El Heraldo
Un par de pescadores se aventura a conseguir el ‘pan del día’ en una laguna que ha perdido el 50% de su extensión. Giovanny Escudero
Barranquilla

Sequía y pandillas, los males de Luruaco

La falta de lluvias no ha permitido que se cultive, la sequía en la laguna tiene a los pescadores sin trabajo, y las luchas entre pandillas son los problemas que han convergido y tienen al pueblo del Atlántico al borde de una emergencia social.

Un bus de servicio público intermunicipal se detiene en la calle principal de Luruaco, esa que también es conocida como La Cordialidad, una vía de 143 kilómetros que une a Cartagena y a Barranquilla desde 1982.

Del vehículo desciende un hombre con una palangana repleta de arepas de huevo cargada en sus brazos. Coloca el recipiente plástico sobre una chaza de madera y saca unos billetes arrugados del jean gastado que lleva puesto. Cuenta el dinero y guarda una pequeña parte en una cangurera, junto al resto de las ganancias que ha acumulado hacia las nueve de la mañana.

La otra parte la mete en una bolsa transparente, con la que normalmente se hacen cubetas de hielo, y la guarda dentro de su ropa interior en un movimiento furtivo, mientras observa de derecha a izquierda esperando que nadie lo vea. El motivo de esta acción —relata el hombre — es evitar que le roben todo lo que consiga con la venta del día si llegan a atracarlo. “Es por si las moscas”, como él mismo aclara.

Esa sensación de zozobra e intranquilidad está justificada para el vendedor en las riñas entre pandillas, homicidios, atracos y al microtráfico que ocurren con frecuencia en el municipio.

Ramiro Escobar cuenta, tomándose un respiro mientras pasa otro bus, que se levanta a las 5 menos cuarto de la mañana y ayuda a su madre y a su esposa a acomodar las arepas en la ponchera de plástico verde. Una vez que se ha ajustado la cangurera sale con su producto a “matarle el hambre a conductores y pasajeros que viajan madrugados”.

Por su ubicación, Luruaco es un punto estratégico en la intercomunicación entre Bolívar y Atlántico, lo que lo convierte en un paso obligado hacia el norte de la Región Caribe o el interior del país.

Al estar rodeado por cuatro cuerpos de agua (las lagunas de Luruaco y San Juan de Tocagua, y por las ciénagas de El Totumo y El Guájaro – ver infografía–) lo convierten también en un territorio fértil, apto para la agricultura y la ganadería, además de otorgarle una vocación pesquera.

Escobar afirma que ese “pequeño paraíso” se ha ido acabando desde hace unos años. “El cambio no ha sido brusco, sino que se fue dando poco a poco. Uno se iba dando cuenta pero lo aceptaba mientras no se metieran con uno o con la familia. Ahora las cosas están fuera de control y ya hasta los niños andan en drogas”, señala el vendedor de arepas, que agarra la tazón y se prepara para subir a un nuevo bus.

Este medio ha registrado diversos casos que dan cuenta de la difícil situación que está atravesando el municipio: asonadas, violencia intrafamiliar, homicidios y enfrentamientos entre pandillas. Sin ir más lejos, el pasado 7 de febrero se produjo el primer homicidio del año. En este caso la víctima fue una mujer de 32 años, apuñalada unas 20 veces, presuntamente por su compañero sentimental. En 2015 se presentaron 7 homicidios en esta población, 2 más que en 2014.

Incluso el alcalde, Antonio Roa, se ha visto involucrado en una investigación de la Fiscalía por el delito de peculado por apropiación. Alcanzó a estar detenido el jueves 17 de marzo pero fue puesto en libertad al día siguiente, debido a que los elementos materiales del ente acusador no infieren su presunta responsabilidad en los delitos por los que lo relacionan.

Sin embargo, el problema no es solo en estos temas sino que también la sequía, producto del fenómeno de El Niño, le ha golpeado directamente en diferentes frentes: la falta de lluvias no les ha permitido cultivar para su sustento ni para comercializar, los cuerpos de agua están en sus niveles mínimos y se reproducen pocos peces en ellos, y la laguna, su principal atractivo turístico, está agotada. Estos factores tienen a Luruaco en sus horas más bajas.

Vía La Cordialidad, arteria principal de Luruaco y punto estratégico del comercio en esta población.

La despensa vacía. Un par de pescadores llega a una canoa ubicada en la orilla de la laguna de Luruaco, donde está la bocatoma del acueducto.

Los hombres dejan caer al fondo del bote sus aparejos, consistentes en redes, remos y una nevera de icopor (poliextireno expandido) con hielo, para conservar fresco lo que logren pescar.

Luis Franco Núñez, ex director de Deportes del municipio, los observa debajo de la estructura metálica que sostiene la tubería de 30 pulgadas que abastece de agua a 27.230 habitantes (según la proyección del Dane para 2016). “La laguna de Luruaco está agonizando”, dice el hombre de 49 años, más para sí mismo que para los pescadores, que están lejos para escucharlo.

Con la mirada intenta medir cuánto ha descendido el nivel del cuerpo de agua en los últimos años. “Esto llegaba hasta la base de la pasarela — señala Franco a un punto indeterminado a más de tres metros por encima de su cabeza, lo que daría casi cinco metros de altura  desde el suelo— pero desde hace como 15 años viene bajando”.   

Al estar separado del sistema de ciénagas del río Magdalena, la lluvia es la única fuente que alimenta la laguna. Pero recuerda el dirigente deportivo que desde hace tres años “no cae una lluvia decente, sino puros chaparrones que solo dan más calor”.

La fertilidad de los terrenos del municipio le dieron el título de “despensa del departamento” por los cultivos de arroz, maíz, yuca, caña de azúcar y millo con los que abastecían a Barranquilla y otras poblaciones, como explica Franco. Pero ahora tienen que importar los alimentos de otros departamentos y de la capital de Atlántico: “la yuca está viniendo de Bolívar y el maíz de Sucre, ambos son materias primas vitales para el negocio del frito, del que viven la mayoría de los luruaqueros”.

Luis Franco observa la estructura que sostiene la tubería del acueducto. Asegura que el agua de la laguna llegaba hasta la pasarela de la plataforma, hace unos 15 años.

La economía del municipio está sustentada en la venta de carimañolas, buñuelos, empanadas y patacones rellenos, pero por encima de ellos esta la arepa de huevo. Según datos de la Alcaldía se venden unas 10.000 arepas mensualmente.

La importancia de este producto es tanta que tiene su propio festival el último fin de semana de junio (que se celebra desde 1988 y en 2016 celebra su edición 27), el cual fue declarado patrimonio del Atlántico, aunque el negocio también se ha visto afectado.

“Al traer los insumos de Barranquilla se están cocinando menos fritos, porque sale más caro prepararlos. Eso se traduce en menos entradas para las familias”, indica Franco sin perder de vista a los pescadores que van remando hacia el centro de la laguna.

Su preocupación va más allá del precio, también tiene que ver con la calidad: “el temor es que traigan maíz transgénico y que eso vaya a dar al traste con la arepa'e huevo”, de la que dependen unas 70 familias en el municipio.

Una vaca llega hasta la orilla y bebe con tragos largos. Un minuto, dos minutos. Detrás de ella llega Dairo Santacruz, el encargado de pastorear un grupo de seis bovinos. Saluda a Franco y se concentra en regresar a la vaca al grupo que espera.

“Antes sembraba yuca, ñame, maíz y ahuyama, pero ahora estoy cuidando estos animalitos”, manifiesta Santacruz moviendo  con la mano un machete oxidado para espantar una mosca.

Relata que otros campesinos han aprovechado el retiro de las aguas para sembrar en las orillas y así tener asegurado el líquido para nutrir los cultivos.

“El problema es que lo poco que nace se lo roban. La sequía ha estado tan brava que hasta murieron animales en algunas zonas, por eso los llevan a Bolívar para que coman algo”, cuenta Santacruz y sigue su camino con los mansos bovinos.

De la laguna llega un débil chapoteo. A las 10:30 de la mañana un bote pesquero se acerca con el producto de su faena. Al llegar a la orilla, del interior salta un hombre a tierra firme, cabizbajo. No solo es el “bastimento” el que falta en la ‘despensa’, también los peces escasean en la laguna.

Santacruz camina en la orilla de la laguna, al fondo se evidencia el terreno que ha ido quedando libre de agua.

Germán Gómez cuenta que lleva 30 de sus 43 años consiguiendo su sustento del cuerpo de agua. Es un hombre menudo, de contextura fornida y piel curtida por el sol. Lleva un jean raído, una camiseta de un naranja desvaído, unas abarcas y una gorra roja, cuyos agujeros no le permiten cumplir su función.

El pescador se saca la gorra y se rasca la cabeza mientras mira los tres peces de unos 15 centímetros que reposan en el fondo de un balde negro. Son el fruto de una jornada de cinco horas de paciencia, de buscar en los rincones por donde sabe que circulan los bancos de peces.

“Antes cogíamos de 50 a 60 kilos de bocachico, de lebranche, de lisa, de mojarras lora y amarilla. Esto se veía lleno de vida, con las chalupas moviéndose por todo el agua — recuerda Gómez y señala con su mano intentando abarcar la extensión de la laguna — ahora, cuando mucho pescamos 5 kilos, que solo alcanzan para el consumo de las familias, por lo menos”.

Gómez sube la canoa hasta un terraplén y camina con su magra ‘cosecha’ hacia su casa. Para Humberto Currea, presidente de la Fundación de Pescadores de Luruaco, la historia de Gómez es igual a la de las 250 familias que viven de la pesca en el municipio.

“El espejo de agua tiene unas 446 hectáreas, de las que se han secado más del 50%. Ahora mismo la parte más honda tiene 2 metros, cuando hace unos 25 años eran hasta 15 metros. Igual pasa con la de Tocagua, que solo tiene un metro de profundidad”, afirma el dirigente gremial.

Con el ceño fruncido, Currea afirma que el problema no es solo la falta de lluvia sino la sedimentación de los caños que alimentan la laguna.

Sobre esto, EL HERALDO consiguió una copia de la resolución N°0000912 de la Corporación Autónoma Regional del Atlántico (CRA) que adjudica a Certhab Construcciones S.A.S. “las obras de dragado, de mantenimiento y disposición de sedimentos como medida de recuperación de la capacidad hídrica de la ciénaga de Luruaco ”.

El valor del contrato es cercano a los $521 millones, con un plazo de ejecución de tres meses. La firma del documento se dio el pasado 28 de diciembre, por lo que a finales de marzo se cumpliría el límite de los trabajos.

Humberto Currea asegura que hasta el momento (19 de marzo) no ha visto movimiento de maquinarias ni trabajos en el cuerpo de agua.

Alberto Escolar, director de la CRA, indica que luego de hacerse unas batimetrías en puntos críticos, se van a proceder con la remoción de material, “lo que debería estar arrancando en la tercera semana de marzo o a finales de mes”.

Según el funcionario, el dragado no es el que va a solucionar el problema de agua en la laguna, porque eso solo puede arreglarlo la lluvia.

“El dragado va a mejorar las condiciones de capacidad de embalsamiento y atender el problema de sedimentación en los canales y arroyos que la alimentan” señala Escolar y agrega que el remedio de fondo “es sacar el acueducto del cuerpo de agua y reubicar la bocatoma en el Canal del Dique, y eso solo puede hacerlo la Gobernación”.

Para el director de la entidad ambiental el problema de la laguna es que depende 100% de la lluvia y los habitantes están consumiéndola, lo que genera una presión muy fuerte porque le están sacando el líquido constantemente y no se ha alimentado apropiadamente de precipitaciones en tres años.

“La laguna de Luruaco es como un vaso del que todo el mundo está tomando pero nadie lo está alimentando”, puntualiza Escolar.

Luis Franco considera que la situación climatológica ha acelerado un proceso de deterioro que ya venía dándose en el municipio y que ha ido creciendo poco a poco hasta llegar al estado en que se encuentra actualmente: “una comunidad fragmentada y violenta, con problemas de drogadicción y pandillismo”.

Rosa Montero, una ‘fritanguera’ con 78 años de experiencia, prepara una típica arepa'e huevo con carne molida. El frito es la base de la economía en el municipio.

La bomba social. El dirigente deportivo inicia el ascenso hasta la carretera la Cordialidad, dejando atrás la laguna. Ve pasar un bus de servicio público hacia Cartagena y lo señala, manifestando que esa es la principal fuente de empleo en el municipio y, por tanto, uno de los puntos que debe cambiar.

“La falta de trabajo, de oportunidades y las falencias en el núcleo familiar tienen gran parte de culpa en la situación en la que estamos. Los jóvenes no quieren vender arepas y en este momento es lo único que hay para hacer por aquí”, señala Franco caminando con paso lento hacia el casco urbano.

Humberto Currea coincide con el dirigente deportivo en la escasez de oportunidades y va más allá en su valoración.

“Más del 70% de la población es pobre, eso los empuja a hacer lo que sea para llevar comida a su casa. Aunque eso no los justifica, sin embargo por eso andan atracando y vendiendo drogas como si fueran dulces, porque quieren hacer plata rápido”, expresa el líder pescador.

Un kilómetro más adentro está ubicado el hospital, una casona pintada con una franja blanca encima de una roja. Afuera caminan un par de militares como haciendo ronda, sin importarles el sol de mediodía.

Al entrar a la edificación se encuentra una caseta de vigilancia donde está apostado un policía que examina con la mirada una sala de espera donde están sentadas seis personas.

De uno de los cubículos de consulta sale Rafael Silva, médico que fue dos veces gerente del hospital. El galeno ha tenido que vivir la realidad del municipio desde otro punto de vista: las heridas, las suturas, las cabezas partidas, las puñaladas, los muertos. La sangre que se ha derramado en el centro médico cuenta una historia de violencia.

Silva explica que la situación se puso tan tensa en el hospital que tuvieron que solicitar, desde octubre del año pasado, la presencia permanente de la policía en el interior y la constante vigilancia del Ejército.

“La gente ya no sabe ni estar en una fiesta, tranquilos. Cada vez que hay una verbena termina en pelea. Cuando llegan los heridos de una riña, no hemos terminado de curarlos cuando ya se están atacando otra vez”, cuenta el médico, quien sigue su camino hacia una nueva consulta.

Otro de los doctores que conoce la agresividad de los luruaqueros es Cindy Hernández, quien desde hace dos años trabaja en el centro asistencial.

La médico general está de descanso, a punto de salir a almorzar. Cuenta que las peleas por drogas y el control de los territorios los mantiene en una constante zozobra.

“Afortunadamente no me tocó, pero hace como año y medio llegaron unos heridos de una pelea con machetes. Un compañero estaba atendiendo a un herido, cuando dos hombres entraron a rematarlos en las camillas. Eso fue terrible”, relata Hernández con los ojos completamente abiertos, como si estuviera viviendo la situación.

“Ahora con la Policía la cosa se ha calmado un poco. Los pandilleros hacen dos cosas: o se van a sus casas a echarse café o viajan hasta otros municipios para evitar ser capturados”, detalla la médico general barranquillera.

Un niño llora en los brazos de su madre, sacando de la reflexión a Hernández. La doctora camina a la entrada para ir a comer algo, antes de irse afirma que “la situación está tan crítica que hace 15 días hubo una pelea de dos hombres, creo que por droga. A uno casi le cortan los dedos con un machete”.

Una fuente de la Policía de Luruaco afirma que en promedio los fines de semana se presentan unas 30 a 40 riñas, “lo que da muestra de que la intolerancia es bastante grande”.

La mayoría de las peleas se presentan entre miembros de grupos rivales que quieren hacerse con el control de territorios donde dominan el microtráfico de estupefacientes.
Indica el miembro de la fuerza pública que “hay dos grupos de jóvenes en ‘alto riesgo’, con unos 20 a 40 integrantes, en su mayoría menores de edad”.

El pasado 2 de marzo, Eduardo Verano, gobernador de Atlántico, señaló que la Policía ya tiene identificadas 86 ‘ollas de microtráfico’ en 18 municipios del departamento.

“Los lugares donde se concentran la mayor parte de estas ‘ollas’ son Soledad, Barranquilla, Luruaco, Sabanalarga y hay que poner especial atención a Palmar de Varela”, subrayó en ese momento el mandatario departamental.

Sobre la situación, Antonio Roa, alcalde de Luruaco, considera que el municipio “está enfermo” y que trabajan en un diagnóstico para determinar si debe declarar o no “una emergencia de salud pública por todo el problema de drogadicción”.

El mandatario apunta que los factores que han incidido para la generación de la actual situación son falta de formación, mafias que han ingresado al municipio y escasas oportunidades para estudiar. Por eso asegura que le ha apostado a un programa de resocialización para combatir este tema desde lo social.

Resocialización. Marquesa Morelos es una ex miembro de la Policía y durante varios años fue comandante de la institución en Luruaco. La mujer, nacida en Cartagena, trabaja con la Alcaldía Municipal en un programa para resocializar a jóvenes pandilleros de zonas vulnerables.

La expolicía camina por las calles del barrio San José, segura de que las personas del sector la reconocen por su antigua labor, pero sobre todo por el programa social que realiza.

“Son muchachos que han pasado por una situación complicada y que no tuvieron otra alternativa que dedicarse a delinquir. Ahora estamos mostrándole otro camino”, cuenta Morelos abriendo la verja de una casa.

En el patio la esperan siete jóvenes. En sus caras se adivina la expectación por las noticias que les lleva la mujer y porque esperan a un octavo integrante.

A los 10 minutos llega Carlos, también conocido el ‘pájaro’, con el brazo derecho vendado. Hace 15 días en una riña, casi le cortan los dedos de la mano derecha de un machetazo. Con su lenguaje procaz va contando las peripecias que tuvo que pasar en la pelea, mientras sus amigos disfrutan el relato.

Reunión de expandilleros, con acompañamiento de funcionarios de la Alcaldía.

Afirma que estuvo tres años preso por robarse una moto para un comprarle una cuna a su “pelaíta” pero la Policía lo capturó y, como él dice, se quedó sin nada.

“El hambre es una vaina seria, obliga a buscar la comida como sea, pero ese tiempo en la cárcel me hizo reflexionar. El ‘pájaro’ era malo y ahora quiero salir adelante por mi hija, con el sudor de mi frente”, expresa y se pasa el dedo índice de la mano sana por la frente, quitándose un sudor imaginario.

Relata que desde niño comenzó a caminar con poncheras de marihuana y aprendió a cargar armas. “Desde pelaíto uno se vuelve malo, por eso hay que cuidar a los niños para que no sigan el camino que uno cogió”, enfatiza el joven.

Morelos dice que su historia es como la de la mayoría de los jóvenes que no tienen otra salida y se enganchan en las drogas. Sin embargo, considera que con la voluntad del grupo con el que ya trabajan, es posible que Carlos use sus manos para ser motocrosista, como sueña y no para robárselas; o que Jonathan se vuelva pintor, que Israel y Danilo lleguen a ser vigilantes, que Éver y Sugar manejen máquinas pesadas, y que Luis termine siendo mecánico industrial.

La asesora del municipio espera que tal vez con ellos cunda el ejemplo y más jóvenes encuentren una salida a la mala hora de Luruaco. Así las personas como Ramiro Escobar no tendrán que repartir en diferentes compartimentos el dinero que ganan con su trabajo, por temor a que le quiten todo cuando lo atraquen.

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