Ramón y Jason, cuyos nombres fueron alterados para proteger su identidad, en la audiencia junto al juez Núñez y la madre de familia.
Ramón y Jason, cuyos nombres fueron alterados para proteger su identidad, en la audiencia junto al juez Núñez y la madre de familia. Josefina Villarreal

Pequeñas causas | El pacto de no agresión entre un tío y un sobrino

Machete en mano y hasta con un garrote, dos hombres se fueron a los golpes luego de la muerte de una mujer, por cuya memoria fueron a conciliar a un juzgado de paz en la ciudad.

Barranquilla

Machete en mano y hasta con un garrote, dos hombres se fueron a los golpes luego de la muerte de una mujer, por cuya memoria fueron a conciliar a un juzgado de paz en la ciudad.

En la mesa del comedor había silencio, a pesar de los sucesos familiares de las últimas horas. Un deceso, que une a muchas familias, terminó separando a la protagonista de esta historia. 

Las pequeñas virutas que quedaban del luto se esfumaron rápidamente en el viento cuando la calma se transformó en tormenta y los gritos reemplazaron a los suspiros. Unos cuántos días atrás había muerto la tía. El viernes pasado, su hermano y sus sobrinos intentaron –sin éxito– hablar por primera vez del tema.

El sitio de encuentro, la casa familiar en donde vivió la difunta, se iba a convertir en un campo de batalla en unos pocos minutos. Un anciano canoso y delgado, hermano de la fallecida, había citado a su sobrina y a sus dos hijos, unos muchachos problemáticos y con vidas también marcadas por la tragedia. Al otro lado del cuadrilátero, igual de flaco pero desgarbado, un joven en sus 20 se mantuvo en silencio ante los primeros reclamos del otro hombre, que lo inculpaba a él por la muerte de la señora.

Al parecer, según contaron los testigos y los protagonistas, el anciano le habría preguntado al otro joven los motivos por los cuales la tía (su hermana) había fallecido triste y resentida. El muchacho, en cuyo historial están incluidos el consumo de drogas y problemas psiquiátricos, se sintió aludido por los comentarios, asumiendo que el hombre le estaba echando la culpa por la muerte de la mujer, que ya venía enferma y con la presión baja desde hace meses.

De repente, como una ráfaga de viento en una costa tranquila, de los reclamos pasaron a los golpes, cuando el anciano se lanzó sobre el joven con los puños en alto. “Tú no eres mi papá. Él falleció hace muchos años y nadie me habla así”, habría sido el comentario de la discordia, luego de los reclamos del hombre mayor. En respuesta, después de tantos años de aprendizaje en las calles, el más joven le propinó el primer puñetazo en el ojo izquierdo. En pocos minutos le conectaría dos más en el mismo punto.

En defensa propia, argumentó el muchacho, habría sido la agresión hacia su tío, que furioso empezó a amenazarlo de muerte, mientras agarraba un barrote de madera y él un machete del patio. “En ese momento de rabia pensé en batearlo, cuando de repente vi que salió de la casa y volvía con un machete”, recordó el anciano, que tuvo que ser controlado por su sobrina, la madre del joven, y otro hombre que llegó a intentar neutralizar la disputa.

Adentro de la casa, el anciano seguía lanzando improperios y amenazas, ahora acompañado por otro adulto, diferente al que intentaba apaciguarlo, y quien llevaba un palo de madera igual que el de su compinche. 

Visto en inferioridad numérica, el joven resolvió lanzarle una piedra al anciano, que recibió el impacto en la pierna. Dos heridas, una en el ojo izquierdo y otra en la rodilla, quedarían como saldo de la feroz refriega. 

Veinticuatro horas después, frente a un juez de paz y reconsideración, en un despacho en el norte de Barranquilla, se verían las caras nuevamente.

—Sí, señor juez, eso fue lo que sucedió apenas ayer —dijo Ramón, el anciano canoso—. Hoy en la mañana yo sentí un impacto de una piedra en el techo de la casa... pero yo no vi que fuera Jason, así que no le puedo echar la culpa.
—Yo no lancé ninguna piedra —irrumpió el joven inmediatamente— si yo a esa hora ya había salido de la casa. Me había salido un trabajito y recogí las herramientas para ir a pintar unas vainas por la casa.
—El señor no está diciendo que usted la arrojó... —fue lo que dijo el juez de paz—.
—Sí sí... yo sé, pero por si acaso. Uno nunca sabe con qué lo vayan a acusar a uno.

En el despacho ya había pasado media hora desde el inicio de la audiencia, y apenas las partes involucradas terminaban de contar los sucesos del día anterior, cuando Ramón, el anciano, y Jason, el joven, se fueron a los golpes y por poco a machetazos y garrotazos. 

El juez de paz y reconsideración, André Nuñez, tenía la misión de conciliar una diferencia familiar que parecía irreparable, pero por la que todos acudieron a esa instancia.

Jason, de 24 años, dejó de consumir cocaína hace siete años. Según contó antes de iniciar la audiencia, probó la droga por primera vez a los 11 años, lo que resultó en problemas psiquiátricos y de comportamiento durante su adolescencia y en la actualidad. A la audiencia acudió con su madre, quien explicó con lágrimas en los ojos que ya no sabía cómo dirimir la situación.

Sentado justo en frente de Jason, por petición expresa del juez de paz, estaba Ramón, quien llegó esa tarde con el ojo izquierdo morado y una herida en su rodilla derecha. El hombre de pelo blanco estaba vestido casi que de gala, con camisa púrpura y pantalón de lino negro. Estaba calmado, pero se notaba triste. Jason, por su parte, estaba molesto, lo que se reflejaba en la forma en que contaba los hechos y en la mirada risueña que le dirigía a su tío cada vez que pronunciaba palabra.
—La misión de nosotros los jueces de paz —intervino Nuñez— es la de reconstruir el tejido social, más allá incluso que la resolución de los conflictos. Para mí en este momento lo más importante es que ustedes puedan volver a estar en un espacio reunidos y no sientan la necesidad de agredirse... de seguir con esta riña.

Ramón y Jason guardaron silencio, pero seguían mirándose directo a los ojos. En el rostro del anciano había tranquilidad, incluso desilusión, pero en el del joven había algo más, un resentimiento que estaba todavía lejos de sanar.

—¿Ustedes estarían dispuestos a perdonarse? 
—preguntó el juez con cautela—.
—Si él me alza la voz, yo se la alzo también. Y si me pega, yo también le pego. Yo lo que quiero es que él no me haga nada y yo se lo juro que me quedo quieto —contestó Jason, gesticulando airadamente con las manos—.

Ramón carraspeó antes de tomar la palabra: —Yo a él no le tengo miedo, pero no quiero problemas. A fin de cuentas nosotros somos familia. A pesar de que ya me jodió, que eso no pase más... porque si me da, yo le doy—.

El juez de paz lucía consternado, pues aunque las dos partes estuvieran conversando y al parecer llegando a un acuerdo, la tensión seguía latente en su despacho y una disculpa se sentía todavía fría y lejana.

—Yo quiero que tú, Jason [y no creas que la estoy agarrando contra ti], entiendas la gravedad del asunto y lo importante que es conciliar en este caso 
—dijo el juez—. Si Ramón quisiera, él pudiera ir a la Fiscalía e imponer una denuncia en tu contra. Tiene las pruebas y tiene todo. Tú pudieras ir preso... ¿no le temes a eso?
—Pfff... —contestó rápidamente Jason— yo solo le temo a Dios.

La madre, desesperada, se llevó las manos a la cabeza. El juez Nuñez guardó silencio por un momento antes de lograr convencerlo una vez más.

—Si tú viniste hoy acá es porque quieres ponerle fin a esto, ¿cierto? —le preguntó—.
—Sí... que él no se meta conmigo y yo lo dejo sano —contestó Jason—. Es más, si me pasa al lado y no me mira, mejor para mí. Si le da la gana de saludarme o no es su problema, pero que no me determine y yo no me meto con él.
—Es justamente lo mismo que yo quiero —irrumpió Ramón—. Yo no quiero tener más problemas con él. 

El juez detuvo por un momento la audiencia para hacer una última pregunta. Más que por protocolo, al parecer lo hizo por curiosidad. Pero también por querer ayudar a reconciliar el problema más allá del simple pleito, en el ámbito familiar.

—¿No se arrepienten de lo que pasó? —preguntó—.
—Yo sé que lo que hice está mal... —dijo Ramón— pero que ni crea que yo no me voy a defender si se mete conmigo.
—¿Yo, arrepentirme? —irrumpió Jason— de lo único que me arrepiento es de que me hayan caído de a dos, porque si están solos yo mismo lo pico con el machete. ¡Es que se lo juro! —gritó— Cuando él me culpó de la muerte de mi tía a mi me dieron ganas de darle machetazos.
—Bueno... Jason, pero tranquilízate, la idea es conciliar y dejar todo eso atrás —le pidió el juez—.
—Sí, sí, es verdad. Vamos a ver si toda esta vaina se cumple. Esperanzado, el juez de paz cerró el expediente e invitó a las dos partes a firmar un acta de conciliación. El acuerdo, un pacto de no agresión, dejaría por escrito lo zanjado en la audiencia que duró un poco más de una hora. Ramón y Jason, tío y sobrino, no debían agredirse más ni propiciar la violencia. ¿Un reto? Sí, pero también la misión que aceptaron ambos para intentar reconstruir su familia.

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