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Barranquilla

Entre Pita y Las Tablas se llega a Repelón

Habitantes de dos corregimientos del municipio ubicado en el suroccidente del Atlántico buscan el progreso con la actividad económica de productos que le han dado nombre a estas poblaciones.

Una antigua vía ubicada en las entrañas de Repelón, municipio del suroccidente del Atlántico donde habitan más de 22.000 personas, impide que esta población se comunique directamente con Pita y Las Tablas, dos de sus corregimientos, debido al mal estado en que se encuentra su infraestructura, la misma que está siendo intervenida en la actualidad.

Por lo anterior, los moradores de ambos caseríos se ven obligados a salir del municipio, tras hacer sus diligencias o cumplir con jornadas laborales, tomar la Cordialidad, pasar Luruaco, Santa Cruz y 100 pesos hasta encontrarse en la carretera con 50 casas construidas con tablas de madera, material por el cual se le nombró así hace más de medio siglo al sector asentado en plena pendiente sobre una montaña verdosa.

 

 

 

Las Tablas, un corregimiento hecho con eucalipto y melina

Un picó encendido a alto volumen cualquier día de la semana, sin importar si es lunes, sábado o domingo, es suficiente para poner en ambiente desde las 9:00 a.m. a las familias del pueblo, quienes acostumbran a sentarse en las terrazas de arena de sus hogares para hablar con los vecinos, refrescarse con el aire natural que proviene de las estribaciones o mirar con extrañeza a los transeúntes ajenos a Las Tablas.

Sin importar los 32°C de temperatura que marca el termómetro a esa hora, los más chicos juegan con la pelota en una cancha improvisada con dos piedras que hacen de portería, sobre la misma vía donde de vez en cuando transita un vehículo de cuatro ruedas.

De pronto uno de los infantes, diciendo ser Radamel Falcao García, patea el balón de micro y este pega en una de las tablas de una casa que hace tambalear sin derrumbarse. Tras mantenerse en pie, el peligro ha pasado, pero la dueña amenaza con “decomisarles” el implemento deportivo si no dejan de practicar el fútbol al frente de su casa.

La madera, de la que está hecha la vivienda de 6x8 metros cuadrados, pasó la prueba esta vez y por ello más vecinos se animan a construir con tablas. Es así como en los últimos 20 metros de carretera pavimentada hace siete años se ven esparcidos unos 85 troncos listos para moldearlos.

“No hay recursos para hacer una de material, entonces las elaboramos de tablas, es más fácil y es más fresco”, dice Ludys Macías, mientras una gota de sudor le recorre su piel morena a la altura del rostro.

Pero a esta mujer de 40 años le preocupa que la “necedad” de sus hijos menores de edad ocasionen una tragedia con tan solo un segundo que los descuide, teniendo en cuenta que la madera es un material inflamable.

“Para mí es cómodo vivir en una casa de madera, pero a la vez peligroso porque los niños a veces prenden fuego y se pueden quemar”, explica.

El fácil acceso a la madera se debe al centenar de hectáreas de siembra de eucalipto y melina. Solo en la parcela de Benjamín Goenaga hay 11 hectáreas del primer grupo de árbol mencionado, el cual se espera que crezca durante ocho años para después pasarlo por un proceso de corte, molde, limpieza y darle uso doméstico o trasladarlo a negocios de este tipo en Barranquilla.

“Una docena de tablas se venden en $120.000. En un día, una mula se lleva 27 metros de madera, más o menos 30 toneladas de este material a Barranquilla”, sostiene el hombre de 64 años rodeado de troncos y aserrín.

Aunque con el pasar del tiempo las familias han ido evolucionando la fachada de sus inmuebles. En la actualidad, el 50% son de tablas, el 30% de bloques y el 20% de bahareques, de acuerdo con las estimaciones de los propietarios.

Sin embargo, hay familias que prefieren continuar diseñando sus casas de tablas acompañándolas de creatividad. Como es el caso de Isabel Olivares, quien decoró su fachada con una flor dibujada en esta y con colores verde y azul. Posible gracias a la ayuda de su hijo Román Orozco. “Demoramos tres días en levantar esto”, dice.

Las matas de fique que le dieron nombre a un caserío

Tras pasar por Las Tablas, una trocha es la que conduce a Pita, un caserío habitado por 113 personas, quienes se tardan 10 minutos en carro o en motocicleta para llegar ahí. Sin embargo, en días lluviosos el camino se convierte en barro capaz de atollar cualquier vehículo, por lo que ir a pie los tres kilómetros entre un corregimiento y otro es la mejor opción bajo estas condiciones climáticas.

Sin el uso de los automotores, los transeúntes tardan hasta 42 minutos para llegar al otro lado de la montaña, donde está ubicado el pueblo con nombre de cabuya. Durante el trayecto, solo se escuchan a los campesinos dando machetazos a la siembra para cosechar yuca, aguacate, ñame, mango, entre otras hortalizas y frutas. Además, las vacas y los burros acompañan en el camino que se asemeja con una montaña rusa, debido a sus lomas de barro empinadas.

El visitante primerizo solo cae en cuenta que va llegando cuando escucha el rebuznar de los asnos y la algarabía de los niños, mientras el sol canicular de las 12 del mediodía se asoma entre la espesa vegetación que cubre el camino.

Un monumento a San Roque en la plaza, la misma que fue testigo de la doble incursión del Bloque Norte de las AUC que dejó siete habitantes muertos, recibe a propios y visitantes a diario. Así como las casas de madera pintadas de verde y blanco, una de ellas con la leyenda “Pita es territorio de paz” da muestra de la tranquilidad que se respira en el pueblo desde que el conflicto armado no los volvió a afectar hace 15 años. “El miedo que antes tenía ha desaparecido, pero esos malos recuerdos siguen latentes”, señala Orlando Romero tras indicar que uno de los siete asesinados por los paramilitares era primo suyo.

Se sacude jocosamente emulando a un perro y se prepara para hacer las pitas que saca de la mata de fique, el mismo término por el que se nombró al pueblo hace un poco más de 50 años. Minutos antes había enviado a Milton Rodríguez, un vecino, a traer cinco pencas de dos metros y medio, las cuales crecen a orillas de un manantial.

Se sienta en una banca, toma una penca y corta con un cuchillo afilado los bordes de esta, luego toma un palo de madera y machuca el cuerpo de la mata hasta que la cubierta se va resquebrajando y con ello sobresalen los hilos húmedos que saca poco a poco, al raspar con el mismo cuchillo los restos de la penca, y finalmente tejer los hilos para formar una pita.

“Cuando abrí mis ojos por primera vez, vi a mi abuelo haciendo pita”, dice Ana María Romero, quien se animó a sacar hilos mientras veía a Orlando explicar el proceso.

Solo un metro de pita cuesta $500, según manifiestan los que la tejen en ese instante. Y su uso depende de su grosor. Es decir que una pita elaborada con dos pencas podría usarse para hacer trampas de animales de monte o amarrar gallinas. Mientras que una pita hecha con más de dos pencas podría servir para la confección de mochilas.

Es así como esta actividad permite a las víctimas del conflicto distraer duros recuerdos.

Milton lleva la mata de fique recién sacada de su raíz, ubicada en un arroyo. Jesús Rico
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