Con mucha añoranza y alegría, recuerdo cuando, durante mi niñez, convertía el sofá de la sala de mi casa en el Nautilus o en el proyectil del cañón Columbiad, al acostarme en él para leer o, más bien, vivir las novelas de Julio Verne que me compraban y motivaban a leer mis padres, cautivando y haciendo explotar mi imaginación.

Por ello, me es imposible no recordar por estos días a los artilleros del Gun Club, con su pretensión de enviar un proyectil a la luna, con tres pasajeros, en la obra de Julio Verne De la tierra a la luna, publicada en 1865 y que causó tanta admiración por su ingenio y anticipación a las misiones espaciales de siglos posteriores. Recientemente, a través de innumerables reportes de la NASA y de los medios de comunicación, hemos podido seguir la hazaña de los cuatro astronautas (tres estadounidenses y un canadiense) que regresaron a la tierra el pasado 10 de abril, luego de orbitar exitosamente la luna a bordo de la nave Orión.

No se trató de un alunizaje, como se hizo con el programa Apolo hace más de cincuenta años, cuando Neil Armstrong pronunció la célebre frase del “gran paso para la humanidad”, y que teorías conspirativas calificaron de falso, sino de una misión exploratoria de gran trascendencia, que hace parte del programa Artemis y proyecta, entre sus objetivos primordiales, la instalación de infraestructura sostenible en el satélite para futuras inspecciones espaciales.

Como lo expresaron los astronautas durante los diez días de la misión, como es natural, estuvieron en permanente tensión ante el riesgo de una limitación tecnológica y, además, con añoranza por la lejanía de sus familias.

Cuando ellos, para paliar la sensación de soledad, miraban a través de las ventanillas nuestro planeta azul, brillante, hermoso, vivo, en medio del entorno espacial lúgubre que los rodeaba, lo equiparaban con un bote salvavidas colgado en la inmensa negrura espacial, del cual los habitantes de la tierra somos su tripulación pues, para la astronauta Cristina Koch, esta se trata de “un grupo que, pase lo que pase, rema al mismo tiempo, continuamente, con el mismo propósito; que está dispuesto a sacrificarse en silencio unos por otros, que ofrece gracia y también pide rendición de cuentas”.

Que ojalá este mensaje cale a nivel mundial, aun en medio de la agitada realidad geopolítica, invitándonos a unirnos como humanidad alrededor de propósitos loables y trascendentes en la conservación integral de nuestra casa terrenal y las condiciones de bienestar de la humanidad.

@Rector_Unisimon