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El 2026 se perfila como un año en el que la crisis ambiental dejará definitivamente de ser un concepto técnico para hacer parte de la vida cotidiana. El cambio climático ya se siente en las olas de calor más intensas, en las sequías prolongadas, en los incendios que arrasan territorios y en las lluvias que llegan tarde o con furia.

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Los expertos indican que además de reducir emisiones, se debe aprender a convivir con un clima que ya cambió y proteger a las poblaciones más expuestas. A ese panorama se suma el agua, cada vez más escasa y disputada. Agricultura, turismo, industria y consumo doméstico también se ven amenazadas.

Pero uno de los puntos más sensibles será la pérdida acelerada de biodiversidad, un fenómeno que atraviesa todos los frentes ambientales. Para el geólogo Nelson Rangel, sus consecuencias van mucho más allá de lo ecológico y tocan directamente la seguridad alimentaria. “Desde el punto de vista de la seguridad alimentaria, la biodiversidad es la base de la productividad y estabilidad de los sistemas pesqueros y agrícolas”.

Rangel explica que en los ecosistemas marinos y costeros esta diversidad resulta clave para sostener la vida y la alimentación de millones de personas. “En ecosistemas marinos y costeros, una alta diversidad de especies garantiza redes tróficas funcionales, poblaciones más resistentes a enfermedades y mayor capacidad de recuperación frente a eventos extremos”.

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Y añade que cuando esta diversidad se reduce, “las pesquerías se vuelven más frágiles, menos productivas y más impredecibles, afectando directamente el acceso a proteínas de millones de personas en regiones como el Caribe”.

La relación entre biodiversidad y salud humana es otro de los puntos críticos. “En términos de salud humana, la biodiversidad cumple un rol clave en la regulación de enfermedades. Los ecosistemas diversos actúan como barreras naturales frente a patógenos, pero cuando estos se degradan, se alteran estos equilibrios y aumenta el riesgo de enfermedades transmitidas por agua, vectores o alimentos contaminados”.

Impacto en el Caribe

Lo que ocurre hoy en territorios como el Caribe colombiano es la confirmación de un proceso en marcha. “En regiones tropicales y costeras como el Caribe colombiano, el cambio climático ya está generando impactos directos, medibles y acumulativos sobre los ecosistemas y las especies. No se trata de escenarios futuros, sino de procesos en curso”, expresa Rangel.

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Uno de los efectos más visibles es el avance del mar sobre la línea costera. “El aumento del nivel del mar y la intensificación de la erosión costera están provocando la pérdida acelerada de playas, dunas y manglares”.

Y en el mar, el incremento de la temperatura del agua está alterando profundamente los ecosistemas marinos. “En los arrecifes coralinos se observa blanqueamiento recurrente, pérdida de cobertura viva y disminución de la biodiversidad asociada”.

La alteración del régimen de lluvias es otro de los síntomas del clima que cambia. “Las sequías más prolongadas y los eventos de precipitación más extremos afectan estuarios, lagunas costeras y manglares”.

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Archivo El Heraldo

¿Estamos preparados?

El reloj de la naturaleza no corre al mismo ritmo que el del cambio climático. Esa es una de las principales advertencias que hace la ingeniera ambiental Beatriz Ferreira al analizar si la sociedad está preparada, desde lo biológico, para adaptarse a un clima que ya cambió.

“Si miramos la biología como una ciencia pura, como la conocemos, la respuesta es no. La fauna, la flora y los ecosistemas operan con un reloj lento. La evolución tarda miles de años en generar cambios significativos, como que un animal desarrolle más pelaje o aprenda a sobrevivir con menos recursos”.

El problema es que el cambio climático no siguió ese ritmo natural. “El cambio climático ocurrió demasiado rápido, en cuestión de décadas, desde la Revolución Industrial hasta hoy. Por eso vemos aves migrando a destiempos o especies que poco a poco comienzan a estar en peligro de extinción porque no alcanzan a acostumbrarse a las nuevas dinámicas actuales ni a los cambios bruscos de temperatura”, explica.

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¿Y ahora qué se debe hacer?

Frente a este panorama, el geólogo Nelson Rangel llama a dimensionar la responsabilidad individual. “Ningún ciudadano puede resolver el problema por sí solo, pero tampoco es cierto que no tenga ningún rol. Qué consumimos, cuánto consumimos, cómo gestionamos los residuos y qué modelos productivos apoyamos son determinantes”.

La responsabilidad personal, no es heroica. “No se trata de salvar el planeta, sino de reducir la presión innecesaria sobre los sistemas biológicos y exigir coherencia a gobiernos y empresas. Reducir plásticos, separar residuos, consumir local es vital”.

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