Hace poco visité a un viejo amigo que lleva varias semanas enfermo. La situación lo ha mantenido en cama y, por ahora, no puede levantarse por sus propios medios. Hablamos un buen rato, como suele ocurrir en esos reencuentros, recordando viejas historias y compartiendo algunas risas. En un momento de la conversación me hizo una confesión inesperada. En estos días de complicada convalecencia, me dijo, su único deseo era algo muy simple: poder levantarse y darse una larga ducha con agua caliente.

Esa frase se quedó en mi cabeza durante el resto del día. Estamos acostumbrados a pensar que nuestros deseos son siempre grandes o complejos, como proyectos, viajes, metas profesionales o preocupaciones que parecen enormes mientras ocupan nuestra atención. Sin embargo, basta con que la vida se complique un poco para que todo eso pierda importancia. En medio del alboroto que suele acompañarnos a diario —las discusiones públicas, las noticias inquietantes, las urgencias que creemos impostergables— mi amigo no pensaba en nada extraordinario, solo en un acto sencillo, mecánico y trivial.

Ciertamente, la mayor parte de las comodidades que sostienen nuestra vida cotidiana pasan inadvertidas mientras las tenemos a disposición. Abrir una llave y que salga agua, caminar unos pasos sin esfuerzo o comenzar el día con la facilidad de poder prepararnos un buen café son cosas tan habituales que rara vez merecen nuestra atención. Solo cuando se vuelven difíciles descubrimos el lugar que ocupaban en nuestro bienestar. En circunstancias así, la vida recupera una escala más básica, y uno termina por entender que muchas de las preocupaciones que llenan nuestras horas son, en realidad, secundarias.

Tal vez por eso conviene recordar lo que distintas tradiciones espirituales han repetido durante siglos. La vida no siempre mejora acumulando cosas extraordinarias, sino aprendiendo a reconocer el valor de lo que ya tenemos. Esa capacidad de alegrarse por gestos sencillos no parece una gran filosofía, pero a menudo resulta ser una forma bastante razonable de vivir. Visto así, la felicidad aparece en los actos modestos que repetimos sin pensarlo demasiado.

El problema es que esas revelaciones suelen durar poco. Cuando la normalidad regresa, también regresan las prisas, las preocupaciones y esa tendencia tan humana a dar por sentado lo que tenemos a mano. Por eso conviene hacer un esfuerzo consciente por conservar esa perspectiva, incluso en medio del ruido y la confusión que caracterizan estos tiempos. No para vivir con resignación ni con temor, sino simplemente para atravesar los días con un poco más de pausa y atención hacia las cosas que, silenciosamente, hacen llevadera nuestra vida.

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