Compartir:

Seguramente usted ha visto en redes sociales unas frutas caminando, hablando, peleando entre sí como si protagonizaran una novela. Un plátano que engaña y una fresa que reclama. Puede parecer un contenido ligero, incluso absurdo, pero detrás de esas escenas hay una lógica mucho más estructurada de lo que aparenta.

Las llamadas frutinovelas, creadas con inteligencia artificial, no son solo piezas de entretenimiento rápido. Están construidas sobre la base del conflicto. En pocos segundos presentan una situación reconocible como infidelidad, celos, discusiones y la llevan al extremo.

Lo que más se repite en estas historias no es el humor, sino el tipo de relaciones que muestran. Vínculos marcados por la toxicidad, estereotipos exagerados y escenas cargadas de tensión emocional. A eso se suman elementos sexualizados y mensajes que, aunque disfrazados de parodia, terminan normalizando ciertas conductas.

Para Santiago Reyes, experto en Mercadeo Digital, la explicación está en cómo funciona la atención en redes. El contenido que genera emociones intensas (ya sea risa, incomodidad o indignación) tiene más probabilidades de viralizarse. No porque sea mejor, sino porque activa respuestas rápidas en el usuario.

Lea: “No había mejor escenario que Barranquilla para grabar ‘Algo tú’”: Shakira

“Las plataformas digitales han aprendido a leer esas señales y por eso son relevantes. Algo similar pasa con el contenido de escándalos, cachos, peleas, conflictos de famosos, no famosos; son temas que generan dopamina efímera”.

Además, aunque los personajes sean irreales, las emociones no lo son. Las situaciones que presentan forman parte del imaginario cotidiano. El usuario no necesita entenderlas porque ya las reconoce.

La infidelidad, el drama y la tensión son el cóctel de emociones que generan las frutinovelas.

Ahí es donde entran los algoritmos. Es el filtro que decide qué se queda y qué desaparece. Según explica el experto en mercadeo Santiago Reyes, todo gira alrededor de la permanencia. Cuánto tiempo se queda el usuario, cuántas veces vuelve, qué tan conectado se mantiene con una historia.

“El escándalo del día, la foto comprometedora, la pelea entre celebridades, el chisme viral produce números espectaculares por 48 horas. Impresiona en el reporte, pero el usuario lo consume, lo procesa y sigue de largo. Entonces es algo relevante en cifras, pero invisible en impacto real. Entra por un lado y sale por el otro sin dejar absolutamente nada”, expresó Reyes.

¿Contenido inofensivo?

Con colores vivos, voces llamativas, gestos exagerados. Todo parece ligero, incluso infantil, pero ahí, justamente en esa apariencia inofensiva, está una de las claves del fenómeno. De acuerdo con la psicóloga Tatiana Martínez, el uso de figuras humanizadas y estéticamente “tiernas” reduce la percepción de riesgo.

“El contenido no se ve problemático a simple vista, y eso hace que tanto adultos como menores bajen la guardia. Se consume más, se cuestiona menos. Y en ese consumo los mensajes entran sin resistencia”.

El problema no es solo lo que se ve, sino cómo se interpreta. En el caso de niños y adolescentes, el contenido no es únicamente entretenimiento. Los personajes, por más absurdos que parezcan, funcionan como modelos de conducta cuando resultan atractivos o divertidos.

“Ahí aparece un punto delicado. Muchas de estas historias normalizan dinámicas que, en la vida real, serían señales de alerta. Relaciones donde el control se presenta como cuidado, los celos como una forma de amor, la vigilancia constante como interés genuino. Incluso las burlas o los insultos, disfrazados de humor, se integran como formas válidas de interacción”.

Lo que advierte la psicología es que, al repetirse constantemente, estas narrativas pueden distorsionar la forma en que se entienden las relaciones. El afecto empieza a confundirse con posesión, la dependencia emocional con compromiso, y la agresividad con una simple “broma”.

Lea: Arte y tradición honraron a Delia Zapata Olivella en Barranquilla

“El riesgo aumenta porque este contenido no suele tener filtros claros ni mediación adulta. Circula libremente, se reproduce de forma automática y llega a audiencias que aún están formando sus criterios sobre lo que es una relación sana”.

El impacto es aún más delicado en niños y adolescentes. Ellos no solo consumen contenido, sino que también aprenden de él. Los personajes que les resultan atractivos o divertidos se convierten en referentes. Y si esos personajes normalizan actitudes posesivas o dependientes, existe el riesgo de que esas conductas se repliquen.

A esto se suma otro elemento frecuente en este tipo de contenido y son las burlas y los insultos disfrazados de broma. Aunque parezcan inofensivos, terminan influyendo en la forma en que las personas aprenden a relacionarse con otros.

“Poco a poco, lo que debería generar incomodidad deja de verse como un problema, y ahí está el punto clave”.