Hace unos días pasé por la casa en la que viví durante mi infancia. Tenía una cita en un lugar cercano, así que aproveché para volver a esa calle y recorrer parte del barrio en busca de paisajes familiares. No los encontré, porque el lugar resultó difícil de reconocer. No quedaba nada de lo que recordaba: ni el árbol, ni las casas vecinas, ni siquiera la lógica del entorno. La casa, de hecho, dejó de ser una casa y hoy forma parte de un lugar de culto; acaso persiste algún recuerdo de las columnas que conformaban su antigua terraza.
La experiencia sugiere una pregunta que va más allá de lo personal. ¿Por qué, en algunos casos, las viviendas dejan de mantener su uso original? En Barranquilla ese proceso es claro. Durante buena parte del siglo XX, el centro concentró la vida urbana, pero con el tiempo perdió su componente residencial a medida que surgían nuevas áreas de expansión. Barrios como El Prado ofrecieron entonces mejores condiciones y mayor atractivo para las familias. Sin embargo, décadas más tarde, El Prado empezó también a transformarse. En cada etapa, el uso residencial fue cediendo frente a otras actividades, dejando atrás edificaciones que ya no encontraban lugar en la dinámica dominante.
Ese desplazamiento responde a varias razones que coinciden en el tiempo. A medida que cambian las condiciones de accesibilidad, densidad y valor del suelo, el uso residencial pierde viabilidad frente a otras actividades. También influye la forma en que se regulan —o no— los cambios de uso. En ese contexto, mejorar una casa existente suele ser menos conveniente que transformarla por completo o destinarla a otra función, lo que acelera la sustitución.
Una consecuencia de ese proceso es que el cambio de uso no siempre se traduce en una mejora del entorno. En muchos casos, las nuevas actividades se instalan sin una adecuación completa de las edificaciones ni del espacio que las rodea, generando desajustes en la escala, en el funcionamiento y en la calidad del lugar, lo que configura paisajes fragmentados.
Es difícil pensar en una reversión de este tipo de dinámicas. Las ciudades necesitan transformarse y responder a nuevas demandas. Sin embargo, dentro de esos procesos hay elementos que podrían ofrecer mayor continuidad. El espacio público es uno de ellos. Aun cuando cambian los usos y las edificaciones, las calles, los andenes y los parques pueden sostener condiciones de calidad que contribuyen a mantener una referencia compartida del lugar. Eso es lo que suele faltar. Allí, más que en las construcciones individuales, es donde parece posible encontrar un margen para que la ciudad no se diluya por completo en cada transformación.
moreno.slagter@yahoo.com








