Nos ha acostumbrado el actual presidente, persona que debería dar ejemplo de cordura, decencia y acatamiento a la ley, a verlo hacer cuanto le plazca. Nunca antes fui testigo de ver a un jefe de gobierno siendo partícipe de un irrespeto y desprecio por la ley. Jamás satisfecho con la Constitución Nacional, la cual ha pretendido reformar en diferentes momentos y que, gracias a la valentía del poder judicial, no ha terminado por convertirnos en regímenes como Cuba o Venezuela.
Un presidente cuyo principal empeño, además de sus desaciertos culposos, es “burlarse de todo un país”, presentándose en estado de alicoramiento y bajo efectos de otras sustancias en televisión, plazas públicas, centros de convenciones e, incluso, en el Congreso mismo; ha irrespetado la dignidad del encargo otorgado por el pueblo colombiano debido a sus payasadas y declaraciones salidas de tono; como aquella donde dice ser el “macho alfa”, o cuando se refiere a Cristo de manera pueril, sin ningún tipo de sustento bíblico, así como el trato ignominioso sobre el clítoris de las mujeres, entre otros despropósitos.
Jamás, en mi condición de ciudadano colombiano, había visto a un presidente que, desde que llegó al cargo —ilegalmente, según muchos consideran—, se haya valido de tanta estupidez y barbaridad jurídica, todas violatorias de los principios rectores de la ley penal, constitucional, civil, comercial y de familia, entre otras, sin que la ley se haya impuesto. Para ello, la morosidad de los órganos judiciales ha contribuido en gran medida, sin lograr detener a una persona que parece haberse impuesto como meta acabar con la credibilidad del pueblo colombiano, en razón de las constantes burlas a la Nación.
Se necesita un alto grado de sinvergüencería y cinismo para tener las agallas de soportar —él lo sabe— el criterio del pueblo que dice gobernar, actuando como si “aquí no hubiera pasado nada”. No ha respetado fallos de las altas cortes, pese a tratarse de decisiones amparadas bajo la égida de la justicia. Tampoco ha respetado decisiones del Banco de la República, como aquellas relacionadas con las tasas de interés; ni decisiones de jueces y de todo tipo de autoridad legítimamente constituida, llegando incluso a cuestionar los software de la Registraduría.
Como si fuera poco, ahora se encuentra en claro apoyo a su candidato, Cepeda, sin acatar las prevenciones hechas por el Procurador, el CNE y el Consejo de Estado respecto de su abierta intervención en política.
Así las cosas, podría decirse que hoy no existe en Colombia una verdadera democracia, sino un gobernante con intenciones totalitaristas y autoritarias, que hace cuanto le plazca. Pero, con la fuerza de la razón —o de la sinrazón— y con la ayuda de Dios, jamás logrará su cometido fascista. Surge entonces una pregunta: ¿eso es lo que quiere Colombia?
Dios bendiga a Colombia en este 21 de junio.
Freddy Otero Juliao




















