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La democracia colombiana se juega su suerte hoy en las urnas. Decirlo no es un lugar común. Es una posibilidad latente y peligrosa. Cerca de 41 millones de colombianos podemos decidir si alejamos para siempre al país de un oferta electoral totalitaria, que arrasaría con los débiles cimientos de nuestros valores democráticos, o apostamos por encauzar de nuevo a Colombia por el respeto a la Constitución y la ley.

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Para que Colombia no se arroje por el despeñadero del caos institucional es necesario derrotar de manera contundente y aplastante a quien encarna la continuidad de un proyecto político nefasto y abusivo como el de Gustavo Petro.

Con su impune y desvergonzada participación indebida en política –que cerró con “broche de oro” el pasado viernes en Barranquilla– Petro reafirmó lo que era un secreto a voces para buena parte del país: que se rige por principios ajenos al respeto por las instituciones y que su talante está lejos de ser democrático.

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El candidato del Pacto Histórico, Iván Cepeda, heredero político de Petro, ha prometido continuar con el legado antidemocrático de quien ahora funge como su “jefe de debate”. Prueba de ello es el silencio ensordecedor de Cepeda ante todos los abusos cometidos por el mismísimo presidente de la República, quien ostenta la dignidad de la jefatura del Estado.

Ante esta arremetida del petrismo radical contra las instituciones la única respuesta está en las urnas. De todos los aspirantes a la Presidencia el único que compromete la suerte de nuestra democracia es Cepeda. Nadie más. Su respaldo a una asamblea constituyente significa –ni más ni menos– empezar a escribir la historia de un régimen totalitario en Colombia, como en su momento lo escribieron Venezuela, Cuba y Nicaragua. Todas esas dictaduras violadoras de derechos humanos y libertades individuales y colectivas fueron refrendadas en las urnas.

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Una vez consolidada la cooptación de las instituciones en Colombia no habrá vuelta atrás. Petro le está marcando el derrotero a Cepeda y también ha notificado hasta la saciedad al país. Ya anunció que a partir del 7 de agosto se pondrá como tarea sacar adelante una asamblea constituyente cuyo fin último será –¿alguien lo duda?– la perpetuidad del “cambio” en el poder y el inicio de una hegemonía política sin antecedentes. Eso es lo que los colombianos nos estamos jugando hoy en las urnas.

Durante sus cuatro años de mandato Petro debilitó como ningún otro presidente al Estado colombiano. Nuestra seguridad está hoy más comprometida que nunca. Con su fallida y absurda paz total –que Cepeda prometió continuar al pie de la letra– Petro entregó el Estado colombiano a los bandidos. Los criminales están hoy más empoderados que nunca. En manos de Petro el Estado claudicó ante los delincuentes. Ese es su verdadero legado. Petro humilló al Estado colombiano con su fallida paz total. Hoy los colombianos sabemos muy bien que no hay Estado que nos defienda ante la arremetida de los delincuentes. Ello es así porque Petro convirtió en “gestores de paz” a quienes a diario extorsionan, secuestran y asesinan a millones de colombianos inocentes.

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Las dictaduras modernas no nacen de golpes de Estado, como en el siglo pasado, ni se imponen con tanquetas blindadas. Hoy nacen en las urnas. Son “elegidas” por votantes ingenuos y bien intencionados, quienes apuestan por “cambios”, ignorando las enormes orejas del lobo que está detrás de esas generosas y populistas ofertas.

¿Por qué está en juego hoy la democracia en Colombia? Veamos:

¿“Despedida” de Petro de la región Caribe o descarada campaña a favor de Cepeda?

Petro se burla de los mandatos de las altas cortes porque sabe que puede actuar con absoluta impunidad. El Consejo de Estado –ante la alcahuetería de otras instituciones– le ordenó abstenerse de participar en política. Pero esa orden expresa le importó un comino. Estuvo en Sincelejo, Cartagena y Barranquilla, “despidiéndose”, según el ministro Benedetti, pero –sobre todo– haciéndole campaña al candidato de la “vida” (Cepeda) y atacando a los candidatos de la “muerte” (Abelardo De la Espriella y Paloma Valencia). Todo ello delante de las narices de la Procuraduría General y otros organismos de control.

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Al tiempo, aprovechó para inaugurar obras licitadas, contratadas e iniciadas por Iván Duque. Ni vergüenza le da apropiarse con fines electoreros de obras que vienen de gobiernos anteriores. Petro está en campaña y a nadie parece importarle. Anuncia obras y contratos que favorecen a sus financiadores –hoy más multimillonarios que antes de Petro– sin que nadie diga nada. Todo lo normalizó, incluyendo la corrupción. Punto.

Elegir a Cepeda es abrir las puertas a un régimen totalitario

Ante el peligro que corre la democracia en Colombia, nuestra respuesta en las urnas debe ser contundente. Elegir a Cepeda es abrir la puerta a un régimen totalitarista, que destrozaría los principios democráticos de Colombia, arropado en una asamblea nacional constituyente. La gran incertidumbre de muchos votantes radica en que Cepeda jamás descartó la no convocatoria de una constituyente. Siempre evadió con astucia ese delicado asunto.

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Habló de convocar un “acuerdo nacional”, pero lo condicionó a una constituyente, en caso de que dicho acuerdo no llegue a feliz término. Es apenas obvio que cuando Cepeda ponga sobre la mesa sus puntos del acuerdo nacional –que podrían comprometer la suerte de instituciones y la supervivencia del sector productivo, entre otras iniciativas– dicho acuerdo fracasaría. “Como no aceptaron mis propuestas, que son las del pueblo, entonces se hace necesaria la Asamblea Constituyente”, dirá a manera de justificación. Justo en ese momento tomaría de nuevo vigencia la figura de Petro, como abanderado de la convocatoria. A eso apuestan Petro y Cepeda. Y eso mismo es lo que está en juego en las urnas hoy. Está en nuestras manos salvar la democracia. Es quizás la última oportunidad.

¿Adiós a la Junta del Banco de la República y al Consejo de Estado?

Al candidato Cepeda –al igual que Petro– le incomodan las instituciones, que son soporte fundamental de toda democracia. Planteó abiertamente la desaparición del Consejo de Estado, el mismo del que Petro se burla. El mismo cuyos fallos –como el que le ordena no participar de forma indebida en política– se los pasa por la faja. Para no tener que pelear con el Consejo de Estado, Cepeda prefiere eliminarlo. El Banco de la República también es una piedra en los zapatos de ambos. Petro quiere acabar con la independencia de la Junta del Emisor, solo porque le hace contrapeso –amparado en la Constitución– a todos sus desmanes. Cepeda piensa igual. No quiere un Banco de la República independiente y autónomo. Solo le sirve si se presta a todos sus desvaríos relacionados con el manejo de la política monetaria y el control de la inflación. Con Cepeda es muy probable que la función principal del Banco de la República desaparezca. En una asamblea constituyente petrista, ambas instituciones tendrían sus días contados. Y ello será así por la sencilla razón de que Petro y Cepeda no aceptan que ejerzan su función de control a los abusos del poder del Ejecutivo.

Asamblea Constituyente, la carta de Petro y Cepeda para sepultar la democracia

Llama la atención que quienes ejercieron por décadas oposición en Colombia –con plenas garantías, tantas que uno llegó a ser presidente y el otro está a punto de serlo– desprecien tanto el control y vigilancia que ejercen quienes se oponen a los gobiernos de turno. Para Petro, todo ejercicio democrático de control por parte de instituciones y opositores no es más que un “golpe de Estado”. Toda decisión en su contra es un “bloqueo institucional”. Y ante el hartazgo que le producen esos legítimos contrapesos, prefiere eliminarlos. ¿Cómo lo piensa hacer? Con una asamblea constituyente petrista, que otorgue plenos poderes al progresismo, como en su momento le otorgaron en Venezuela al chavismo. Una presidencia de Cepeda sería –sin duda– la vía expedita para perpetuar el petrismo –con todo lo nefasto que resulta para la democracia– en el poder. Ni siquiera el nuevo Congreso tendría el valor y la voluntad de oponerse a esa iniciativa tan peligrosa como antidemocrática. Está visto que la “mermelada” puede con todo, cuando se trata de aceitar al Congreso. Que lo digan el petrista “decente” Olmedo López y compañía, en tiempos de la tristemente célebre Ungrd.