En el Caribe colombiano decimos que alguien «pela el cobre» cuando muestra lo que realmente es. La frase suele aplicarse a quien logra ocultar durante un tiempo ciertos defectos o guardar algún grado de compostura, hasta que una circunstancia lo deja al descubierto. Ignoro el origen de la expresión, pero la imagen es clara: una superficie brillante que, con el desgaste, pierde el recubrimiento y revela lo que había debajo. Todos procuramos mostrar nuestra mejor versión frente a los demás, lo difícil es mantenerla cuando los hechos nos ponen a prueba.
Pocas situaciones exponen tanto a una persona como una victoria o una derrota inesperada. Mientras la vida transcurre por cauces previsibles, es relativamente fácil disimular, contener impulsos y regular emociones. Pero los grandes triunfos y las grandes decepciones suelen alterar ese equilibrio. Hay quienes saben ganar sin humillar y perder sin culpar a los demás. Otros, en cambio, muestran aspectos de su carácter que hasta ese momento se desconocían o apenas se intuían.
Winston Churchill, que conoció triunfos y derrotas como pocos estadistas del siglo XX, propuso una fórmula sencilla para esos momentos extraordinarios: «En la derrota, desafío; en la victoria, magnanimidad». El desafío no consiste en negar la realidad, buscar chivos expiatorios ni en desconocer las reglas del juego, sino en afrontar la adversidad con dignidad y perseverancia. La magnanimidad, por su parte, es la generosidad de quien gana sin alardes excesivos, la moderación de quien entiende que el triunfo no lo vuelve infalible. No son virtudes fáciles y por eso escasean.
Los discursos pueden ensayarse, las entrevistas prepararse y las apariciones públicas planearse hasta el último detalle. Las reacciones urgentes, en cambio, ofrecen menos margen para la simulación y evidencian rasgos que suelen pasar inadvertidos. Y cuando se trata de quienes aspiran a ejercer responsabilidades públicas, esos rasgos muestran el talante, que puede ser tan importante como cualquier propuesta técnica.
Quizá por eso las horas posteriores a las elecciones del domingo han resultado tan ilustrativas. Algunos parecen no encajar la idea de perder influencia y responden sembrando dudas sobre procedimientos legítimos. Otros, animados por el éxito, parecen convencidos de que ese respaldo justifica elevar aún más el tono de la confrontación. No sé qué ocurrirá en las próximas semanas. Lo que sí sé es que, en momentos como estos, abundan las oportunidades para que las personas revelen su carácter. O, como diríamos en el Caribe, para que pelen el cobre y terminemos de saber lo que podemos esperar de ellos.
moreno.slagter@yahoo.com








