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En video | Un veterano de Corea con la mente lúcida y el corazón gigante

Capitán (R) del Ejército, Luis Guillermo Peláez Isaza, recuerda a sus 100 años de vida este conflicto internacional en el que participó Colombia 

Cien años de vida y aún conserva una extraordinaria lucidez mental y un óptimo estado de salud. Se trata del capitán (R) del Ejército Nacional Luis Guillermo Peláez Isaza, quien al llegar hoy a sus 100 años de vida recuerda, como si fuera ayer, su paso por el Batallón Colombia, unidad militar que participó en la Guerra de Corea, conflicto bélico ocurrido desde el 25 de junio de 1950 al 27 de julio de 1953, en la península coreana, mar de Japón y el estrecho de Corea.

En plena pandemia del coronavirus, el capitán Peláez Isaza celebra hoy con sus cuatro hijos, diez nietos y cuatro biznietos la “epopeya” de llegar a 100 años de vida. ¿Cuál es el secreto para alcanzar tan longeva edad? “Mente positiva, sana alimentación, cero cigarrillo, disciplina y, eso sí, tres aguardienticos todas las tardes”, responde vía telefónica este oficial en uso de buen retiro, con una voz de mando bien arraigada en su personalidad.

El capitán en un acto militar.

Su ingreso al Ejército

Recuerda que su ingreso al Ejército se dio cuando estudiaba bachillerato en la Universidad Pontificia Bolivariana de Medellín y un oficial de la IV Brigada que les daba clases de gimnasia les informó que podían ingresar a las filas para regularizar la situación militar. “Me incorporé como soldado para obtener mi libreta. Me amoldé en la milicia y seguí carrera como oficial. Me enviaron a Panamá a hacer un curso con el Ejército de Estados Unidos. Eso fue en 1945 y tenía 31 años de edad. Entré a la Escuela Militar a los 16 años. Me entusiasmé en la vida militar y proseguí la carrera, dice en tono enérgico.

Peláez nació en el municipio de San Roque (Antioquia) en el seno de una familia ganadera. 

Se trasladó a Medellín para estudiar bachillerato. Se graduó como ofi cial del Arma de Infantería mediante decreto 1767 del 27 de julio de 1944, integrando el curso Camilo Torres Tenorio junto con 80 ofi ciales, de los cuales alcanzaron el máximo grado en la jerarquía militar el general Luis Carlos Camacho Leiva, exministro de Defensa Nacional; general Jaime Sarmiento Sarmiento, excomandante del Ejercito Nacional, general Jorge Robledo Pulido, excomandante del Ejército Nacional y general José Joaquín Matallana Bermúdez.

En 1951, en su condición de capitán del Ejército Nacional, fue llamado a incorporarse al Batallón Colombia, en plena guerra de Corea. “Me presenté en Bogotá, nos aplicaron las vacunas requeridas y nos transportaron en tren hasta Buenaventura. En esa ciudad nos embarcaron en un buque de Estados Unidos, rumbo a Hawái, en el Pacífico, viaje que demoró cerca de 7 días. Allí estuvimos cinco días y después salimos en un viaje de siete días más a Corea del Sur. Nos dieron un entrenamiento militar intensivo antes de enviarnos al frente de batalla”, rememora Peláez. 

La despedida con su mamá la recuerda aún con gran nostalgia. “Me dio la bendición y me pidió que nada de lágrimas porque tenía que ir a cumplir con mi deber como soldado de Colombia”, precisó.

Peláez supervisa labores en su finca

Herido en combate

Desde el primer día que salió de entrenamientos, al capitán Peláez Isaza sus mandos superiores lo pusieron en la primera línea de combate. “Eso era tierra de nadie. Veía las posiciones enemigas en medio del fuego cruzado y buscaba siempre la forma de avanzar para sacar a los norcoreanos y chinos de sus trincheras para hacerlos retroceder. No había lugar para el miedo. En un encarnizado combate fui herido por una esquirla de granada en la espalda. Estaba al mando de una escuadra. Perdí mucha sangre, pero seguí en el combate hasta que me evacuaron a un hospital en Tokio (Japón), en donde estuve 32 días recuperándome. Fue un milagro que no me mataran. Después de sanarme, mis superiores me enviaron nuevamente a la línea de fuego. Allí permanecí todo el tiempo”, asegura el capitán Peláez.

Precisa que en esa guerra, el combatiente tenía la obligación moral y física de retirar el cadáver del compañero caído, sin importar nada. “Debíamos tener mucho cuidado porque el enemigo ponía debajo de los cadáveres artefactos explosivos. Los chinos tenían esa táctica. Vi morir a muchos compañeros por ese motivo. Una vez, en un patrullaje, un cabo que envié a buscar a una compañía estadounidense mis lentes de combates, murió en el lanzamiento de unos morteros calibre 91 disparados por el enemigo. Allí, además de él, murieron varios de mis soldados”, recalca el oficial retirado.

A pesar de vivir las atrocidades de la guerra, al capitán Peláez no le quedó ningún tipo de secuela física ni psicológica. Es un hombre disciplinado, se levanta todos los días a las 5:30 de la mañana y lo primero que hace es darles de comer a las aves silvestres que llegan al patio de su casa en el barrio El Prado. Después desayuna, camina varias veces por un pasillo de casi 60 metros de su vivienda, se baña y comparte con sus familiares. A sus 100 años de vida no sufre de ninguna enfermedad, solo aquellas relacionadas con su avanzada edad, como una hipertensión leve, la cual tiene controlada. Camina sin la ayuda de nadie y no se pierde ningún desfile militar en Barranquilla. Una vez solicitó el retiro del servicio activo, Peláez Isaza se convirtió en un empresario dedicado a la ganadería en el departamento del Cesar y a la agricultura con cultivos de palma africana en La Mojana sucreña, a la que antes de la crisis de esta pandemia visitaba periódicamente. Actualmente integra la Asociación Colombiana de Oficiales de la Reserva Activa de las Fuerzas Militares, Acore Seccional Atlántico, creada en Barranquilla en 1962 y presidida por el coronel (RA) Juan Manuel Reyes Méndez.

Está convencido de que la humanidad, especialmente Colombia, saldrá adelante y fortalecida de esta pandemia. “Eso lo lograremos solo con disciplina. Por eso es que debemos permanecer en casa hasta cuando las condiciones nos lo permitan. Acatar las orientaciones de las autoridades y ser solidarios los unos con los otros”, subrayó al dar su opinión sobre la COVID-19. 

El capitán Peláez celebrando con su familia el 31 de diciembre del año pasado.

Por qué se originó este conflicto

La guerra de Corea ocurrió en la Península que lleva ese mismo nombre, entre 1950 y 1953. Se enfrentaron Corea del Sur, apoyada por las fuerzas armadas de varios países comandados por Estados Unidos, y Corea del Norte, apoyada por China y la extinta Unión Soviética. En este conflicto bélico murieron más de 3 millones de civiles y casi el 15 % de la población de Corea del Norte. Se le considera una de las guerras más cruentas de la historia contemporánea.

El 27 de junio de 1950 la ONU formuló la petición de ayuda para las fuerzas aliadas desplegadas en la península coreana. Colombia fue el único país latinoamericano que envió tropas a ese conflicto tan lejano. El 30 de junio de ese mismo año, el gobierno de Laureano Gómez Castro ofreció una unidad naval a las fuerzas aliadas y dos semanas más tarde agregó a su compromiso un batallón de infantería del Ejército. De los 5.100 combatientes colombianos que tomaron parte en el conflicto asiático, 111 oficiales y 590 suboficiales participaron en operaciones de guerra y el resto en la vigilancia del armisticio. El saldo final de la guerra para el Batallón Colombia fue de 639 bajas de combate distribuidas entre 163 muertos en acción, 448 heridos, 28 prisioneros que fueron canjeados y 47 desaparecidos.

Experiencia formidable

De acuerdo con el teniente (R) del Ejército, Ramiro Besada, otro veterano de la Guerra de Corea, de 90 años de edad, este conflicto fue una experiencia que tanto a él como a sus compañeros los marcó durante toda su existencia. Él participó con apenas 21 años de edad, con el grado de subteniente y pertenecía al arma de Artillería. “Para nuestro Ejército fue una experiencia importante porque dejamos una huella de valentía, coraje, combatividad, honor y disciplina. Nuestro Batallón Colombia se distinguió en los dos regimientos de los que formamos parte. Fuimos una fuerza militar estrella y pusimos el nombre del Ejército de nuestro país en lo más alto. Creo que desde este punto de vista, esa guerra nos ayudó a formar nuestro talante como militares”, apunta Besada. Este oficial participó igualmente en combates. Fue comandante de un pelotón de fusileros y en los últimos seis meses que estuvo en el frente de batalla comandó un pelotón de morteros calibre 81 milímetros. Formó parte de la ofensiva de otoño, en 1951, durante una semana, lanzada contra posiciones enemigas. “En una posición de avanzada en la que estuve perdí en un enfrentamiento a un soldado bajo mi mando y tomaron prisionero a mi radio operador. Fueron atacados por una patrulla china”, recalca. 

Besada fue alcalde de Barranquilla en 1986, nombrado por el gobernador del Atlántico de ese entonces, Fuad Char. En esa época estaba la expectativa de la visita a la ciudad del papa Juan Pablo Segundo, una experiencia formidable para él. “Lo conocí personalmente y me impactó por ser un hombre entregado a la causa de Dios”, enfatiza. Tras su llegada al país, se retiró del Ejército y se fue a estudiar a Estados Unidos, donde se graduó de ingeniero civil en 1956. Allá vivió durante diez años. En diciembre de 1965, regresó a Barranquilla, ciudad en la que reside con su esposa e hijos. Asegura que el gobierno colombiano, en los últimos años, ha ignorado a los veteranos de la Guerra de Corea. Hay varios oficiales y suboficiales pensionados, pero la gran mayoría de los soldados no lograron pensionarse. No me pensioné porque me retiré muy joven, de resto ha habido intentos de crear algunos beneficios para los soldados rasos que quedaron lisiados o traumatizados. Pero nada de eso se ha aprobado en el Congreso de la República. Muchos han tenido un final muy triste”, asegura con gran tristeza.  

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