Lo que hoy viven millones de colombianos habría sido, hasta hace poco, difícil de imaginar. La inseguridad dejó de ser una percepción aislada para convertirse en una sensación generalizada. El miedo se volvió cotidiano y la ausencia de autoridad efectiva inquieta a amplios sectores de la sociedad.

En este contexto, el país reclama lo básico: garantías reales para todos los ciudadanos y el cumplimiento firme, coherente y sin excepciones de la Constitución y la ley.

Pero a la preocupación por la seguridad se suma algo aún más delicado: la incertidumbre institucional. Colombia necesita reglas claras, transparencia y condiciones que aseguren procesos democráticos confiables. La seguridad en las campañas electorales para candidatos, equipos y ciudadanos no puede ser un asunto secundario. Sin garantías, la democracia pierde legitimidad y la confianza en el sistema comienza a resquebrajarse. No es casualidad que ya se hable que estamos en una peligrosa “amenazocracia”.

En medio de este panorama, muchos colombianos sienten algo inusual: el deseo de que el tiempo pase rápido. No por impaciencia, sino por la necesidad de superar un momento marcado por decisiones que generan inquietud en distintos frentes, especialmente en sectores claves de la economía.

Uno de ellos es el energético. Más allá de posturas ideológicas, el petróleo y el carbón han sido pilares del desarrollo económico del país. Debilitar este sector sin una transición seria, técnica y planificada no es una apuesta de futuro: es un riesgo inmediato.

Porque el petróleo no es solo combustible. Es la base de una extensa cadena productiva que atraviesa prácticamente todos los sectores de la economía. Está presente en los plásticos, en los materiales de construcción, en los textiles y en la fabricación de llantas. Hace parte de los productos de aseo, de los empaques de alimentos y de la logística que permite que esos alimentos lleguen a las ciudades.

También es fundamental en el campo, donde fertilizantes, plaguicidas y combustibles hacen posible la producción agrícola. Y en el sistema de salud, donde muchos medicamentos, insumos médicos y equipos hospitalarios dependen directa o indirectamente de sus derivados.

Incluso la infraestructura del país como carreteras, impermeabilizantes y aislantes está profundamente ligada a esta industria. Ignorar esta realidad o debilitar abruptamente el sector energético, sin alternativas sólidas, puede tener consecuencias profundas sobre el empleo, la inversión y la estabilidad social.

La transición energética es necesaria, sin duda, pero debe ser responsable, gradual y basada en criterios técnicos, no en impulsos. Colombia necesita avanzar, pero con equilibrio, sin poner en riesgo lo que hoy sostiene su economía.

El país requiere cambios, pero no a costa de destruir sus bases productivas. La confianza, ese activo invisible pero determinante, toma años en construirse y puede perderse en cuestión de decisiones equivocadas.

Hoy más que nunca, Colombia necesita liderazgo, coherencia y certezas. Porque cuando una sociedad pierde la confianza en su rumbo, deja de mirar al futuro con ilusión y empieza, simplemente, a esperar que el tiempo pase… lo más rápido posible.

@BillyHe42512041