El Heraldo
Esta es la fila que forman los jóvenes con discapacidad visual, mientras hacen el recorrido por la calle 41 para llegar a la carrera 41, en el Centro, donde está el restaurante. Josefina Villarreal
Barranquilla

El ‘tren humano’ de los discapacitados visuales en el Centro

Entre 5 y 8 jóvenes con limitación visual forman una fila para trasladarse en una ciudad que, en su infraestructura, es poco amigable con ellos.

Al filo de las 12:00 p.m., desde la esquina de la carrera 41 con calle 41, en pleno Centro de Barranquilla, se logra observar a cinco jóvenes provenientes de la carrera 43 sobre la misma calle formando una hilera, ante la mirada atenta de los transeúntes de la zona.

Las gotas de sudor recorren las mejillas de los miembros del grupo, producida por los 32°C de temperatura, 72% de humedad aproximadamente y el sol canicular apostado en todo lo alto del cielo despejado y teñido de azul, propio en esta época del año.

Sin embargo, no se les ve intranquilos por el factor climático. Por el contrario, vienen sonrientes y muy charladores, mientras se agarran del hombro del compañero que va adelante, a excepción de la persona que encabeza la fila. 

Se mueven coordinados en los pasos que dan sobre el andén porque el tropiezo accidental de uno podría ocasionar la fuerte caída de todos. En ese sentido, el ritmo en el andar del colectivo es lento, pero seguro.

Un miembro del restaurante atiende al grupo en condición de discapacidad visual. Josefina Villareal

El recorrido, a la distancia, podría generar confusión en quienes lo observan, pensando que es una ronda infantil móvil. No obstante, los curiosos se percatan de que es todo lo contrario: un ‘tren humano’ que traslada a sus ‘tripulantes’ con discapacidad visual hacia un restaurante cercano.

Pertenecen a Fundavé, una fundación que desde hace 18 años trabaja por la inclusión de personas en condición de discapacidad visual, a quienes capacita gratuitamente en diversas técnicas de rehabilitación, entre ellas la de movilidad. Actualmente tiene a 289 usuarios. 

El líder de la fila no es improvisado, se destaca por su facilidad al momento de desplazarse por la calle, a pesar de su condición visual. El papel que este cumple por ser el primero es fundamental para evitar el colapso de los demás: indica el destino con su voz y así ubica a los demás con el sonido que produce, si alguno llega a salirse de la formación.

Recientemente fue Roy Duque el que ocupó esta posición. Con 34 años y de estatura mediana tiene catarata congénita desde que nació, pero aún alcanza a percibir colores en su ojo izquierdo.

“En el día no uso el bastón, sino de noche, que es cuando la visibilidad ya está en un punto más reducido. Yo me guío por el color del bus. Y para llegar a mi casa tengo puntos de referencia. Sigo los letreros grandes, los colores de los edificios. Con eso me voy guiando. Si voy por primera vez a un sitio, sí me guía una persona”, explica Duque.

Un transeúnte ayuda al grupo a pasar la calle. Josefina Villareal

Antes de arribar al restaurante, el sendero peatonal se torna peligroso cuando se cruzan con una rejilla de alcantarilla, un poste, vehículos parqueados sobre el sendero peatonal y el descenso de los andenes sin rampa.

Lo anterior lleva a considerar a Roy, a Carlos Vergara, a Daimeth González, a Andrea Acosta y a Jesús González, integrantes de este ‘tren humano’, que Barranquilla, especialmente el Centro, no es amigable para con las personas que presentan este tipo de discapacidad.

Precisamente Daimeth, de 22 años y quien tiene retinopatía del prematuro, relató que su compañero sentimental, Saulo Romero, sufrió hace pocas semanas un accidente cuando lo atropelló una carretilla conducida por un hombre.

“Él iba caminando en la mañana por un sector que no tiene andén y la carretilla lo estrelló. Le dañó el bastón y le ocasionó una herida en la frente”, dice la novia de Saulo, quien tiene 24 años.

Tras 15 minutos de recorrido, llegan al restaurante ‘La Plaza del Sabor’, local comercial que identifican por el olor de los alimentos, la entrada sin obstáculos y por “el borde de la vitrina” donde venden cruasán, empanadas, entre otros productos harinosos, según manifiesta Daimeth mientras sonríe y toca esa parte del mostrador.

Como sus visitas al establecimiento las hacen con frecuencia, la atención que les brinda el personal es “común y corriente” a la atención que les prestan a los demás comensales, de acuerdo a lo manifestado por la administradora, Yaneth Triana.

Al escoger la mesa donde darán gusto a su apetito, desarman el bastón dividido por el mango, la caña y la puntera. Este ejercicio lo hacen con el apoyo en forma vertical, porque si lo hacen horizontalmente “pueden herir a la persona que tienen más cercana”, explica Lía Soto Hernández, fisioterapeuta especialista en rehabilitación cardiopulmonar, quien los vigila con recelo durante todo el recorrido.

Instantes después les sirven a cada uno su plato preferido: sopa con arroz o una ‘corriente’. Treinta minutos después quedan satisfechos, pero con ganas de seguir hablando de la película o novela que ‘vieron’. “Me llaman la atención porque menciono el verbo ver, pero yo insisto que ‘veo’ con el resto de los sentidos”, dice la joven Daimeth.

Por su parte, Carlos apoya lo dicho por su compañera y agrega que “hacemos actividades como cualquier otra persona, pero con características diferentes”, sostiene.

En total, comparten sus tertulias durante una hora en el mediodía, pagan lo consumido, arman el bastón y se dispersan en la esquina de la calle 41 con carrera 42, destino final de ese ‘tren humano’ hasta un próximo ‘abordaje’.

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