El Heraldo
Alejandro Bustamante, taxista de oficio, es un asiduo visitante del Bingo Country.
Entretenimiento

Historias que cantan ¡bingo!

Recorrimos lugares en Barranquilla, Santo Tomás y Soledad donde la cita de decenas de personas con este juego de azar es casi religiosa.

“O- 61, 6-1”, dijo una voz gruesa y áspera, bastante disímil al tono seductor que emplean las modelos de la televisión al leer la lotería. Los asistentes eran capaces de bromear y jugar con varios cartones tachando los números a la velocidad de un rayo. “Bingo”, gritó una mujer que jugaba con los ganchos de su toca. 

Hubo aplausos y miradas poco amigables por igual. “Siempre ganan los mismos, ¡revuelvan bien!”, gritó alguien entre el público que culpaba a la balotera de su mala suerte. 

La feliz ganadora se levantó a recibir su premio, una paca de arroz y una botella de aceite. El Bingo de Ketty en Santo Tomás es el lugar de esparcimiento de las mujeres del pueblo y uno de los más populares en el Atlántico, junto a otros como el de Palmar de Varela o Sabanalarga.  

A varios kilómetros de distancia, en Soledad, otras personas departían en torno a ese juego de azar. En Barranquilla, la reunión fue en barrios, clubes sociales y otros establecimientos comerciales de la ciudad. De norte a sur, los “bingueros” jugaron con optimismo pletórico aunque no se ganaran el premio mayor. 

Una persona juega varios cartones al mismo tiempo. Josefina Villarreal y César Bolívar

El bingo de Tatiana

En la calle 24 con 24, en el barrio La María de Soledad, cerca de 150 personas, en su mayoría mujeres, convergieron en una actividad con la que combaten a diario el aburrimiento: el bingo de Tatiana Montero. 

Tatiana, de complexión robusta y rostro rudo es lo contrario a lo que aparenta. Su alegría la mantiene rodeada de amigas, las mismas que todos los días la acompañan en el bingo. 

“Organizo al año cerca de 350 bingos, los hacemos todos los días, salvo alguna emergencia. Este espacio lo ocupan principalmente mujeres de la tercera edad que no tienen en qué entretenerse. Aquí la diversión es sana”, contó. Cerca de ella, una mujer  de cabello canoso tachaba los números al ritmo que la artrosis en sus manos se lo permitía. 

Helena Altamar, de 80 años, hace más de 30 es jugadora. 

Después de una jornada en el trabajo atendiendo su puesto de verduras y frutas en el mercado de Barranquilla Helena tiene su “recreo”, un lugar en el que olvida las tribulaciones de la vida y la vejez con una sola palabra: bingo. 

Entre risas, Tatiana relató algunas de las anécdotas de sus bingueras, por ejemplo, cuando los esposos van a buscar a sus parejas porque se van a jugar a “escondidas”  o las que al ganarse un premio lo venden a otros participantes para seguir jugando.

“Hay unas que se gastan la plata de la comida en el bingo y después se les forma el problema”, dijo. 

Los cartones cuestan entre 3.000 y 5.000 pesos dependiendo del tipo de bingo y los premios son canastos, vasos, ollas, sillas plásticas,  juegos de cubiertos, entre otros utensilios para el hogar. Además los asistentes podrán disfrutar 

“un combo de arepa dulce y gaseosa por solo mil pesos”. 

Bingo country

Adultos, personas de la tercera edad  y unos pocos jóvenes jugaban en silencio en medio de una tensión casi palpable en Bingo Country, ubicado en el norte de la ciudad. 

Alejandro Bustamante, de 55 años, trabaja como taxista. En sus momentos de ocio es arrastrado irrefrenablemente por el bingo del exclusivo sector. 

“Soy ludópata, pero con la diferencia que la mayoría de mis clientes también juegan y yo los transporto”, confesó. 

Alejandro se tomaba un tinto y con la habilidad de un experto jugaba la partida. Su propósito era llevarse el premio de 5 millones y, en el mejor de los casos, el acumulado de 20. 

“Hay gente que es pensionada y viene a matar el tiempo, otros lo hacen de forma ocasional, yo juego a ganar”, manifestó. 

Mientras tachaba las fichas en el tablero digital, una mujer se le acercó con familiaridad. 

—Alejo, me voy después de la simultánea. 
—Listo. —Le dijo—. Terminemos la partida. 

Bingoterapia  

Un grupo de mujeres, exalumnas del colegio María Auxiliadora se reúne todos los jueves para reír, hablar y divertirse en torno al bingo. 

Este ejercicio de relajación y esparcimiento entre amigas lleva por nombre Bingoterapia, un método que emplean hace más de 30 años para recargar energías. 

“Es nuestra forma de sano esparcimiento. Cambiamos de lugar, las reuniones las hacemos en la casa de alguna de nosotras o en Combarranquilla sede Country. Jugamos para divertirnos y además por una labor social, porque lo que recaudamos tiene un propósito social ”, manifestó Sandra de Hernández.

Marina González, colaboradora de este proyecto,  explicó que más de la mitad de estas jugadoras hacen parte del voluntariado de las Damas Rosadas de  San Camilo, quienes junto al padre Cirilo  ayudan a las personas de la tercera edad. 

Un grupo de amigas utiliza la “bingoterapia” para entretenerse . Cortesía

Donde Ketty

En Santo Tomás, una mujer murió jugando bingo.  Dicen habitantes del pueblo que Luz Barrera decía constantemente que iba a jugar hasta el último día de su vida. 

Ella era una binguera frecuente del municipio  pero un día “sintió una sofocación”, mientras jugaba. Horas más tarde falleció en el hospital del pueblo de un infarto fulminante. 

“Ese día ella había ganado”, contó Ketty Salcedo, organizadora del bingo y amiga de la fallecida. 

“Le dije —niña vete para la clínica mira que tu sufres de la presión— y ella cogió una moto, al rato me dijeron que falleció. Fui a la clínica a ver si era verdad y era cierto. Yo le di la noticia a su hermana, que también era jugadora. Desde ahí no volvió más nunca a jugar bingo”, relató.

El bingo de Ketty es un baluarte de anécdotas. Varias mujeres han sido sacadas del local por sus esposos, otras han peleado por los amores de sus vidas y algunas entran al bingo para vigilar lo que hacen sus parejas en la cantina de al frente, donde los hombres del pueblo se reúnen para tomar y departir con sus amigos en medio de un partido de buchácara.  

Al lugar entró un hombre  moreno de camiseta verde que parqueó una moto al frente del local. Se acercó a una mujer que jugaba, él llevaba un mazo de tarjetas que lo identificaban como un pagadiario. Al hablar con la jugadora se devolvió con mala cara murmurando “siempre lo mismo. Para el bingo sí, pero para la deuda no”. 

“¡Bingo!”, cantó una mujer embarazada que se acercó con dificultad a recibir su premio. Un cartón de huevos y tres litros de leche. 

Al verla, Estela Morales Charris, una habitante del pueblo que juega hace más de 30 años, recordó la época en la que ella también iba al bingo con su hijo en el vientre. 

“El bingo estuvo en diferentes etapas de mi vida, cuando estaba embarazada, cuando mis hijos estaban pequeños, en la adolescencia y ahora que son adultos”, contó la mujer que asistió para ganarse el premio mayor, de cien mil pesos. 

Mientras tanto, su hijo,  ahora de 30 años, se asomó a la puerta  y le gritó “oye mamá, otra vez en el bingo. Vámonos a la casa”.

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