc?
La presencia de Timochenko en Venezuela –hipótesis que tomó fuerza al conocerse de sus viajes a Cuba– no solo dejó muy mal parado al presidente Santos, sino a su nuevo mejor amigo, Nicolás Maduro, quien pasó de 'facilitador de los diálogos' a cómplice de las Farc. Y es que una cosa es actuar como puente en las conversaciones, aportando ideas o soluciones cuando las partes lo solicitan, como ocurre con Noruega, y otra muy distinta es prestar su territorio para refugiar a quienes, desde sus trincheras, ordenan todos los días atacar a la población civil, soldados y policías, así como secuestros, asesinatos y voladuras de puentes y carreteras del país. Mientras que soldados y policías colombianos resultan heridos o mueren en combates con las Farc, el jefe máximo de ese grupo guerrillero duerme tranquilo en Venezuela a sabiendas de que está blindado contra cualquier operación militar. Se trata sin duda de una guerra desigual: soldados y policías mueren en Colombia, mientras Timochenko se acicala su barba en Venezuela.




















