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La gente de mi cuadra | Vivir al lado del zoológico es una “experiencia salvaje”

Decenas de familias han convivido durante años con los sonidos de los animales del escenario, conviviendo así con los rugidos,  graznidos y trinos.

Hansel Vásquez
Panorama de la carrera 68, en la que muchos visitantes parquean para visitar el zoológico de Barranquilla, generalmente, los fines de semana. Hansel Vásquez
Barranquilla

Decenas de familias han convivido durante años con los sonidos de los animales del escenario, conviviendo así con los rugidos,  graznidos y trinos.

La calentura típica de la época de apareamiento fue la que generó en Tantor, el elefante africano, unas ansias irresistibles por salir de su hábitat en el zoológico de Barranquilla. Impulsándose en sus patas gruesas y macizas, capaces de apalancar las cinco toneladas de peso, el animal empujó el muro de concreto que planeaba superar para encontrar –según dicen los vecinos del sector– el amor en las calles de la capital del Atlántico.

La madrugada del lunes 24 de junio de 2002, entre los ronquidos del tigre de bengala y el silencio absoluto de los pájaros de colores, a Tantor se le dio por liberarse. La única escapatoria: romper el muro de contención. Algo, que de no ser por el personal veterinario y logístico del zoológico, habría conseguido.

Para los vecinos –y para la ciudad entera– el escape de Tantor fue un evento apoteósico, amparado no solo en el tamaño del animal, un elefante africano con todas las de la ley, sino por todo lo que trajo consigo: los cuentos y las anécdotas por semanas enteras, con los residentes de ese sector intentando explicar cómo el animal había casi puesto sus patas sobre el asfalto de la calle. Y, en caso de haber sido así, preguntándose qué habrían hecho de verse de frente ante la colosal bestia, o así fuera de haber vislumbrado el reflejo de la luna sobre sus blancos colmillos.

“El elefante se quiso escapar porque, al ser un animal tan inteligente, sintió el olor de una hembra en celo que iban transportando por la calle 76, que es a unos pocos metros de mi casa”, contó Marlene Quant, residente del barrio La Concepción, quien cree –como varios vecinos– que el episodio no fue más que una embestida de amor.

Esta versión, propagada más como rumor que como hecho confirmado, fue –parcialmente– divulgada por las autoridades que acudieron al zoológico esa madrugada del 24 de junio. “Ya son varios los episodios con ese animal, sobre todo cuando está en celo”, fueron las palabras, en aquel entonces, de Reinaldo Niebles, jefe del departamento educativo del zoológico.

Ayer domingo había filas desde temprano para ingresar al zoológico de Barranquilla.
Ayer domingo había filas desde temprano para ingresar al zoológico de Barranquilla. Hansel Vásquez

Tantor, como el centenar de animales que ha residido en el zoológico de Barranquilla, hace parte de la memoria colectiva del barrio La Concepción, en especial de la carrera 68, al estar ubicada justo detrás de las instalaciones del zoo. Un muro de concreto, como el que intentó romper el elefante hace 18 años, es lo único que separa a una decena de familias de la vida salvaje y de las especies que en ella habitan.

Una vez, un chimpancé apareció en la casa de al lado, dijo uno de los vecinos. El ruido de la gente que se había acercado junto a las autoridades del zoo lo despertó en la mañana, casi el mismo barullo que se formó cuando una de las crías de león llegó a otra de las viviendas. Lo quieran o no, la vida del zoo se ha mezclado con su cotidianidad. A tal punto, que ya no se imaginan una vida sin ella.

Es curioso –dicen– escuchar a los animales todo el tiempo. No extraño, pues muchos disfrutan los trinos de los pájaros o los rugidos matutinos del león. En medio de su cotidianidad, saliendo a trabajar o arreglando sus casas, al fondo se escuchan los chimpancés y los otros primates. “Es todo muy normal para nosotros, ellos nos acompañan… nos hacen sentir que vivimos en otro lado”, contó Marlene, quien lleva más de 30 años viviendo en su casa junto al zoológico.

“Acá escuchamos a los leones temprano, o los rugidos del tigre de bengala, que está justo en frente de nuestra casa”, confirmó Álix Delgado, residente de la carrera 68.

“Yo soy muy naturista y me gustan los animales, por eso soy feliz de escucharlos todo el tiempo. La verdad es que no nos molesta. Somos conscientes de que vivimos en una calle especial”, agregó.

Pero esta calle es solo apta para madrugadores, pues los animales no chistan a la hora de levantarse con los primeros rayos de sol. Desde las 6:00 a.m. reportan los vecinos del zoo, los pájaros, los leones y el tigre de bengala son los primeros en levantarse, avisándoles –como un despertador natural– que el día ya empezó. Con el pasar de los años, viviendo sus vidas en torno al zoológico, para estas personas escuchar esta sarta de sonidos salvajes se ha convertido en algo cotidiano, pero no los otros problemas que la presencia de estas instalaciones les ha traído a sus vidas.

“Cuando llueve, o hay mucha humedad, el olor es insoportable… los excrementos de los animales hacen que uno no pueda respirar mucho”, aseguró Marlene Quant, quien contó que, debido a esta situación, su hijo “ha tenido problemas respiratorios toda la vida”.

“Hace 20 años nos han dicho que van a mover el zoológico, que no nos preocupemos. Pero eso nunca ha pasado y, la verdad, así debería ser por los animales, para que tengan más espacio”, dijo.

Para varios residentes de La Concepción, el zoológico debería moverse. No tanto por ellos mismos, dicen, sino más bien por los animales, pues esperan que tengan más espacio. Además, el flujo constante de carros, o los que se parquean en frente de sus casas, les han complicado sus jornadas, relacionadas –sí o sí– con lo que pase detrás de las paredes del zoo.

Buses, taxis y carros particulares se estacionan sobre la carrera 68 los fines de semana, que son los días con mayor movimiento del zoológico. Adicional a los rugidos, graznidos y trinos provenientes del zoo, cada sábado y domingo se suman las risas, los gritos y los sonidos, en general, de los miles de visitantes.

Pero eso pasa durante el día, con las personas que transitan junto al zoológico y le dan vida a la zona. Durante las noches –denuncian– la oscuridad y la soledad de los muros del zoo se han convertido en una “zona de atracos”. Tanto, que “no pueden” salir de sus propias casas.

“Nos toca encerrarnos, porque uno no sabe qué moto o qué persona lo roba a uno. A los pelaos que trabajan por acá les toca correr por esta cuadra, porque se descuidan y los terminan robando”, denunció Álix Delgado.

Pero para ellos, los vecinos de La Concepción, no todo es malo. A pesar de los problemas, “como los hay en todas las cuadras”, vivir cerca del zoológico tiene sus ventajas. La más importante, dicen, es sentir que viven en otro lado. Aún, en medio de sus cotidianidades.

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