La oferta y la demanda agregada permiten entender otra enfermedad colombiana: cuando el Estado intenta estimular la demanda con gasto público, subsidios o crédito barato, puede aliviar una crisis de corto plazo.
Pero si Colombia no produce, si las fábricas no se expanden, si el campo sigue frenado y mover la carga por las carreteras sigue siendo un calvario, el resultado es el de siempre: los precios suben, terminamos comprándole cada vez más al exterior y las cuentas no cuadran. En otras palabras, de nada sirve llenarle los bolsillos a la gente con subsidios si cuando van a la tienda todo está impagable. No basta con dar dinero para consumir; hay que construir un país capaz de producir. Por eso, el verdadero cambio no era financiero, sino estructural: reactivar el campo, apoyar la industria local, invertir en la ciencia y las vías, y darle certezas a quien quiere trabajar y educarse.
Una reforma rural, por ejemplo, no debería medirse solo por hectáreas entregadas, sino por hectáreas formalizadas, tecnificadas, financiadas, conectadas y puestas a producir. La tierra sin crédito, sin asistencia técnica, sin vías, sin seguridad y sin mercado puede convertirse en símbolo político, pero no necesariamente en transformación económica.
Cuando hay incertidumbre, las familias ahorran más, las empresas invierten menos y el consumo se enfría. Esa conducta puede ser racional individualmente, pero destructiva colectivamente. Acá la incertidumbre política, tributaria, regulatoria y de seguridad tiene efectos macroeconómicos reales. No es una simple percepción de empresarios. La confianza se traduce en inversión, empleo y producción. Cuando se rompe, el país no se paraliza de un día para otro, pero empieza a aplazar su futuro.
Colombia todavía no aprende a producir riqueza, aunque tengamos petróleo, carbón, oro, níquel, agua, biodiversidad, tierras fértiles, costas, talento humano, cultura empresarial y ubicación estratégica. Pero no basta con tener. Hay que transformar. No basta con extraer. Hay que innovar. No basta con repartir. Hay que producir. No basta con crecer. Hay que desarrollar. No basta con prometer. Hay que ejecutar.
Hemos confundido durante demasiado tiempo la política económica con el discurso político. El actual gobierno habla de cambio, de justicia, de soberanía, de pueblo, de derechos, de transición, de paz total y de igualdad. Todas esas palabras importan. Pero si no se traducen en productividad, empleo formal, seguridad, inversión, educación, infraestructura, ciencia, agroindustria, innovación y confianza institucional, se quedan en retórica. Y la retórica no baja la inflación, no construye vías terciarias, no tecnifica el campo, no financia pensiones, no atrae inversión y no llena la nevera de los hogares.
Cuando el actual presidente Gustavo Petro hablaba del cambio siendo candidato, yo le creí. Le creí porque necesitábamos cambiar. Le creí porque no se podía seguir aceptando como normal la desigualdad, la exclusión rural, la pobreza, la violencia territorial, la informalidad laboral, la dependencia extractiva y el abandono de regiones enteras.
Pero el cambio que yo esperaba no era simplemente cambiar el lenguaje del poder. No era cambiar los enemigos. No era cambiar la confrontación de un lado por la confrontación del otro. No era cambiar la promesa neoliberal por una promesa estatista. No era cambiar una élite por otra. Yo pensé que el cambio significaba transformar la estructura productiva de Colombia. Pensé que significaba convertir el campo en agroindustria, la biodiversidad en ciencia, la educación en innovación, la juventud en capital humano, el Estado en capacidad de ejecución, la política en confianza institucional y la riqueza natural en riqueza productiva.
Hoy, sin embargo, siento que ese cambio nunca llegó. Llegó el discurso del cambio, pero no la transformación productiva. Llegó la crítica mirando por el retrovisor, pero no una alternativa suficientemente eficaz. Llegó la esperanza, pero no la capacidad de convertirla en resultados estructurales. Y por eso, sigo esperando el verdadero cambio: el de un país que deje de sentirse rico por lo que posee y empiece a volverse rico por lo que produce, inventa, educa, exporta y construye.
Luis Hernán Tabares Agudelo



















