La Ocho, una ‘zona rosa’ que no se gozan los vecinos de la Alboraya

Secretaría de Gobierno y Damab anuncian más presencia de la autoridad en el sector, además de la pronta realización de muchos más operativos de control.
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Una caravana de vehículos con dispositivos de sonido de alta gama se tomó la carrera 8 generando embotellamientos. EL HERALDO
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Secretaría de Gobierno y Damab anuncian más presencia de la autoridad en el sector, además de la pronta realización de muchos más operativos de control.

Son las diez y treinta de la noche del viernes y en la Ocho apenas se ‘calientan los motores’ para lo que será un día más de agite y de bembé, de niñas perfumadas, con escasa ropa y mucha piel al descubierto, de fanáticos del picó, de niños ‘bien’ de cabello engominado y ropa de marca, de salsómanos nostálgicos, de trabajadores buscando un rato de relax o de simples habitantes de la noche.  

La calle es una selva de cemento y de fieras salvajes como…  Atraviesa la bocacalle, ‘a todo  timbal’ la insigne canción salsera que interpretó con maestría el cantante de los cantantes, el fallecido Héctor Lavoe, mezclándose con una tronera de vallenatos inentendibles y un picado de aires africanos  que los presentes celebran pasando la botella de aguardiente de mano en mano.

Este cóctel indefinido de géneros y ritmos entremezclados entre sí, zumbaba a decibeles inconcebibles y furiosos por el corredor de la farra o la llamada ‘zona rosa del sur’ de Barranquilla; o la Ocho, a secas, como todo el mundo conoce esta zona que se ha convertido en uno de los ‘rumbeaderos’ preferidos de buena parte de los asiduos a la farra en Barranquilla.

No es posible equivocarse de lugar. Una furiosa competencia de picós se encarga de no dejarle dudas al visitante: esto es la Ocho.

Mucho ruido. La Alboraya siempre había sido un barrio tranquilo y apacible, habitado por representantes de la clase media y trabajadora de la ciudad. Desde hace cerca de diez años la tranquilidad de los moradores se ha visto afectada por el auge de estaderos, bares y discotecas dispuestos a lado y lado del bulevar de la carrera 8, y desde hace seis se ha venido acentuando, según  informó la misma comunidad afectada por la contaminación sonora, por  problemas de inseguridad y otros inconvenientes inherentes a la rumba que cada fin de semana se toma el bulevar.

“Esto está imposible. Mi mamá, que tiene 87 años, no puede descansar en paz. Se levanta en la noche hasta tres veces. Uno  no sabe ya qué hacer. Yo quisiera que la Alboraya fuera como antes. Esto era mucho más tranquilo, pero con estos estaderos se le perturbó a uno la tranquilidad”, indicó un ama de casa desesperada que, como última medida, decidió poner en venta su vivienda.

Según información entregada por el Departamento Administrativo del Medio Ambiente (Damab), durante este año se han realizado más de ocho operativos en el sector, en atención a las quejas manifestadas por la comunidad debido al exceso en el volumen de los sistemas de sonido  en la zona.

Al salón de eventos La Estación y al estadero Guararé se les impusieron medidas preventivas condicionadas para su funcionamiento, imponiéndoles el cumplimiento de ciertas obligaciones, y se les hace constante seguimiento.
Jackeline Reina, directora del Damab, manifestó que los propietarios deben ir a las instalaciones de la entidad para recibir asesoría sobre cómo hacer control y mitigación de ruido, para no afectar  el ambiente.

“Lo que pasa es que por aquí un fin de semana se llena de gente rara, se orinan las terrazas, parquean las motos, los carros. Uno no puede salir de la casa porque, de una, el olor  a marihuana se siente. Uno vive con los nervios alterados”, explicó un vecino que, como dato curioso, también tiene su casa en venta, una casa que lo vio nacer, crecer y formarse como persona.

Playa baja.  En la Ocho hay ambientes para todos los gustos, estratos e inclinaciones. A pocos metros de la Murillo y frente a la estación de gasolina funciona una de esas plazas  de la cerveza que se ha convertido en un imán para todo tipo de motorizados y jóvenes amantes del picó y de la champeta brava. “La calle se llena de puros pelaos ‘coletos’, que no respetan, pintan y prenden su jugada en plena calle”, dijo otro de los vecinos afectados.

El viernes, este establecimiento fue de los más concurridos: motos en la entrada, en plena calle,  lleno interno total y también en los alrededores.Ocupan también  una parte del bulevar.

La llegada de una patrulla de la Policía logró que se despejara la calle y que buena parte de las motocicletas se ubicaran dentro del local.

“Esto se ha deteriorado mucho por acá. Borrachos formando pelea, robos a las casas y en plena calle. Cogen la calle de parqueadero. Hay de todo. Es como una Sodoma y Gomorra. Hasta en la terraza encuentra uno homosexuales y parejas haciendo sus gracias”,  dijo un vecino ofuscado con la situación.

Josefa Cassini, secretaria de Gobierno Distrital, indicó que  la policía viene haciendo presencia en esta zona y que se seguirá ejerciendo la autoridad en el sector. Según la secretaria, debe prevalecer el bien general sobre el particular. “Vamos a conminar a las entidades descentralizadas, como el Damab, para  continuar con los operativos interinstitucionales y con las secretarías y oficinas del ente territorial. Vamos a ejercer control en este sector .

Un Las Vegas tropical y sin apuestas. Dos cuadras más abajo, el panorama cambia radicalmente. Suntuosas luces estroboscópicas, gigantes de granito custodiando las entradas a  estos paraísos de neón, carros ultimo modelo parqueados en los andenes, escotes sugerentes paseándose entre los autos y que anuncian peligrosos abismos, contrastan con escenas más populares y autóctonas, tales como las que ofrecen los vendedores ambulantes de comida chatarra, confites y cigarrillos, chuzos, chorizos, entre otros comestibles, y que sirven como recordatorio de que esta es, al fin y al cabo, solo una emergente zona de discotecas con pretensiones de suntuosidad.

Al filo de la media noche, una caravana de más de quince autos equipados con sistemas de sonidos de avanzada, rodea la parte ‘in’ de este sector y se instalan frente a las discotecas, generando un caos vehicular por más de treinta minutos.

Solo la intervención de la Policía logró mover a estos ‘gomosos’ del sonido, quienes terminaron de completar esa  amalgama de géneros y ritmos tronando a todo volumen.

Según un taxista lenguaraz, sin pelos en la lengua, lo registrado el viernes es una minucia sin importancia, comparado con el carnaval improvisado que se vive en esta zona un fin de semana que coincida con el pago del sueldo quincenal. “Esto no se entiende entonces. La gente se amontona a lado y lado del bulevar. Se vuelven locas las ‘bandidas’, aparecen los ‘jíbaros’ (vendedores de droga), y la vaina es una locura total”.

Según Diana Amaya, secretaria de Control Urbano y Espacio Público, en el mes de agosto se realizó un operativo en la zona, donde se logró la recuperación de 220 metros cuadrados de espacio público. “A raíz de esa situación, se realizaron varias mesas de trabajo con el personal de Asonocturnos, y de allí salieron unos compromisos. Los afiliados se comprometieron a una autorregulación para evitar la ocupación del espacio público y la no admisión de menores de edad en sus establecimientos comerciales”.

Mientras los rumberos se embelesan en medio de los neones fugaces y desfogan su estrés bajo el embrujo rabioso de los decibeles disparados, a los vecinos más cercanos les toca lidiar con el incómodo ruido y con los ecos de un festejo que no es el suyo. Que nunca lo será.   

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