Colombia ha sido, sin temor a equívocos, cuna de excelentes oradores a lo largo de su historia republicana: personas con un grado de cultura notable, no necesariamente doctas en materia oratoria, pero sí poseedoras de una capacidad excepcional para comunicar. En sus grandes debates, desde el inicio hasta el final de sus disertaciones, mantenían al auditorio expectante, sumido en el interés por el tema expuesto, gracias a su prosa y elocuencia didáctica.
Un buen orador capta y sostiene la atención mediante la confianza, la preparación profunda y una comunicación clara. Posee empatía, utiliza un lenguaje corporal abierto, domina su voz y se adapta al público para transmitir un mensaje persuasivo y memorable. La autenticidad y la pasión son fundamentales para lograr una verdadera conexión emocional.
Hoy, con nostalgia, observamos cómo esas cualidades han caído en el olvido. Recordamos gratamente a aquellos grandes profesionales de la palabra, cuyas intervenciones eran verdaderamente antológicas: Jorge Eliécer Gaitán, José María Vargas Vila, Roberto Gerlein, Misael Pastrana, entre otros. Verdaderos cultores del lenguaje.
Contrasta esta tradición con lo que hoy presenciamos en los estrados judiciales, en el Congreso y, lo que resulta más preocupante, en el más alto nivel de representación nacional como lo es la presidencia .Se percibe una degradación del discurso público, donde, en ocasiones, se irrespeta al auditorio —ya sea en plazas públicas, en la televisión nacional, en la radio o en otros medios— con intervenciones extensas, poco estructuradas y carentes de contenido sustancial. Se ha ido perdiendo el vocabulario culto e instruido, reemplazado por un léxico pobre que empobrece el debate.
Hoy, ad portas de unas elecciones presidenciales, surge una preocupación adicional. Si no estamos atentos, podríamos enfrentarnos a escenarios aún más preocupantes. Algunos candidatos evidencian limitaciones en su capacidad discursiva, recurriendo principalmente a la lectura de textos y a la crítica constante de sus opositores, sin mayor profundidad argumentativa.
Surge entonces una reflexión inevitable: ¿qué ocurriría si, en un escenario espontáneo —lejos de guiones preparados—, se pusiera a prueba la verdadera capacidad de improvisación y comunicación? Como un discurso en pleno diciembre y Barranquilla, y una necia brisa loca arrebata las hojas del discurso? La oratoria no solo se mide en la lectura correcta de un discurso, sino en la habilidad de conectar, persuadir y sostener ideas con solvencia, incluso en circunstancias imprevistas.
Colombia merece un debate público de mayor altura, donde la palabra recupere su valor, su rigor y su capacidad de construir.
FREDDY OTERO JULIAO





















