Jesús David Urango, es un sabanero de pura cepa, que por cosas del destino —y del amor—, le tocó irse a vivir al Catatumbo. Sin embargo, Cada año llega al Carnaval de Barranquilla para mostrar su talento, tocando la gaita larga, la corta y la popular flauta e’ millo.
Dice que cuando toca su gaita siente una sensación indescriptible que le recorre de los pies a la cabeza, se le olvida que tiene problemas, que tiene que pagar arriendo, hasta dice que ‘se eleva como una cometa’, que es una comunicación como algo del otro mundo. Eso es lo que él siente y lo que intenta transmitir cuando toca música de gaita, coloca su boca y sus manos sobre el instrumento, logrando que salgan sonidos que le alegran el alma.
Sale todas las mañanas a dar su concierto, no en un teatro, tampoco en un salón de eventos, ni mucho menos en un estadio—que es lo que está de moda—. Él lo hace con mucha más exclusividad: su escenario, son los buses urbanos que atraviesan las calles de Barranquilla.
Como si se tratara del flautista de Hamellin, los buses que recorren la Calle Murillo con carrera 1, se detienen al ver la figura de un hombre vestido de blanco con un pañuelo rojo en el cuello, sombrero ‘vueltiao’ y alpargatas. El bus detiene la marcha y él, de inmediato coloca su pie derecho en el estribo, paga su pasaje, y de una comienza su pregón.
La magia de la gaita
—Cocorocochó… cocorocochó… Buenas tardes, amiguitos, ¿cómo están?
Los pasajeros responden: “¡Muy bien!”
Satisfecho con la respuesta, comienza su presentación:
—Ahora sí, esa es la actitud. Papito Dios nos permitió abrir los ojos. Estamos aquí con vida, ¿qué más queremos? Luchar por ella. ¡Mira! mi nombre es Jesús David Urango, músico folclorista del bello municipio algodonero y gaitero, de gente linda y ‘hablona’, Cereté, en el departamento de Córdoba.
—No vengo a contarles ninguna historia triste de La Rosa de Guadalupe, vengo a expresarte la alegría carnavalera. Mejor dicho, este bus de Sobusa, se va a convertir en una chiva rumbera… esto suena más o menos así.
Entonces coloca su boca y sopla en el portaviento de la gaita, sus dedos tapan y destapan magistralmente los orificios del puntero y mágicos sonidos salen de la gaita, no han pasado treinta segundos cuando los aplausos del público empiezan a sonar, derrochando alegría a lo largo del recorrido.
Poco le importa la incomodidad, pues le toca hacer de malabarista, para no caerse cuando el conductor del bus frena inesperadamente, tan pronto un pasajero oprime el botón del timbre para pedir la parada, o en el momento en el que el semáforo va cambiando de verde a amarillo, entonces el conductor del bus acelera rápidamente para no quedarse detenido, antes que el semáforo cambie a rojo.
Como toda fiesta tiene su Hora Loca, saca de su mochila la flauta e’ millo e interpreta La Puya Loca:
—Esta es la puya loca… esta es la puya loca…mira que te coge, mira que te agarra…del folclorista soledeño Efraín Mejía Donado.
La rumba estalla en euforia al interpretar la melodía Déjame Quieto, que dice:
—Y el ratón estaba comiéndose el queso que estaba guardado encima de la nevera llegó tío gato, lo puso en aprieto y el pobre ratón se metió en la cueva — un tema del maestro soledeño Pedro ‘Ramaya’ Beltrán, que sin duda es uno de los himnos del Carnaval de Barranquilla, convirtiendo así, el bus en una Chiva Rumbera.
El concierto dura menos de diez minutos, debe aprovechar el tiempo antes que los pasajeros empiecen a bajarse del bus, así que termina su repertorio haciendo un recorrido y estirando la mano por todo el pasillo del bus diciendo:
—Mi gente aquí es donde la ‘pueca tuece’ el rabo, porque pueblo que se respete es dicharachero. Como observaron el pasaje vale tres mil setecientos, la intención, como siempre digo, es recuperar el pasaje y un poquito más. Si no tienes efectivo, no te preocupes, que ando modelo 2026. Tengo Nequi, QR, recibo PayPal, Bitcoin, Transfiya.
Si te escaneaste la vista, también estoy recibiendo criptomonedas. Pero si hoy no puedes, pulgares arriba, la mejor sonrisa y que Papito Dios nos dé el don de la sabiduría, éxitos para todos en este día.
Al terminar su presentación, se sienta en uno de los puestos del bus, de su bolsillo derecho, saca las monedas y billetes que recibió de los pasajeros que apoyan su talento, al terminar de hacer las cuentas, se persigna agradeciendo a Dios por la recompensa recibida.
Así finaliza este gaitero su concierto en cada uno de los buses que aborda. Y que todos los años viaja del Catatumbo a Barranquilla, a disfrutar del Carnaval, haciendo lo que más le gusta, tocar la gaita y la flauta e’ millo, para mantener vivo el folclor y llevar el sustento a su familia.
Al mirar por la ventana grita:
—¡Chofe, me dejas en la casa del carnaval!
—Joda créeme esta es mi casa, la Casa del Carnaval, cada vez que vengo a Barranquilla llego exactamente a este pedazo de tierra del Barrio Abajo, y siento como se me eriza la piel, al saber que muchos recuerdos están atesorados aquí.
—Yo no soy de esta ciudad, pero me siento muy barranquillero y orgulloso, porque mira…mira…mira…se me eriza la piel como lo expresa Amparito Grisales…porque como lo dice el lema: El Carnaval, quien lo vive es quien lo goza, y como canta Celia Cruz, La vida es un Carnaval, que hay que disfrutar.
Su inicio en el folclor
Su mamá quería que jugara fútbol, pero a él le encantaba ser músico, así que le tocó, volverse ‘maleta’ jugando los picaditos de fútbol, para engañar a su mamá y dejar la puerta abierta a lo que a él le encantaba, ser un músico.
—Bailando— así fue su inicio en el folclor. Desde los cinco años, hizo parte de los Cumbiamberitos del Sinú, pero por dentro se decía, “esto no es lo mío, seguro que de aquí pego el salto a los instrumentos de viento”.
—Duré ahí como hasta los siete años. Cuando ya vi la oportunidad de coger un instrumento, me incliné por la tambora, la gaita me encantaba verla y escuchar su sonido, pero la veía como algo inalcanzable, porque me parecía difícil poder aprender a tocarla.
Fue su abuelo, quien era un excelente gaitero, quien, al ver su interés, dijo:
—Mijo, ¿quieres aprender a ‘tocá’ gaita? Venga que yo le enseño. Así nació su amor por la música folclórica. Mientras que sus amigos se emocionaban por ir a jugar fútbol en un potrero, él prefería ir a la casa de su abuelo, a ensayar los diferentes ritmos musicales que tiene la gaita.
Llegó a Barranquilla cuando tenía 14 años, sus primeros pasos los logró en el colegio El Milagroso de esta ciudad, hizo parte de la Banda Distrital, también estuvo en los procesos de las Casas Culturales del Distrito.
Dice, que se dio a conocer como músico gracias al maestro Martín Jiménez, quien le da la oportunidad de tocar en una agrupación musical.
El escenario
Su escenario apareció un día en la calle 30 con carrera 8, cuando pensaba cómo conseguir dinero.
—Empecé a montarme en los buses porque vi la vaina crítica, entonces yo me pregunté, bueno, ¿qué hago? Tengo ‘mujé’, tengo una hija, ¿qué hago?, Pedí de cara e’ perro, a mí eso nunca me ha ‘gustao’, pero como los ángeles se aparecen en el momento justo y Dios jamás desampara a sus hijos, un muchacho que estaba al lado mío escuchando lo que yo estaba pensando en voz alta, me dijo:
—Eche, tienes la plata en las manos.
—Yo le respondí ¿cómo así?
—Mira ese bus que viene allá, lo maneja un primo mío, yo le digo que te deje montar y tú armas tu show.
—Ahí, fue mi primera presentación, con los latidos del corazón sonando como tambor, que querían reventarme el pecho, las piernas temblorosas y la cabeza mirando al piso del bus, sin embargo, mis manos agarraron fuerte la gaita y con toda la pasión que siento por ella, empecé a tocar ritmos sabaneros, cuando sentí aplausos y voces de aliento que decían:
—Buena ‘pelao’, ¡buena esa!
—Comprendí que a mucha gente le gustaba lo que hacía, le gustaba el folclor, ese día recibí pocas las monedas, sin embargo, aprendí que si se tiene un talento, se debe explotar al máximo.
—Como todo en la vida, hay días buenos y días malos, muchas veces me gritan:
—Joda ‘pelao’ deja la bulla, que me duele la cabeza y hace mucho calor.
—A pesar de ello, son muchas más las personas que me apoyan y hasta se ponen en pie para ‘bailá y cantá’ conmigo, en momentos así, me siento orgulloso de mi gaita.
Llega la Pandemia
Con la llegada de la pandemia de la COVID 19, le tocó migrar, pues no lo dejaban tocar en los buses, además estaba la política del distanciamiento social y la cuarentena. Fue por esa razón que su emprendimiento para mantener a su familia, había finalizado con el inicio de la pandemia.
Pero este gaitero de manos ágiles y corazón alegre, sabía que debía seguir adelante, es entonces que junto a su esposa toman la decisión de migrar al Norte de Santander, a la zona del Catatumbo, de donde ella es nativa. Allí le tocó cambiar la gaita por el trabajo en las labores del campo, para poder conseguir el sustento de su familia.
El Carnaval de Barranquilla
Dice que a pesar de estar viviendo en el Catatumbo, su pasión por tocar su música en el Carnaval de Barranquilla, lo mantiene atento a la llegada de los precarnavales, así que, cada vez que se acerca el inicio de las fiestas, hace maletas para emprender el vuelo y aterrizar en Barranquilla.
Eso sí, antes debe lidiar con la cantaleta de su mujer, que todos los años le recita el mismo estribillo:
—Tu cómo vas hacer pa’ mantenerte, si ya tu familia no vive allá.
Pero él le responde con una sonrisa de oreja a oreja:
—yo sé que a mí, Barranquilla no me deja morí, gracias a Dios me he rebuscado con la música folclórica y cuando uno en realidad expresa lo que siente y lo trasmite con la música, deja de sentirse como un trabajo; más bien se convierte en un disfrute. En esos momentos siento que no estoy trabajando, sino haciendo lo que realmente amo: tocar la gaita y la flauta e’ millo.


